domingo, 7 de agosto de 2011

Peregrinando a Compostela

Decía José Hierro:
"Somos aves de paso,
nubes altas de estío,
vagabundos eternos"

A los que vienen por motivos religiosos, el camino parece no fallarles, a los que lo hacen por motivos espirituales, parece ofrecerles un capítulo inédito de su mejor versión, otros cumplen promesas, algunos creen que su peregrinación y rezos al apóstol les concederá un deseo, para otros es un reto, y también los hay que simplemente vienen a montar en bicicleta o caminar sin ningún otro propósito, y escogen uno de los muchos caminos que hay porque son bonitos y tienen una infraestructura más o menos cómoda y sobre todo, barata. Yo que aún no tengo muy claro a qué he venido, aparte de para saciar la curiosidad de conocer el mundo del camino, en los ratos que no tengo que concentrar toda mi atención y energía en subir los cerros del camino primitivo, que dicho sea de paso, me está destrozando los pies y las piernas, disfruto de un paisaje que nunca hubiese visto si no hubiese emprendido este viaje (dicen algunos sin principio ni final), converso con las alemanas, holandeses, polacos, checos y españoles que me he encontrado, y reflexiono sobre las decisiones que he tomado en los últimos años, y especialmente sobre lo que haré en los venideros. En definitiva, después de charlas con unos y otros, todos parecen estar de acuerdo en que el camino te da más de lo que te pide.
De los muchos caminos que hay para llegar a Santiago (tantos como peregrinos dicen), todos parecen enganchar al que los transita, prueba de ello es que la mayoría de los peregrinos que he conocido iban por el tercer o cuarto camino, cuando no por el septimo u octavo. Yo solo os puedo hablar de uno, o de parte de él, el camino primitivo, de Oviedo a Santiago, pasando entre otros por Grado, Salas, Tineo, Borres, y Grandas de Salime, y que el mismísimo Alfonso II "El Casto" recorrió antaño, coronándose como el primer peregrino jacobeo conocido.
En las dos o tres últimas etapas, el camino primitivo se une con el francés, que al parecer en los meses de verano, ha pasado de ser un peregrinaje a una carrera contrareloj para ver quien llega primero y poder así acceder a una de las camas de los baratos albergues. Los precios varían de 2 a 10 euros aprox. en algunos te piden la voluntad, como en el bonito albergue de Bodenaya, en el que Alejandro, que haciendo el camino, decidió dejar su profesión de taxista en Madrid para levantar un albergue y dedicarse a cuidar a los peregrinos que pasamos por allí.
Empiezo en la bonita ciudad de Oviedo, donde a primera hora de la mañana, acudo a la catedral a hacerme con la credencial del peregrino, imprescindible para poder alojarte en los albergues, y para demostrar a los que ninguna fe tienen en una, que realmente he peregrinado por esos caminos de Dios:-)
"Asturias, paraíso natural", reza el eslogan, y razón no les falta, espacios naturales protegidos, hermosos escenarios de montañas y valles, monasterios, iglesias, puentes y ermitas que van de los siglos XII al XVIII, y que los Asturianos han sabido cuidar, y a menudo restaurar, hacen del camino un regalo para los amantes de la naturaleza y del arte, y por supuesto para los del buen comer.
He curioseado muchos blogs sobre el camino, he leído entradas al azar, una aquí y otra allá, y no he tenido mucha suerte con ellos. La mayoría resultan aburridos si los lee un desconocido, algunos ni aunque los lea la madre que parió al que los suscribe hay por donde cogerlos. Casi todos cuentan etapa por etapa, a quien conoció el autor, y qué hizo durante el día, que no viene a ser otra cosa, que caminar. Describir cada montaña, ermita, albergue, vaca y brizna de hierba del camino, resulta tedioso, aburrido, y nada interesante.
Una de las cosas buenas del camino, es que en nada se diferencia un peregrino de otro. Claro está que no hay dos personas iguales, pero en el camino, no hay ni ricos ni pobres, ni eruditos ni analfabetos, ni listos ni torpes, a todos nos duelen los pies, a todos nos salen ampollas, y cada uno lleva su cruz a cuestas.
Yo he disfrutado de los días que he caminado, he tenido la suerte de que casi todos los días me ha acompañado el buen tiempo, una vez más, empecé sola el viaje, y no he estado sola ningún día, aunque sí largos momentos del camino, porque todo el mundo tiene distinto ritmo, pero al final del día todos nos terminamos encontrando. A los que no lo hayáis hecho nunca y queráis hacerlo, si no estáis bien entrenados, quizá el camino primitivo sea demasiado duro, a mí se me empezaba a hacer un via crucis, y bien está peregrinar, pero flagelarse porque sí, pues tampoco es algo que yo encuentre necesario.
No os puedo contar mucho más, cada persona lo vive de una manera distinta. Yo no puedo decir que me haya aportado gran cosa, pero me alegro de haberlo hecho, y sobre todo, he saciado mi curiosidad, y me he quitado la espinita esa de hacer el camino, que no se porqué, tenía clavada.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Homebound

10 meses de viaje, miles de kilómetros, aviones, trenes, barcos, coches, buses, motos y carros. Playas, selvas, montañas, fiordos, glaciares, cañones,  islas, cuevas, ciudades, pueblos, aldeas, templos, pagodas, iglesias, lagos, ríos y mares, lo he visto casi todo, lo he probado casi todo y estoy que ya no sé si las gheisas se pasean por la pampa, si las capoeiras se bailan en Camboya, o si el stinky tofu se come en Nueva Zelanda, señal inequívoca de que es hora de volver a casa. Pero qué buena idea haber escrito este blog para recordarlo (gracias a los que me lo pedistéis).
Cuando comencé este viaje, lo hice con muchas ganas e ilusión, iba a cumplir un sueño, pero también era un reto, dar la vuelta al mundo sin otra compañía que la de mi mochila.
Aunque estar solo en un viaje como este, es en realidad, casi imposible. Es muy fácil establecer contacto con alguien, sobre todo si ese alguien lleva, como una, una mochila a la espalda.  Puedes conocer a alguien en un trayecto de autobús, y a  las pocas horas estar reservando habitación juntos en un hotel, o yendo a cenar a algún sitio escondido al que seguramente sola nunca habrías llegado.
Echando la vista atrás, una se reafirma en su teoría de que lo mejor de viajar, no son los sitios que se visitan, y lo que se aprende del país que se esté visitando en ese momento, sino las personas que te encuentras por el camino, y lo que aprendes de ellas y de sus propios países aunque no los visites.
Creo que la gente que viaja tiene una visión mucho más amplia y rica del mundo.
Conoces gente que en una vida rutinaria y ordenada sería imposible conocer. Gente a la que nunca conocerías en el pub del barrio, y que decir de hacerlo sentada en una oficina delante de un ordenador!  o quién entabla una conversación en el bus o en el metro de Londres o Madrid de camino al trabajo, sin peligro de que te encierren por loca?
Estos encuentros, por breves que sean, te regalan , nuevas formas de mirar el mundo, y los cientos de maneras que hay de entender y vivir la vida, te enseña que hay gente dispuesta a ser feliz, y gente que se empeña en no serlo.
El resultado de todo esto, es que unas personas se encuentran a sí mismas, otras encuentran amistades, otras felicidad, amor o equilibrio, lo que confirma que estos estados del espíritu no son dones con los que hemos sido agraciados o bendecidos, sino que son el resultado de una búsqueda personal, que unos se atreven a realizar y otros no.
Alguien dijo que un viaje se mide mejor por la gente que se conoce, que por las millas que se recorren. Yo he tenido la suerte de cruzarme con Raquel, Laura, Julio, Fabián o Sarah, entre otros, que ahora forman parte de mi presente.
La mayoría sin embargo, pasan como un suspiro por la vida de una. Hay para todos los gustos, desde los mochileros con "glamourometro" particular, con sus pantalones, camisetas y sudaderas de The North Face y Kathmandú, perfectamente desaliñados, hasta los hippies, con sus tops de croché, y alguna que otra rasta, pasando por los espirituales buscando saciar sus vacíos del alma, o los que emprenden un viaje largo en busca de algo que, cuando lo encuentren, sabrán que era.
Por supuesto que no hace falta dar la vuelta al mundo. Hay gente a la que, lo de viajar, no les despierta la menor curiosidad, y prefieren otro tipo de actividad para "desengrasar" la grasa acumulada con los años.  Pero en caso de que alguien se anime a hacer algo como dar la vuelta al mundo, ni que decir tiene que yo lo recomiendo, que no crea que todo son días de sol y risas. Aunque por suerte, lo son la mayoría, habrá días de "quiencoñomemanda...." como yo los he tenido. Aunque suene a tontería, actividades diarias, en las que normalmente no tenemos que pensar, como dónde comer o dormir, en un viaje de estos, se convierten a veces, en algo agotador. 
Ya no tengo mucho más que contaros. Vuelvo a casa un poco antes de lo previsto. Las oraciones de mi madre al ángel de la Guarda para que me canse, parecen haber funcionado. Además hay cosas que quiero hacer, y sobre todo amigos a los que visitar antes de ir a casa en Diciembre. Ahora toca pasar por Londres, Bilbao, Vitoria, Madrid y Baena antes de ir a Belalcázar, y no tengo ganas de ir con prisas, ni de dejarme nada en el tintero. Pero sobre esto no pienso escribir:-) así que mucho me temo que esta será la última entrada en un tiempo, o quizá no, quien sabe? hagan sus apuestas.

sábado, 30 de octubre de 2010

Kuala Lumpur vs Singapore

Macrociudades las dos, modernas las dos, cosmopolitas las dos, tecnología punta en las dos, estos son algunos de los motivos, por los que, los que tienen poco tiempo y se ven obligados a elegir entre una de las dos, nunca saben muy bien por cual apostar.

Unos consideran a Kuala Lumpur, la capital malaya, más interesante, más arriesgada (arquitectónicamente hablando), y sobre todo más barata a la hora de ir de compras, que es uno de los pasatiempos más demandados en ambas capitales.
Sus ansias de evolución y su gran potencial económico, hacen que este coloso avance a pasos agigantados, sobre todo en el terreno tecnológico.
Rascacielos, edificios de decenas de plantas, liderados, como no!, por el buque insignia de Kuala Lumpur, sus torres petronas, que son sus 88 pisos y 452 metros, son las más altas de Asia, que conviven con casonas coloniales, edificios islámicos y monstruosos centros comerciales.
Burkas y minifaldas se pasean de la mano por las calles de Kuala Lumpur, lo que una vez más demuestra que en ciudades como esta hay sitio para todos.
La mejor forma de ir de Kuala Lumpur a Singapur
es en autobus. En tan sólo cinco horas y por el módico precio de 45 ringgits (unos 11 euros), unos fantásticos autobuses con grandes asientos reclinables y tres diferentes posiciones de masaje, cubren el trayecto hasta la pulcra y cuidada Singapur, dónde está prohibido mascar chicle y tirar papeles en la calle, o fumar excepto en las zonas habilitadas para ello. Quien rompa las normas, que se asegure de llevar suficiente metálico en la cartera. Grandes multas y penas hacen que la delincuencia sea prácticamente inexistente, No se andan con chiquitas en Singapur, en la tarjeta de inmigración lo pone bien claro, en rojo y en mayúsculas:

AVISO:
PENA DE MUERTE PARA LOS TRAFICANTES DE DROGA,
BAJO LA LEY DE SINGAPUR.


Además de una mano férrea, Singapur es uno de los "cinco tigres asiáticos", los otros cuatro son Hong Kong, Corea, Malasia y Taiwán, y cuarto centro financiero más importante del mundo.
Es también otro de los paraísos de las compras, cuya arteria principal para este fin es Orchard Road, y es allí donde confluyen todo tipo de artículos como artesanías, tejidos, joyas y miles de tiendas de ropa y aparatos tecnológicos.
Para los más sibaritas, una granja de cocodrilos provee de artículos de tan preciada piel, a tiendas aptas para los bolsillos más prósperos.
Otros barrios para visitar en Singapur, son Chinatown, o Little India, que a la gente le fascina, pero después de haber estado en la "big" India, primero decir que solo la limpieza que impera en las calles, hacen del barrio una India muy poco creíble.
También tiene una de las más variadas ofertas gastronómicas de Asia, y presume además de tener el tercer mejor aeropuerto del mundo.
Mis ultimos días en Singapur, los estoy pasando en casa de Alex, austríaco, al que conocí en el barco recorriendo las Whitsunday Islands en Australia, y ya entonces me contó que le habían ofrecido un trabajo en Singapur y estaba en plena negociación de su contrato. Al final lo firmó, curiosamente para una empresa española, FCC. Alex es ingeniero, y están ampliando una de las líneas del metro. 
Resumiendo, muchas similitudes entre ambas ciudades, muchas diferencias también, yo no podría elegir, pero tampoco he estado mucho tiempo en ninguna de las dos, así que las vamos a dejar en tablas.

lunes, 18 de octubre de 2010

Irresistible Laos

Sa bay dee, son las primeras palabras que escuchas al cruzar la frontera con Laos.
Todo en este país, es más lento, más relajado y se deja notar nada más llegar. La primera parada, una isla tropical en el sentido más clásico de la palabra, cocoteros, el río, barcas de madera, sus pacíficos habitantes vistiendo el típico sarong, un pequeño paraíso conocido como las 4000 islas (en realidad se llama Si Phan Don). Una de sus islas, Don Det, un clásico entre los mochileros, tiene más vida que el resto. Un vergel, en medio de la nada, en el que lo mejor que se puede hacer es alquilar una bicicleta para recorrerlo junto con la vecina Don Khon (comunicadas por un puente) y descubrir los hermosos paisajes de este país de arrozales, cataratas y plantaciones de café.
Las isla está plagada de guesthouses, muchas de ellas regentadas por "expats" (inmigrantes). La oferta de actividades es limitada e incluyen rafting, kayaking e ir a ver a los escasos delfines "Irrawaddy" que quedan en el Mekong, y en el planeta. Te hacen pagar $1 por entrar con la barca en territorio camboyano. En realidad se podría evitar, pero si como dice el ticket, el dinero es para invertirlo en esta especie de delfines en peligro de extinción, entonces bien cobrado está.
Después de Don Det, un par de días en Pakse, desde donde visitar la zona conocida como "Bolaven Plateau" la mayor zona cafetera del país. Al igual que en Vietnam y Camboya, el café se toma bastante fuerte, y se endulza con leche condensada.
El Bolaven Plateau es una zona de maravillosos paisajes, cataratas espectaculares como Tat Fan o Tat Lo, en las que si el tiempo acompaña (no fue nuestro caso) uno se puede remojar, y por supuesto plantaciones de te y café.
De Pakse a Tha khaek, donde además de no haber absolutamente nada interesante, la única guesthouse con un precio razonable, intenta timarme como nunca antes habían hecho, con una excursión a la cueva de Kong Lo, razón por la que había ido hasta allí, ignorando que la cueva se encontraba a casi 200 km del lugar.
En mi misma situación, se encontraba Lauren, una chica americana con la que al día siguiente emprendí camino a la cueva por nuestra cuenta.
Tras varios intentos, fracasados claro está, de que el encargado del hostel o guesthouse, llamase a la estación de autobuses para informarnos de a que hora salía el primer autobus de la mañana hacia Lak Sao, cerca de la cueva, al día siguiente, a las 7 de la mañana, nos dirigimos al mercado, desde donde viejos tuk-tuks te llevan hasta un pequeño pueblo cerca de la cueva por 50.000 kips (5 euros).
Algo más de cuatro horas en ese terrible asiento (una estrecha balda a lo largo del remolque del tuk tuk), con más personas que sitio para sentarse, para llegar a otro pueblo y cambiar de tuk tuk durante otra hora hasta Kong Lo, donde se encuentra la cueva. Ya en el último tramo del viaje, conocimos a un belga y dos italianos con los que pasamos el resto del día. Bien es cierto, que tantas horas de viaje merecieron la pena, más por la cueva en sí que es impresionante, por el entorno tan maravilloso con que nos encontramos.
La cueva tiene 7.5 km, que se recorren en barca, máx. 3 personas por barca, en un recorrido a ratos escalofriante. La única luz, la de las linternas, imprescindibles para atravesar la cueva, y solo pisamos tierra firme en una ocasión, para recorrer a pie, una excepcional y resbaladiza zona de estalactitas y estalagmitas.
Aunque el entorno de Kong Lo, invitaba a quedarse, la mayoría (es decir, todos menos yo) tenían prisa por marcharse a otros lugares, y a mi, no me apetecía mucho quedarme sola, sin saber muy bien como volver a la civilización.
Al día siguiente, todos de vuelta al mismo tuk-tuk que nos había traído. En esta ocasión, se para a mitad de camino, y todos excepto yo, se suben a otro que iba hacia Tha Khaek de nuevo (ellos iban todos hacia las 4000 islas, y yo en sentido opuesto).
Una vez descargadas todas las mochilas, y cuando ya habían partido, los once Laosianos, el cerdo que llevabamos y yo, tuvimos que bajarnos a empujar (bueno el cerdo no) el tuk tuk que no quería arrancar. Ni con esas; sólo media hora de llaves inglesas y golpes en el motor, nos permitieron seguir camino.
Cuando llegamos al mismo pueblucho, en el que habíamos estado el día anterior (del que no me llegué ni a enterar del nombre), descubro que desde allí no hay autobuses a Vientiane, capital del país y siguiente destino. En realidad, desde allí no hay autobuses a ningún sitio, así que me hacen subir a otro tuk tuk, de nuevo sin saber adónde me dirigía, y justo en el momento en que me bajaba del mismo, sin saber que iba a hacer a continuación, un enorme bus-cama, procedente de Hanoi, en Vietnam, me hace una señal, yo asiento, y finalmente llego a Vientiane.
La visita a Vientiane fue de puro tránsito, así que no hice nada, excepto ir a comer algo y a un cafe internet, pero por lo poco que vi, me uno al resto de visitantes que dicen que Vientiane no merece la pena.
Entre Vientiane y Luang Prabang se encuentra Vang Vieng, un pequeño pueblo muy visitado debido a su magnífico emplazamiento, soberbio entorno y ruido infernal, y que los veinteañeros encuentran irresistible. Absolutamente todos los bares del pueblo, que parece anclado en el pasado, desde hace varios lustros, proyectan en sus televisiones la serie americana "Friends". Aquí se concentra toda la juventud, divino tesoro, para hacer escaladas, kayaking, caving, y la actividad estrella "tubing" que consiste en montarse en un neumático de tractor y dejar que la corriente te lleve río abajo, lo que no suena peligroso, excepto cuando se combina con las corrientes del río Nam Song, las copas y la noche, y el resultado entonces, puede ser letal.
Como no me interesaba nada de lo que había en oferta, me fui a ejercer de granjera. Sí, de granjera. Me alojé en una granja de cabras a 4 km del pueblo, a orillas del río, con unas vistas espectaculares, y en la que puedes desempeñar algunas actividades como voluntaria, así que ahí me tenéis, ordeñando cabras, dando biberones a las crías y haciendo queso.
En la granja crecen moras, lo que da su nombre a la misma "Mulberry Organic Farm", y además de un restaurante excepcional, en el que varias de las especialidades de la casa llevan como ingrediente hojas de mora (también rebozan las hojas y las frien) hacen unos batidos de mora y arándanos que yo creo que crean dependencia.
También hay una escuela, y buscan voluntarios para enseñar inglés, así que me han preguntado si me quiero quedar unos días, y aunque lo haría encantada, no quería dejar de ir a Phonsavan, donde se encuentra "Plain of Jars" y por supuesto, el que dicen es el sitio más bonito de todo Laos, Luang Prabang.
Una mañana, desayunando en la granja, conocí a Julian, un alemán que según sus propias palabras, se encontraba entre la vida universitaria y la vida seria y quería viajar un poco, antes de que se tornara seria del todo. Decidimos ir juntos a Phonsavan, y menos mal porque si no, el viaje y la estancia habrían sido bastante aburridos. Y así nos fuimos a visitar "plain of Jars", que son varias áreas en las que se encuentran cientos de jarras que los arqueólogos creen que datan de hace unos 2000 años. No se sabe mucho de ellas, ni siquiera para que eran utilizadas. Las dos teorías que se barajan, son que pudieron ser usadas como urnas funerarias o tal vez como lugar de almacenamiento de comida. En cualquier caso, las jarras son curiosas de ver, y el entorno en el que se encuentran un regalo para la vista.
Desde Phonsavan, tuve la brillante idea (algo que ya véis me ocurre con cierta frecuencia) de tomar un bus local para ir a Luang Prabang, con la consiguiente alta probabilidad de que se estropease a mitad de camino, como (ya habréis adivinado) así fue. Por suerte, lograron arreglarlo, lo que no siempre ocurre.
Un largo, largísimo viaje, en el que, el estado de la carretera (ni un solo tramo de más de 300 metros sin una curva) y el estado y olor del bus no ayudaban. Ni siquiera el suspense de Mary Higging Clark logró hacerlo más llevadero, pero finalmente llegué a mi destino sana y salva, que es de lo que se trataba.
A pesar del "toque de queda" que impera en la ciudad, a partir de las 11.30 de la noche, todo cierra y no se permite a nadie pasear por la ciudad, la maravillosa y armónica combinación de calles alumbradas con farolillos de papel, villas coloniales francesas, hoteles-boutique, maravillosos cafés, spas, monjes novicios de túnicas naranjas, hacen de Luang Prabang un sitio en el que querer quedarse.
Salpicada de templos, es fácil tropezarte con monjes o novicios, y más fácil aún entablar conversación con ellos. Su curiosidad hará que sean ellos lo que rompan el hielo, si es que lo hubiera. Estos personajes, en cuyas vidas no hay sitio para las posesiones materiales, viven su vida de una manera que la gente ordinaria no podemos imaginar. 
Ya sólo me quedan unos días aquí en Laos, en el sudeste asiático, uno de mis lugares favoritos. 
Este rincón del planeta, es un estímulo para los sentidos. Cientos de nuevos lugares, aventuras, comidas, olores, formas de vida, de gente que va y viene. Fascinante, abrumador a veces, y que te exprime hasta la última gota de paciencia e ingenio que te quedan en el cuerpo, pero que yo repetiría una y mil veces.

lunes, 4 de octubre de 2010

Camboya - Un país castigado

Sentadas durante más de cinco horas en una barcaza terriblemente incómoda, navegamos por el Mekong hasta llegar a Camboya. En el trayecto, pueblos enteros, barcos, granjas, mercados flotantes se desplazan por los canales, corrientes y brazos que se despliegan por ese mundo flotante que es el delta del Mekong, donde el río se bifurca y todos sus brazos emprenden una loca carrera hacia el mar.
Raro era el momento en el que no había alguien en la orilla, saludándonos al pasar, hasta que nos perdían de vista. Alguno incluso se tiró al río dominado por la euforia.
Minutos antes de cruzar la frontera con Camboya, nos despedimos de la cocina vietnamita con unos deliciosos noodles. El jamón serrano que María Bella me trajo de España, y que nunca podré agradecerselo bastante, cayó, como era de esperar, en los primeros días entre Hanoi y Sa Pa.

Después de horas de navegación, En el trayecto de Phnom Pehn a Siem Reap, lo único que nos hizo despegarnos (literalmente) de nuestros asientos de escay, fue ver como nuestro vecino de asiento, se zampaba para su almuerzo, no una, sino tres enormes tarántulas, primero arrancándoles las patas como si de un cangrejo se tratase, y luego el resto del cuerpo, que saboreaba mientras se partía de la risa viendo una película, con pinta de blockbuster, en el bus.

Llegamos a Phnom Penh, la capital del país, pero la razón por la que María Bella quería venir a Camboya a toda costa, era visitar Angkor Wat, en Siem Reap, de modo que sin mayor dilación, al día siguiente a primera hora, otro autobus hasta allí.

 La historia de los templos es larga, y no os voy a aburrir con ella, así que lo único que os diré es que son uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo, además de la mayor estructura religiosa jamás construída, por supuesto Patrimonio mundial por la UNESCO y sin duda alguna, impresionantes.
A más de uno os sonará al menos uno de los templos, porque fue una de las localizaciones en las que se rodaron algunas escenas de la película de Tomb Raider.
 
María Bella que había decidido despedirse de sus vacaciones, rodeada del exquisito lujo asiático, generosamente me invitó a un Hotel Resort & Spa de cinco estrellas, del que no te daban ganas de salir. Pero se le terminaron las vacaciones y se tuvo que marchar, y con ella se fueron las cinco estrellas y los chóferes uniformados, y yo he vuelto a mi vida de mochilera.


Los camboyanos, son tremendamente sonrientes, buenos conversadores, y muy amables, y a veces me pregunto como lo consiguen en un país tan castigado como el suyo. No se puede hablar de Camboya, y no mencionar la no tan lejana (1975-1979) Khmer Rouge (los jemeres rojos), y ese tirano loco y asesino (Pol Pot) que la lideró. La toma de Phnom Penh el 17 de abril de 1975, fue el comienzo de un holocausto (más de dos millones de camboyanos murieron mientras duró el régimen comunista). Tres años de odio, miedo, hambre, esclavitud, destrucción y muerte. Algo que en pleno S. XX nunca debió permitirse. Su plan de transformar Camboya, creando un nuevo país sin "manchas imperialistas" de su pasado, haciéndoles cambiar sus familias, comida, religión, tierras, en definitiva su vida y su historia (como si se pudiese cambiar) le costó muy caro al pueblo camboyano. Ser un intelectual o parecerlo (llevar gafas era motivo suficiente) se pagaba con la vida.
Hay una película que os recomiendo ver "The Killing Fields"  basada en las experiencias de tres periodistas durante el régimen de Khmer Rouge. En español la titularon "los gritos del silencio".
Hoy día Camboya sigue siendo un país muy pobre (aunque es difícil de creer cuando una ve una cantidad alarmantemente alta de Lexus 4x4 circulando por la ciudad; yo he llegado a preguntarme si serán imitaciones), todavía quedan campos de minas que siguen matando y amputando miembros al que tiene la mala suerte de encontrarlas, pero sigue siendo un pueblo optimista.
Por otro lado, está la Camboya que todos vemos, si no escarbamos un poquito en su historia, y que no difiere mucho del resto de países del sudeste asiático. Occidentales, nos ven, y como al tío Gilito, se les dibuja en las pupilas el símbolo del dólar.
Yo no sé ni para que tienen una moneda (el riel. 1 euro= aprox. 5000 rieles), la moneda que cambia de manos en mercados, hoteles, restaurantes, centros de masajes, correos, y cualquier tipo de establecimiento es el dólar americano.
Ellos no tienen medida a la hora de pedir. Cuando te piden $10, por algo que vale $2, y con la mirada les dices "ni en tus mejores sueños", entonces tararean su letanía de "happy hour, special price for you my friend".
También como en el resto de países, los autobuses te dejan en la puerta de hoteles en los que el conductor se lleva comisión si te alojas en ellos, o en zonas alejadas de la ciudad, donde toda una legión de conductores de tuk tuk, se lanzan a la ventanilla del bus, antes de que éste ni siquiera haya parado. Cuando lo hace, y logras abrirte paso para poder salir, escoltada por un tropel de los mismos, al grito de "where come from? where you go?", comienza de nuevo, la guerra del regateo.
Después de marcharse María Bella, yo me quede un par de días más en Siem Reap, luego pasé por la colonial Battambang, otros pueblos que pasaron sin pena ni gloria, y Sihanoukville en el sur del país. Tomado por la mafia rusa, y por cuadrillas del Khmer Rouge clandestinas (o eso dicen), podría ser un verdadero paraíso, pero sus sucias y descuidadas playas, y la imparable urbanización de cada palmo de la costa lo están haciendo difícil. Aún así me gusta este lugar.
Después de Sihanoukville tuve que volver a la capital, a Phnom Penh, ya que en unos días empezaré a subir el país hasta Laos, pero al parecer tengo que gestionar el visado en Camboya, ya que Laos no emite visados si se cruza la frontera por tierra. Yo de esto tengo serias dudas, lo más seguro es que si te la gestionan en Phnom Pehn le saquen unos dólares más. En cualquier caso no me la voy a jugar. 
De todas formas, volver a Phnom Penh me ha permitido visitar la ciudad, que para pasar un par de días no esta nada mal. Un largo paseo a lo largo del río, el palacio imperial y otros imponentes edificios hicieron que el día pasara volando.
La siguiente parada fue Kratie, que no tiene demasiado que destacar, pero es un buen lugar para descansar del largo viaje entre Phnom Penh y Don Det, ya en Laos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Vietnam - Recuerdos del pasado

Hue, transitada por el río Perfume, esconde en sus entrañas la ciudad púrpura prohibida que los franceses dejaron en su legado, y de la que Hue ahora se vanagloria. De nuevo sin fuerzas por el terrible calor, alquilamos un ciclotaxi con el que recorrimos la enorme ciudadela, descubriendo palacetes, templos, estanques y jardines. Aunque a decir verdad, si tuviera que saltarme algo del itinerario, sería precisamente este lugar. El segundo día contratamos a dos vietnamitas con moto para recorrer zonas alejadas de la ciudad, a las que de otra forma, nunca hubiesemos llegado, como por ejemplo la zona de bunkers americanos durante la guerra de Vietnam, y donde mi conductor OJO AL DATO!! me pidió en santo matrimonio.
 Los testigos, como no podía ser de otra forma, María Bella y su motorista.
Después de Hue, seguimos bajando la costa hasta Hoi An, un viejo puerto comercial que se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de Vietnam. Casas de mercaderes, pabellones chinos, caserones que se han convertido en galerías de arte, sastrerías, restaurantes y tiendas en el peatonal centro de la ciudad, hacen de Hoi An el puerto antiguo mejor conservado del sudeste asiático, nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, y parada obligatoria si venís por aquí.
Una de las actividades más demandada en Hoi An, si no la más, es hacerse ropa a medida. Cientos de catálogos a disposición del cliente, o cualquier modelo que el cliente desee hacerse y no esté en los catálogos (basta con una foto), será confeccionado en el tiempo record de 24 horas, menos si en la primera prueba lo clavan. Yo que sigo en mis trece de no comprar nada, aunque estuve tentada, logré sobreponerme. María Bella en cambio, que estaba esperando llegar a Hoi An para precisamente hacerse ropa a medida, salió de la tienda con dos abrigos y dos vestidos por 99 euros. Al anochecer, farolillos de colores magistralmente colocados, iluminan las calles de Hoi An que parece como sacada de un cuento.

Más abajo de Hoi An, se encuentra Nha Trang, con magníficas críticas en las guías por sus maravillosas playas, pero o nos equivocamos de pueblo, o la Lonely Planet se columpió en su descripción. Fue más bien un día perdido, pero al día siguiente a primera hora partimos hacia Dalat, la ciudad de la eterna primavera, con su tesoro de mansiones, palacetes y edificios art-deco, y donde por primera vez tuvimos que ponernos manga larga para ir en moto. Maravillosa excursión por los alrededores de Dalat, cascadas, fábricas de seda, granjas de champiñones y de grillos, donde además de verlos, los comimos. Lo que una vez más demuestra que para disfrutar de estos países en todos los términos, hay que dejarse los escrúpulos occidentales en casa. Por cierto, bien ricos, y bien caros, a 20 dólares americanos el kilo, que en Vietnam es un dineral.
Una de las visitas que más nos gustó fue el mercado de Dalat, de los mejores que  hemos visto. Coloridos puestos de verduras y sobre todo de fruta le dan vida al mercado, en el que se puede encontrar de casi todo. Frutas para nosotros desconocidas como lichis, longan, rambután, mangostán, fruta del dragón o el maloliente durian, que yo casi vomito al probar, y que a María Bella le encantó, llenan los puestos.
Los puestos callejeros de comida, aunque la mayoría de apariencia dudosa, ofrecen suculentos y exóticos platos en perfecto estado a precios de ganga. También hay para los más tiquismiquis, algunas de las especialidades de Dalat son la mermelada de fresa, el vino y el helado de aguacate.
Llegamos a la ciudad de Ho Chi Minh, que para muchos siempre será Saigón. Hordas de motos, con asientos de Louis Vuitton y cascos de Versace y Gucci, que se lanzan en busca de huecos por los que salir cuanto antes de ese tráfico infernal, se ha convertido en una de las imágenes más típicas de la ciudad. Otra ciudad que hay que visitar y vivir para entender. A mi personalmente me ha fascinado, a María Bella también. Muy distinta a Hanoi, más viva y dinámica, es el corazón de las actividades empresariales y financieras del país.
En Saigón es inevitable hablar de la guerra de Vietnam, sobre todo porque los principales atractivos turísticos se encargan de que así sea.
Empezamos por visitar uno de los lugares más representativos de aquel sangriento conflicto que enfrentó a los dos Vietnams. Por un lado, el del sur apoyado por EE.UU. , y por otro el del norte apoyado por el Viet cong, y que quedó marcado a fuego en la moral y en la conciencia del pueblo americano, por las vidas que se perdieron,  y por ser uno de los mayores fracasos militares de su historia. Debió ser muy duro para un país acostumbrado a dominar el mundo, que una pandilla de vietnamitas armados les robaran la victoria. Por cierto, que aunque no sé muy bien si viene a cuento, uno de los memoriales que más me han impresionado, fue el de la guerra de Vietnam en Washington DC.
A lo que iba, que me desvío, estoy hablando de los túneles Cu Chi, por los que los soldados del Vietcong se arrastraron durante años. Más de 200 km de túneles claustrofóbicos e inhumanos que llegan hasta Camboya. Es fácil imaginarse aquel infierno cuando una está metida dentro de los túneles, e imposible entender como el ser humano puede permitir, no digamos soportar algo así.

Tambien en Saigón, dejó montones de recuerdos, que se encargan de exhibir en uno de los museos más visitados, el "Museo de Recuerdos de la Guerra" que bien se podía llamar Museo de los Horrores por lo que alberga en su interior. Es uno de los pocos lugares en los que mirar la guerra desde el lado vietnamita, el americano ya se han encargado de contarnoslo directores como Coppola, Stone o Brian de Palma, por mencionar algunos en innumerables películas como Apocalypse Now, Platoon, Nacido el 4 de Julio, o una de mis favoritas El Cazador, con el maravilloso Robert de Niro liderando el reparto.
En el interior del museo, paredes repletas de fotografías tomadas por 134 reporteros de guerra de 11 nacionalidades distintas, que cayeron durante el conflicto. Vestigios de crímenes de guerra y sus consecuencias, métodos de encarcelamiento y torturas. Recuerdos de una guerra que sigue hurgando en la memoria de los que la padecieron,  ya que las armas químicas utilizadas por los americanos como el Napalm, siguieron durante años, cobrándose víctimas. Las terribles secuelas sufridas por civiles que aún no habían nacido, siguen presentes en las vidas de muchos vietnamitas. Pero esta guerra, no es distinta del resto de guerras, miles de inocentes que pierden la vida y otros que quedan marcados para siempre, es el precio que se paga en todas y cada una de ellas.
Una de las imagenes más terribles del museo, son tres fetos, uno de ellos con un labio leporino enorme, y que tuve el mal gusto de fotografiar.
Entre visita y visita, cortas paradas para retomar fuerzas con el delicioso cafe vietnamita cortado con leche condensada. 

Para terminar os contaré que estamos teniendo una suerte tremenda con el tiempo, aunque pasando un calor sofocante, pero es mejor que el agua, que nos está tratando de maravilla, aún estando en plena temporada de lluvias. Además al parecer los meses de junio y septiembre son los más tranquilos, porque no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser un mes de agosto aquí. Por cierto que los vietnamitas ni instituto de metereología ni mapas de isobaras que valgan, nada como observar a las libélulas para predecir el tiempo. Cuanto más alto vuelan, más soleado será el día. Si bajan, saquen las katiuskas.
Aún me queda que hablaros del maravilloso Delta del Mekong, pero eso lo dejaré para la siguiente entrada de Camboya, ya que llegamos a ese país en barco navegando por ese delta que tantas bocas alimenta.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sorprendente Vietnam

Afortunadamente cuando uno escucha mencionar Vietnam, ya no se nos viene a la cabeza sólo la palabra guerra, sino imágenes de un país de extraordinaria belleza, una gastronomía deliciosa, y un pueblo tremendamente amable. Las omnipresentes montañas, pueblos preciosos, típicos mercados de Asia y ríos por los que navegar parecen salidos de un cuento, de un país de fábula.


Las diferencias entre norte y sur, probablemente se dejen notar más en este país, que en ningún otro. Desde el paralelo 17, que fue la línea de demarcación militar provisional establecida por la conferencia de Ginebra, que consagró la partición de Vietnam en dos, todo en los dos "Vietnams" es distinto, desde el idioma hasta la comida, pasando por el clima y por supuesto las diferencias políticas.

Vietnam, es por otro lado, el segundo mayor exportador del mundo se arroz despues de Tailandia, y de cafe despues de Brasil.

"Hoc an, hoc noi" Aprender a comer antes que a hablar. Así expresan los Vietnamitas su pasión por la cocina, y por ello la gastronomía vietnamita es uno de los grandes placeres de los que disfrutar en este magnífico país.

Entre los más de 500 platos de que dispone la cocina vietnamita, que casi todos acompañan con Bia Hoi (cerveza elaborada en Vietnam), están los rollitos de primavera, que tienen mil variedades, de las que cada puesto callejero se especializa en una, así que hay que hacer todo un via crucis por las calles del barrio antiguo de Hanoi para probrarlos todo, y una vez que los pruebas todos, una no sabe con cual quedarse.

Luego hay otro tipo de delicatessen como gusanos, tarántulas y serpiente para los más osados. Yo estoy deseando probar la serpiente, con los otros dos no me voy a atrever. Otra cosa típica de Vietnam es el vino de serpiente. Consiste en vino de arroz con una serpiente sumergida en su interior y que dicen, cura desde la ceguera nocturna hasta la impotencia.

El 27 de agosto mi vuelo de Vietnam Airlines aterriza en el aeropuerto de Noi Bai, el 28 lo hace el de María Bella, y sin tiempo que perder nos echamos a la calle a descubrir un país que las dos nos moríamos por conocer.

En Hanoi, bajo un calor y una humedad insoportables, empezamos nuestro recorrido por el lago Hoan Kien, cuyo extremo norte roza el Barrio Viejo y cuyo extremo sur nos lleva hasta el Barrio Frances. A lo largo del lago, un florido paseo da cobijo a ciudadanos practicando tai-chi, a vendedores ambulantes, parejas de novios, curiosos y a todos los turistas que visitamos la ciudad.

Llegamos a la joya más preciada de Hanoi, su maravilloso Barrio Antiguo o Barrio Viejo, con su arquitectura colonial francesa, lagos, museos, teatros de marionetas, que hacen de ella una ciudad cautivadora. Sus estrechas y laberínticas calles llenas de tenderetes y tiendas en las que comprar desde seda hasta hierbas medicinales, pasando por artículos de material de oficina y fontanería, instrumentos musicales, mochilas de The North Face, y muchos otros productos, y en las que el regateo se ha convertido en un arte.

Unas calles más estrechas que otras, pero las construcciones que las flanquean son en todas, estrechas casas de 2 pisos de altura (lo primero para evitar pagar impuestos de la fachada exterior, y lo segundo por respeto al rey, no podían ser más altas que el palacio real), junto a caserones decadentes que dejan ver lo que esta ciudad debió de ser en su día.
Coches de lujo, que parecen estar fuera de contexto, como si estuviesen en una ciudad que no les corresponden, adelantan sin miramientos a carros, bicis y el enjambre de miles y miles de motos que circulan por toda la ciudad. El tráfico caótico como era de esperar, y cruzar la calle un arte que no te queda más remedio que aprender.

Aunque despues de la Segunda Guerra Mundial, Hanoi tardó 50 años en despertar de un largo letargo, lo hizo para convertirse en una de las ciudades más carismáticas del Sudeste Asiático.
Los viejos teatros de la ciudad se llenan de curiosos deseosos de ver las marionetas de agua. Un espectáculo milenario, que parodia el folclore y la historia de Vietnam, y cuyos protagonistas son marionetas talladas en madera, y lacadas y pintadas de colores, que hacen su espectáculo sobre el agua mediante un sistema de cañas de bambú y poleas sumergidas que controlan los movimientos.

Dejamos Hanoi para visitar la Bahía de Halong. En todo este tiempo, os he ido contando sobre los paisajes majestuosos, impresionantes, e inigualables que he visto en montones de países como Nueva Zelanda o Argentina; bien, creo que todos han sido superados por la Bahía de Halong. Casi 2000 islas de todos los tamaños, todas majestuosas, emergen del agua como gigantescos vigías recibiendo a los cientos de barcos cargados de turistas que vienen a ver uno de los paisajes más imponentes del mundo. Las cámaras no dejan de disparar, y muchos ni siquiera pueden creer lo que están viendo. 434km2 de la bahía han sido declarados Patimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco.

Junto con Mark y Ronan, dos profesores de ingles irlandeses que viven en Corea, y otro grupo de personas de varias nacionalidades pasamos dos días muy divertidos en el barco, mientras no podíamos dejar observar semejante escenario hasta llegar a la isla de Cat Bat, donde sin estar avisadas con anterioridad, casi nos dejamos la vida escalando un monte para el que no llevábamos, ni el calzado, ni la ropa, ni los kilos de repelente de mosquitos que se necesitan para semejante aventura. Y si no que se lo digan a la pierna y traseros de Maria Bella, que estuvo con dos moratones enormes durante dos semanas. 

Llamaba la atención que las mujeres se cubren el rostro por completo con mascarillas y gafas de sol; incluso guantes, y por supuesto el resto del cuerpo cubierto para evitar que les de el sol y ponerse morenas, ya que al contrario que la piel morena, la piel blanca es para ellos hermosa, digna de elogios y alabanzas.

Vuelta a Hanoi para tomar un tren nocturno a Sa Pa, en el norte del país. Escondida entre montañas, está una de las ciudades con las minorias etnicas más pintorescas de Vietnam. Se ha convertido en un lugar tan popular que todo ha terminado corrompiendose. En el momento en que dejan de ver personas, para empezar a ver dólares, todo se va al garete.
Alquilamos dos motos, esta vez con conductor, ya que la policia en Sa Pa no es amiga de que los turistas conduzcan, debido a varios accidentes de descerebrados que se dedican a hacer rallies en lugar de a visitar la zona. Uno de los conductores, que también hacía de guía, mientras nos contaba desconsolado, su pasión desmedida por la recepcionista de nuestro hotel, que dicho sea de paso, no le hacía ni puñetero caso, nos llevó a pueblecitos en las montañas con paisajes espectaculares. A falta de un consejo para darle (vaya dos!) le dijimos que esta vida es una mierda (que poco tacto!!).

Ellos son amables para que les compres su mercancía, más que amables, grandes embaucadores, y aunque el paisaje sigue siendo maravilloso, la autenticidad de la que en su día disfrutó la zona, ha pasado a ser historia. Despues de Sa Pa, empezamos a bajar el país, pasaremos por Hue, Hoi An, Nha Trang y Dalat antes de llegar a Ho Chi Minh city, más conocida por todos como Saigón.