lunes, 28 de junio de 2010

Kyoto, el sillón del emperador


El shinkansen o tren bala que enlaza Tokyo con Kyoto en 2 horas 40 minutos fue mi método de transporte entre ambas ciudades. Aquí se escucha algo más de español, las relucientes alianzas de algunas parejas que pasean por las calles de Kyoto, revelan esta ciudad como un destino popular de luna de miel. Voy a aprovechar este comienzo para deciros, que si alguien tiene pensado visitar Japón, es imprescindible comprar el "Japan Railway Pass" que sólo puede ser adquirido FUERA de Japón y activado a su llegada al país. Los hay de 7, 14 y 21 días, y una vez activados son válidos en días consecutivos. Merece la pena si se va a recorrer gran parte del país, si sólo se visitan Tokyo y Kyoto, como mucha gente hace, entonces habría que mirar otras alternativas. Yo tengo el de 14 días que cuesta unos 400 euros, y te permite viajar por todo el país, e incluye el uso del shinkansen. Aunque pueda parecer caro, voy a romper una lanza a favor de Japón y romper el mito de lo carísimo que es. Efectivamente, uno se puede gastar tanto como quiera aquí, pero para los que tienen poco presupuesto, se puede comer por 700¥1000¥ (entre 6 y 9 euros) y se puede dormir por 2.500¥(unos 20 euros).


Kyoto es el alma de la cultura tradicional japonesa. Durante más de mil años la capital del imperio del sol naciente, donde las tradicionales artes escénicas, el arte del ikebana (el exquisito arte japonés del arreglo floral) o la ceremonia del té, se transmiten de generación en generación, de padres a hijos, y de hijos a  nietos...

Durante los años en que Kyoto fue capital del imperio, todo se centraba en todo lo que tuviese que ver con la corte imperial, atrayendo a los mejores artesanos y profesionales de todas las artes, y por suerte para todos nosotros, hoy conserva la esencia, refinamiento y distinción del japón más tradicional. Aunque milagrosamente, Kyoto se libró de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, no lo hizo de guerras civiles, incendios y terremotos, tras los que tuvo que ser reconstruída. Los bosques de bambú, gheisas, samurais y templos dorados que componen esta urbe tradicional, hermosa, relajante, nostálgica, histórica y cultural, han conseguido ser refugio e inspiración de poetas a lo largo de miles de años.

1.500 templos budistas y 200 santuarios shinto, la antigua religión indígena centrada en el culto a los ancestros y la armonía con la naturaleza, surgen en los lugares más inesperados, en un país en el que el 86% de sus habitantes practican ambas religiones. Ellos entienden el sintoísmo como la religión de esta vida, y el budismo se encarga de las cuestiones del alma y del mas allá, algo incomprensible para los occidentales, por lo general fieles a fes monoteístas . Muchos de estos templos guardan en su interior jardines japoneses, entre ellos jardines zen (utilizados como lugar de meditación), únicos en su habilidad para reproducir la belleza de la naturaleza en un espacio tan reducido como una caja de cerillas. Sentarse a contemplar un jardín japonés y saborear la exquisita lentitud que cobra el tiempo esta al alcance de todos los que visitamos este extraordinario país. En los templos cientos de turistas, muchos de ellos japoneses, pero sobre todo cientos de estudiantes uniformados a cargo de sus profesores, guías o tutores descubren su propia historia.



Por la noche, cuando uno ya se ha saturado de templos, hay que ir a la calle Pontocho, en el barrio de Gion. Es seguramente la calle más bonita de Kyoto, un día protagonista del barrio rojo de la ciudad, y hoy día una calle de restaurantes y locales no aptos para bolsillos con bajo presupuesto. Las tradicionales casas de té, guardan tras sus muros y sus puertas de papel de arroz, secretos que nunca seran desvelados. En su interior, las versadas y cultas gheisas y maikos (aprendiz de geisha), a las que es imposible ver en plena sesión de trabajo, entretienen a clientes millonarios, aunque entre cita y cita, si uno tiene suerte, puede verlas brevemente pasar.

También en este barrio se levantan algunos de los mejores teatros de la ciudad, en los que ver las dos variedades de teatro más famosas de Japón, el  Noh y el kabuki;el primero refleja la estética minimalista del zen, mientras el segundo es más conocido por ser más dramático y por los elaboradísimos maquillajes de los actores.

Pero estos tesoros incalculables, y unas tradiciones a las que nunca se les ha opuesto resistencia, no lo son todo en Kyoto, de hecho nada más bajar del tren uno se encuentra en una modernísima y espectacular estación de tren. La industria tambien ha llegado hasta aquí, aunque industrias milenarias como la ricicultura o cultivo del arroz, que se introdujo en Japón hace mas de 2000 años, sigue ocupando un lugar esencial.

domingo, 20 de junio de 2010

理知ともに利ん波地措置すちとしいろからのに El Tokyo de las mil y una caras.

Japón, un país fascinante desde que Marco Polo lo mostrase al mundo como Cipango -el país de los techos de oro- en el S. XIII.



Su capital, Tokio, es una ciudad extraordinaria y desconcertante en todos los aspectos, un claro ejemplo de cómo el pasado abre sus  puertas al futuro; un lugar donde los elementos tradicionales coexisten con el modelo de vida urbano y ultramoderno del Japón contemporáneo.
Me llama tremendamente la atención el silencio. 13 millones de almas recorren a diario la ciudad, perfectamente ordenados y  coordinados, sin invadir el espacio vital de sus conciudadanos (excepto en el metro en hora punta, en el que empleados de guante blanco empujan a los usuarios, que regresan a casa tras agotadoras jornadas laborales, para que quepan en el vagón) y miles de coches esperan el verde del semáforo para poder avanzar. Todo en un silencio, que a mí se me antoja escalofriante.


Barrios perfectamente definidos, cada uno ejerciendo su función y  jugando su papel, sin que ninguno le quite protagonismo al siguiente:  Asakusa alberga el templo budista más antiguo de Tokio (Senso-Ji) y conserva el espíritu más tradicional del Japón que todos imaginamos;  en Ginza, el barrio de dueños de perros con pedigrí, los escaparates de Gucci, Armani y Chanel iluminan las aceras; Akihabara es un mundo digital de pixeles, bits y chips en el que los nipones juran amor eterno a todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; en Shibuya se muestra el Japón cosmopolita y ultramoderno; y Shinjuku exhibe neones y rascacielos. Los parques, tan necesarios en una ciudad de dimensiones como las de Tokio, son una visita imprescindible;  especialmente, el Yoyogi o los jardines que rodean al palacio de la familia imperial que, atrincherada en su interior, vive una rígida vida palaciega ajena al bullicio del parque.


Y por supuesto todos los barrios son arquitectónicamente tremendamente  arriesgados y creativos y, tanto atrevimiento, los hace cualquier cosa menos aburridos. En todos también hay restaurantes para todos los bolsillos, en los que disfrutar de una de las mejores cosas de Japón, su gastronomía. El famoso sushi (las tradicionales bolitas de arroz con pescado o marisco crudo encima), el tofu que los vegetarianos usan como fuente de  proteínas y que está hecho de leche de soja, la tradicional sopa de miso, la deliciosa tempura (marisco y verduras con un ligero empanado y luego frito) , el sashimi (marisco crudo magistralmente preparado) y muchas otras delicias que no reconozco y que termino pidiendo señalando el plato de otros comensales, cuando el lugar en el que como no tiene ni menú en inglés ni nadie que hable el idioma, algo frecuente que no ha impedido que hasta ahora me haya ido de maravilla..


Los carteles son un lenguaje de símbolos que sólo ellos comprenden y que hace a los visitantes trabajar intensamente en el proceso de comunicación. El inglés, igual que en España, a pesar de estudiarse en  los colegios desde los primeros años de escolarización, no les sirve de mucho. Aprenden un inglés nada práctico para comunicarse. Además tienen el agravante de que el japonés es una de las lenguas que menos sonidos contiene, lo que dificulta la pronunciación de otros idiomas y que, unido a su gran timidez y perfeccionismo, hace que muy pocos japoneses se atrevan a hablar inglés. Aun así, no puedo dejar de deciros lo amabilísimos que son con el turista; intentan por todos los medios entender qué les preguntas y, si no tienen la respuesta, en lugar de seguir su camino, acuden a otros transeuntes hasta que consiguen ayudarte, aunque a veces el proceso es lento y desesperante.


Hay una armonía social (al menos aparentemente) a la que los  occidentales no estamos acostumbrados. Los debates, discusiones u opiniones personales que puedan ser motivo de conflicto, simplemente se evitan. Pero esto no tiene nada que ver con el estereotipo de los japoneses como seres herméticos, conformistas trajeados que actúan casi como robots, autómatas que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Es cierto que son muy trabajadores y ha sido precisamente eso, lo trabajadores, concienzudos, meticulosos y habilidosos que son, lo que ha hecho a Japón pasar de ser una nación en ruinas a la segunda mayor potencia económica mundial, en relativamente poco tiempo. La crisis económica mundial se ha dejado notar, pero ha sido, sobre todo, gracias a los derrochadores consumidores estadounidenses que en gran medida mantenían sus fábricas en funcionamiento. Otra tradición aquí son los onsen, baños de aguas termales cuyo uso se ha convertido en todo un ritual. Hay más de 3000 en todo Japón. Una buena forma de experimentar parte del Japón tradicional son los onsen-ryokan, que son hostales japoneses tradicionales con baño termal propio.

No quiero olvidar contaros lo importante que es la cultura del comic en este país, tan grande que es frecuente ver a hombres y mujeres por igual, imitando la estética de sus héroes y heroínas, y parecen realmente estar sacados de un comic y puestos en plena calle. Algunos datos curiosos sobre la presumida mujer japonesa son que un porcentaje bastante elevado utiliza pestañas postizas, absolutamente todas se maquillan los ojos -desde pintarse sólo la raya a los maquillajes más sofisticados- y raramente se pintan los labios. Casi sin excepción, el binomio espejo-móvil, imprescindible en todo bolso de una mujer japonesa se deja ver nada mas subir al vagon de metro.

Y para terminar, lo más curioso. Es imposible venir a Japón y no  hablar en algún momento de los baños públicos. Con panel de control incluido, suelen estar relucientes -nada extraño en un país que prácticamente demanda limpieza. Como si de quirófanos se tratase, con sólo pulsar un botón, el asiento se ajusta a la altura del usuario. Un segundo botón emite sonidos de camuflaje por si son necesarios, mientras que al mismo tiempo, una especie de aspiradora en funcionamiento permanente absorbe cualquier emisión o gas nocivo, y un regulador controla la temperatura del asiento. Aun hay otros botones para el ciclo de aclarado: uno exclusivamente para mujeres, otro ofrece un suave enguaje en la parte de atrás y un tercero expulsa un spray. Cuando se pulsa uno de estos botones, una especie de grifo, tubo, válvula o espita, no sé bien cómo llamarlo, sale de las profundidades y larga un chorro de agua cuya temperatura por supuesto se puede regular. Aunque yo no los he visto, dicen que hay otros modelos más sofisticados que tienen función de masaje y secado para cerrar el ciclo. Mañana me marcho a Kyoto, el otro Japón más tradicional. Estoy deseando llegar y contaros.

miércoles, 9 de junio de 2010

De canguros, koalas y didgeridoos

En un país como este, con infraestructuras modernas y un clima político estable, uno no se preocupa por la seguridad porque no se detecta su falta; los únicos problemas con los que te encuentras en Australia son básicamente cómo llegar a cubrir las interminables distancias en poco tiempo -sobre todo si no tienes mucho-, en aprender a tocar el didgeridoo -un instrumento aborigen de viento hecho de eucalipto-, o en cómo ganarle el pulso a los australianos en la ingesta de cerveza.


Siempre me ha fascinado lo muchísimo que viajan los australianos y sus primos los kiwis, pero cómo no van a viajar!!! Sin animo de ofender, solo hace falta tener un poquito de curiosidad para querer salir de aquí. No hay mucho que contar, excepto por la historia de los aborígenes: Resumiendo, fue sepultada por los europeos que, al llegar a Australia y no encontrar ninguna estructura política que se lo impidiese, se deshicieron de muchos de los aborígenes -bien matándolos o contagiándoles enfermedades contra las que no estaban inmunizados-, destruyeron su hábitat introduciendo animales domésticos y, cómo quien no quiere la cosa, se quedaron con sus tierras. Después de la segunda guerra mundial, el objetivo del gobierno era la integración de los aborígenes y qué deciden hacer? retirarles todos sus derechos, en un intento en vano de "europeizarlos". En los años 60, la legislación fue revisada y el gobierno les concedió la ciudadanía, pero no fue hasta no hace tanto, en 1972, cuando se les concedieron derechos limitados sobre su tierra. Con esto la situación mejoró para ellos pero aun queda mucho por hacer.


Por otro lado, la mayoría de australianos ha decidido asentarse cerca de la costa, así que no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser el centro del país, un desierto inmenso con una tierra y un clima inhabitables. Imaginaos, 20 millones de personas en un espacio más grande que toda Europa y tan mal repartidos.

En mi empeño por saber algo más de esta parte del planeta, me dedico a preguntar en los dos países sobre las relaciones entre ellos, y la conclusión es que existe una pequeña batalla entre los aussies y los kiwis (unos dicen que se desprecian, otros que se tienen afecto) y que aunque se identifican culturalmente hablando, los australianos consideran a los kiwis un tanto provincianos y éstos a su vez consideran a los aussies un tanto yankees y poco refinados. Estas diferencias sólo ellos las ven con facilidad.
Después de Sydney, empecé a subir la costa, y casi un mes después puedo decir, que mis expectativas -quizás excesivas por las muchísimas ganas que tenía de visitar Australia- por desgracia no se han cumplido. Que nadie me malinterprete, me alegro de haber venido. Además era una visita casi obligatoria -¿qué es una vuelta al mundo si no se visita este país? En general, la costa este son pueblecitos minúsculos con una calle principal llena de restaurantes y tiendas, a cual más caro (hago un pequeño inciso aquí: y a cuál más hortera, porque madre mía con los australianos y sobre todo las australianas; un paseíto por Cibeles, Gaudí o la semana de la moda en París para coger ideas no les vendría nada mal), es todo lo que hay en absolutamente todos los pueblos de la costa. Miles de mochileros de entre 18 y 23 años, sobre todo alemanes e ingleses, en su año sabático antes de empezar la Universidad o en mitad de la misma, llenan las playas y calles de la costa. Al parecer algunos países europeos tienen un acuerdo con Australia, por el que los menores de 30 pueden solicitar un visado de trabajo durante un año, y se vienen a recoger fruta o a trabajar en granjas, con lo que se costean la estancia para poder conocer el país. No les resulta nada fácil por lo ridículamente caro que es todo, desde comprar una coca cola, hasta el uso de los cafés internet, pasando por los productos básicos como champú, carne o leche. Para que os hagáis una idea: una botella de agua de 600ml cuesta entre 3.50 y 4.00 dólares, el uso de internet 4.00 dólares la hora en el sitio más barato y, ojo al dato, para los fumadores un paquete de cigarrillos cuesta entre 18 y 20 dólares. Es ridículo, y además no hay razón aparente para que todo cueste tanto, dicen las malas lenguas que es porque los sueldos aquí son tremendamente altos también.


En fin, a lo que iba, mochileros de mi edad recorriendo el país, NI UNO, pero al parecer me he convertido en la inspiración de más de uno para cuando lleguen a mi edad, poder seguir viajando. Deben de pensar que al llegar a los 40 las articulaciones ya no funcionan y nos volvemos idiotas o algo parecido, o simplemente no se imaginan a sus madres de mochileras por el mundo.


La primera parada después de Sydney fue Byron Bay, el punto de encuentro más demandado del Pacífico por los surfistas. Lleno de gente joven, muy joven, que vienen básicamente: a) los que saben, a practicar surf y b) los que no, a irse de fiesta, es decir, a hacer botellón en la otra punta del planeta. Y a no ser que uno tenga uno de estos dos objetivos, no hay muchas más razones para venir.


Brisbane, que originalmente fue construida por convictos reincidentes enviados a este remoto lugar, es la capital de Queensland. Aunque en principio no me atraía mucho el lugar, era necesaria una parada de varios días, ya que es el último punto antes de llegar a Asia en el que podía solicitar el visado para China. La ciudad no está mal aunque le falta la playa, que está a bastante distancia -al menos una hora en coche, claro que aquí eso no es distancia. El centro es bastante pequeño, y es donde se cuece todo lo que ocurre en la ciudad, así que en sólo dos calles estás en pleno hervidero de lo que ocurre. Todas las calles que tienen nombres de miembros femeninos de la familia real británica (Adelaide, Alice, Ann, Charlotte, Elizabeth, Margaret y Mary) discurren paralelas, mientras que las perpendiculares a éstas tienen nombres masculinos (Albert, Edward, George y William); la calle principal es Queen Street que, junto con su zona peatonal y comercial Queen Street Mall, fueron nombradas en honor a la Reina Victoria, de quien como en casi todas las ciudades australianas hay estatuas repartidas por la ciudad.


Hay por supuesto, otras zonas como el South Bank donde se concentra gran parte de la vida cultural, y que está al otro lado del río. Han construido una especie de pasarela a lo largo de la ribera del río Brisbane (que dio su nombre a la ciudad y no al revés) que hace de zona de paseo, con varios puntos de embarque donde los pasajeros suben y bajan del "city cat", un ferry público que te pasea a lo largo y ancho del río, que divide las zonas norte y sur de la ciudad y sobre el que se alzan varios puentes a lo largo de su recorrido por ella. Y tiene un bonito santuario de Koalas, en el que pude coger a uno, previo pago, echar un rato con los canguros que comen plácidamente de tu mano, y confraternizar con otras criaturitas residentes en el país, como demonios de tasmania o wombats.


A partir de aquí, las paradas fueron Noosa, donde fui tres días a un campamento a remar en canoa, y que resultó ser el sitio mas caro de toda Australia -algunas celebrities de Hollywood tienen casas aquí.


Después de Noosa, Hervey Bay, mejor puerta de acceso a uno de los mayores atractivos de la costa este, Fraser island, la isla de arena más grande del mundo.


Los aborígenes de la región la llaman K’Gari (paraiso). Caminos de arena, el único lugar en el mundo en el que la selva tropical crece en la misma arena, lagos de aguas cristalinas y una interminable playa de 120km por la que conducir, mientras las olas del Pacífico rompen contra las ruedas del 4x4 –ésta es una de esas cosas que deberíais anotar en la lista de cosas por hacer antes de morir, yo ya he puesto el tick en esa casilla.


Dunas gigantes que hacen de tobogán por el que deslizarse hasta las aguas del lago te hacen volver a los 15, aunque algunos de mi grupo tenían pocos más.


El único problema de Fraser Island es que sus aguas están llenas de tiburones. Tampoco faltan los dingos, que aunque más parecido a un perro, es en realidad un lobo, autóctono de Australia. Los más puros se encuentran aquí -en otras partes de Australia han terminado cruzándose con perros-, pero aunque te aconsejan ir siempre acompañado y cómo reaccionar ante la presencia de un dingo, en realidad los que nosotros vimos parecían ser muy pacíficos y no tener ningún miedo de los humanos.

 
A algo más de 12 de horas de autobús de Hervey Bay, se encuentra Airlie Beach, a donde la gente viene a embarcarse 2-3 días para visitar las Whitsunday Islands. Ya en la Gran Barrera de Coral -un archipiélago de 74 islas, de las cuales sólo siete tienen algún tipo de construcción- paraísos desiertos, cuya playa más famosa, “Whitehaven”, es de una belleza sensacional.

 
Con el "inconveniente" del tipo de turismo que ronda por estos lares y de lo aburridas que terminan siendo las actividades que este tipo de turismo demanda, Australia tiene verdaderas maravillas de la naturaleza. Y por supuesto, solo aquí se puede hacer otra cosa única, bucear en la imbatible Gran Barrera de Coral.

Antes de que me lluevan los emails preguntando que de qué me quejo, clarifico que esto no es una queja, es simplemente un hecho que yo expongo.
Unas horas antes de publicar esta entrada, lo que he hecho precisamente ha sido bucear en Cairns, la mejor localizacion en la Gran Barrera, y he tenido el privilegio de codearme con tortugas, rayas y tiburones, ademas de con miles de peces y corales de todos los colores y tamaños, incluyendo a Wally, un enorme pez loro que todo el mundo conoce, porque sube a saludar a los barcos que llegan adonde el se encuentra, y que curiosamente se deja acariciar por los submarinistas. Cuando una vive experiencias como estas, es cuando se le olvidan los mochileros casi quinceañeros que invaden la costa, y los ratos largos en los que no se encuentra que hacer sin que te cueste la mitad del presupuesto.
En unos dias, parto hacia Japón, menudo cambio. De Australia no he escrito mucho, pero estoy segura de que en mi nuevo destino se me va a acumular el trabajo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Sydney, la reina del Pacífico

Si en nueva Zelanda la poblacion era de 4 millones de personas y 40 de ovejas, en Australia es de 20 millones de personas y 22 de canguros, de los que yo, todavía no he visto ninguno. El impacto inicial de Sydney hizo que empezase este artículo diciendo que ahora sí tengo un lugar favorito en el mundo, pero si hago repaso de los algo más de cuatro meses que llevo viajando, es difícil hacer semejante aseveración, pero sin lugar a dudas, es una de mis ciudades favoritas del mundo. 

Yo creo que igual que conectamos con las personas, conectamos con los lugares, y yo he conectado con esta ciudad, me han cautivado, magnetizado, sus calles, la luz, la gente, esa bahía, alma, pulmón y corazón de la ciudad, la Opera House, el océano Pacífico, The Rocks, Circular Quay, la fabulosa catedral de St. Mary, el jardín botánico, las vistas, los parques, el aire, la noche, las playas, el puente de la bahía considerado en su día, un hito de la ingeniería. Dicen que una visita al Pacífico nunca está completa si no se visita Sydney, y yo lo confirmo. Desafiando a las reinas del cosmopolitismo, Nueva York y Londres, una pasea por sus calles y se impregna de los barrios en los que se alternan casas de la epoca victoriana, locales de striptease, casas de cambio, cafés, hostales para mochileros, restaurantes, tiendas de souvenirs, bares de moda, terrazas, sex shops, museos, centros comerciales, negocios, músicos, malabaristas, teatros, centros aborígenes, están en guardia permanente para todos los que venimos a visitar esta ciudad, y para los que residen en ella. Sydney es una metrópolis mundial, que está viva, llena, vibra, palpita, tiene color, energía, fuerza, y para colmo un clima de infarto prácticamente todo el año. Para moverte por ella, buses, ferries, monorail, trenes, metro, taxis (por tierra y por agua). Centros de información repartidos por la ciudad, con todos los planos y planes que se puedan necesitar. En ese aspecto no le envidia nada a Nueva Zelanda, también aquí se pueden practicar todos los deportes de riesgo, cabalgatas, y tours por tierra, mar y aire disponibles en el planeta. Gran oferta gastronómica, sobre todo asiática, que digo yo que las islas del Pacífico deben de estar medio vacías, porque aquí están todos los que no cabían en Auckland, o al revés, y si no me creéis, daos una vueltecita por el barrio ese que no falta en ninguna ciudad,
"Chinatown", al que yo llegué caminado desde Darling Harbour y que me dejó con ganas de más. El barrio en el que yo me alojo es Kings Cross, bastante cerca de las zonas de más interés, y en mi primer recorrido me encontré sin esperarlo tan pronto con la Opera House, estrella indiscutible de la ciudad, gracias a su archiconocida y osada arquitectura, diseñada por el arquitecto finlandes, Jorn Utzon. Al lado de la Opera House está Circular Quay (Muelle circular) construido alrededor de la ensenada de Sydney. Aquí confluyen todos los medios de transporte de la ciudad, el monoraíl, los ferries, autobuses a todos los puntos de la ciudad, trenes, además de ser también una zona recreativa, aquí también están el Museo de Arte Contemporáneo, Sydney Wildlife World y el impresionante acuario, con un túnel de cristal en el que tiburones, mantas, tortugas gigantes y gran parte de la vida marina de Australia se pasean sobre nuestras cabezas, y que en quien más pensé viendo todo aquello fue en mi sobrino Juan.
Al fondo el puente de la bahía, que conecta el centro financiero con el norte de la ciudad y que tiene una de las mejores vistas de la bahía. Hoy día una de las atracciones de Sydney es precisamente "escalar" el puente por el módico precio de 200 dólares australianos. Muy cerca de Circular Quay está también el barrio "The Rocks", centro histórico de la ciudad, en el que se asentaron los primeros colonos británicos allá por 1788, y que hoy día se ha convertido en una zona turística en la que admirar sus edificios coloniales y fachadas históricas. También hay un Hyde Park, no tan grande ni espectacular como el londinense, pero con unas magníficas vistas de la catedral de St. Mary, y al otro lado de la calle, el formidable jardín botánico. Uno de los accesos al jardín botánico es desde Macquire Street, donde se encuentran el Parlamento, el hospital de Sydney, el Mint Building, o la biblioteca pública.Y de qué no os he hablado todavía? de las playas, las dos más famosas: Bondi y Manly. Y lo mejor de las mismas? los surfistas! desafiando a las casi garantizadas olas del Pacífico, haga sol, llueva, diluvie o truene. Llenas de tiendas de accesorios de surf y ropa playera, son las dos playas más frecuentadas por turistas y locales. Ambas con recorridos panorámicos de varios kilometros y vistas espectaculares. La mejor forma de ir a Manly Beach es por mar, la mayoría lo hacemos en un ferry que sale cada media hora desde Circular Quay y que tiene un bonito recorrido en el que admirar la Opera House desde el agua. Qué no me gusta? demasiadas prohibiciones, carteles de "No fumar" "no alcohol" "no juegos de pelota" "no pescar" "no nadar entre tal y tal" "no perros" "no bicicletas" ya solo falta que cuelguen uno de "no pisar la arena":-)
Por cierto que en toda Australia hay miles de piscinas, muchas de ellas arañadas al mar, o simplemente una zona amplia con una red para evitar los ataques de tiburones.
Es cierto que este país no tiene la enjundia de otros países sudamericanos o asiáticos como los que me toca visitar en algo más de un mes,  llenos de historia, cultura y costumbres ancestrales y milenarias, pero este primer mundo contemporáneo y vanguardista es así, y no por ello hay que dejar de visitarlo. Una excursion que se puede hacer en un día es a las "Blue Mountains",  sagradas para los aborigenes, es una región montañosa a unos 50 km de Sydney, y que bien se merecen una visita.

Dejo Sydney y empiezo a subir la costa este, sé que las playas y algunas de las islas que voy a visitar son únicas en el mundo, intentaré captar toda esa belleza con mi cámara, aunque nunca será lo mismo.

lunes, 19 de abril de 2010

Paisajes para recordar - Nueva Zelanda

Te Anau, a orillas del lago del mismo nombre, con sus 342 km2, es el lago más grande de la isla sur, y el segundo más grande de Nueva Zelanda, después del lago Taupo. Es un lugar muy tranquilo, excesivamente tranquilo, pero tan bonito como sus vecinos Queenstown, Wanaka, Arrowtown, etc. etc. etc.

Es también uno de los mejores destinos para senderistas, y la puerta de acceso al majestuoso Milford Sound. Desde aquí se pueden hacer los senderos Milford Track o Kepler Track, ambos de varios días de duración, aunque dentro de éstos, hay otros más cortos, y de los que yo hice uno del Kepler Track.   
 Los lagos glaciares, valles y magníficos fiordos que forman gran parte del Parque Nacional Fiorland de los que hoy podemos disfrutar, son el resultado de la erosión por glaciares durante los últimos dos millones de años. Dicen por aquí, que no hay mala fecha para visitarlos, que uno quedará cautivado por tanta belleza en cualquier epoca del año. Milford Sound, el destino más demandado del parque, y si alguna vez tenéis la suerte de visitarlo, entenderéis porqué, es un fiordo que discurre entre montañas que alcanzan más de 1.500 metros, que salen directamente desde el mar y cuyas bases están sumergidas unos 400 metros. Me explicó un miembro de la tripulación del barco, que hace unos 10.000 años, cuando terminó la ultima glaciación, el hielo siguió su camino hasta hacer de la Antártida su hogar, y el mar se hizo amo y señor del terreno que dejaron. La región en la que se encuentran éste y otros muchos fiordos, es conocida como Fiordland, seguramente la zona más espectacular de todo el país, y en la que, afortunadamente, el hombre casi no ha penetrado. Hay alternativas para recorrerlo, por aire alquilando un helicóptero o avioneta, a pie, bien por uno de los muchos senderos de varios días de duración, sobre todo el Milford Track, que hay que reservar con varios meses de antelación o realizando uno de los cruceros que ofertan. Un factor determinante es la lluvia, que puede, en su justa medida, embellecer el paisaje con cascadas y arcos iris, o tener el efecto opuesto y hacer que en exceso y con niebla uno no pueda disfrutar del imponente paisaje. Fiorland tiene uno de los índices de pluviosidad más altos del mundo. 

El día que yo hice el crucero, la lluvia, el sol y la niebla se alternaron durante el recorrido. La lluvia hizo que se formasen cataratas por todos lados, también hizo que tuviesemos que refugiarnos dentro del barco de vez en cuando, las pocas veces que salió el sol cambiaba casi instantáneamente los colores del paisaje, y la niebla hizo que pudiesemos hacer fotos en blanco y negro. El tamaño de nuestro barco (pequeño) hizo que pudiesemos acercarnos a una distancia sorprendentemente corta de una de las cataratas, los grandes no pueden hacerlo tanto, hasta quedar la proa del barco prácticamente debajo de ella, y aunque por supuesto, nos hicieron estar dentro del barco durante la maniobra, y el agua salpicaba con fuerza los cristales, la perspectiva del salto es impresionante.

Milford Sound o Piopiotahi, que fue descubierto por casualidad es, sin duda alguna, un paisaje de una belleza descomunal, sublime, impagable e inaudita, de los más, si no, el más hermoso que he visto en mi vida, y me pregunto si existen más lugares de ensueño, que el hombre aún no ha descubierto.
Todo el trayecto hasta llegar a Milford Sound, es igualmente espectacular, y para llegar a Queenstown otro tanto de lo mismo.
Me encuentro aquí en Otoño, sin saber que Queenstown es especialmente conocido en esta estación por sus maravillosos colores, y efectivamente el paisaje parece estar en llamas con los naranjas, amarillos y rojos que colorean el magnífico paisaje, rodeada de montañas y con las cristalinas aguas del lago Wakatipu bañando su orilla. Por cierto, los árboles nativos permanecen verdes todo el año, son los que han sido traídos de otros lugares los que cambian de color.  La "queja" de una japonesa que conoci en Te Anau y que buscaba sosiego y tranquilidad, es que en Queenstown hay demasiada gente y es demasiado turístico, y cómo no va a serlo!!!
Es una zona de una belleza extraordinaria, además de la ciudad más importante para realizar cualquier actividad o deporte de alto riesgo, de hecho gran parte de su oferta turística se basa en estos deportes. Bungee jumping, skydiving, kayaking, rafting, jetboating, hang gliding, deportes de nieve, estos tipos se tiran desde donde haga falta. Adrenalina, aventura, peligro, pasión, escalofríos, todas estabs palabras deberían figurar en el diccionario como sinónimos de Queenstown. Aunque realmente no hace falta nada de esto para disfrutar del lugar, solo pasear por el lago sin hacer nada, ya merece la pena visitarlo. Desde el hostal, que por cierto, como todos en los que he estado en Nueva Zelanda, está perfectamente equipado con todo lo que los hospedamos en ellos podamos necesitar, se ve el lago desde diversos puntos. Mucho de los hostales están estratégicamente situados, aunque aquí dificilmente uno se puede equivocar, este país es una postal mires a donde mires, y mires desde donde mires. Y mirando desde una de las enormes ventanas de la cocina, cuando todo esta en calma, y el sol a punto de ponerse, pareciera que Gandalf o alguno de los hobbits fuesen a salir de detras de un árbol en cualquier momento. Uno de los dias que paso en Queenstown, me acerco a Arrowtown, un antiguo pueblo de buscadores de oro, con calles llenas de árboles perfectamente alineados y con estos colores que lo hacen espectacular. Conservan las casas de madera y piedra, y un asentamiento chino de los primeros inmigrantes chinos que llegaron a Arrowtown y que ha sido restaurado.   


Desde Queenstown empiezo a subir por la costa hasta la zona donde se encuentran los glaciares de Nueva Zelanda, en Franz Josef. Todo el trayecto es absolutamente espectacular, arboles literalmente colgando de las montañas, hacen que en este país las avalanchas no sean solo de nieve sino, que por raro que suene, son de árboles también, ya que si alguno se desprende arrastra a los que tiene debajo con él. Lagos naturales formados con agua procedente de los glaciares, con cisnes negros nadando en ellos. solo dejábamos de ver lagos para ver el mar en su lugar, cuando la carretera nos acercaba más a la costa. También abundan en esta zona, las granjas productoras de leche, los rios, cataratas esparcidas por todo el paisaje se divisan desde kilometros.
No os he contado, y no sé si sabéis que esta tierra es una gran productora de vino. Esta región, igual que otras muchas, cuenta con 177 viñedos, que en esta época del año y antes de que lleguen las heladas tiene cultivadas más de 6.000 toneladas de uvas, así que aquí os dejo de momento, me voy con mi amigo David (australiano con el que llevo los tres últimos días viajando, ya que hasta Greymouth, donde estoy ahora llevávamos la misma dirección) a una terraza a saborear una copa de Sauvignon Blanc y a brindar por todos vosotros.

jueves, 15 de abril de 2010

Nueva Zelanda, la isla solitaria

Entre las 13 horas de vuelo y las 16 horas de diferencia entre Chile y Nueva Zelanda, subí al avion el 2 de abril y tras algo más de 13 horas de vuelo, aterricé en Auckland el día 4, es decir, no viví el dia 3 de abril de 2010. Después de un riguroso control de entrada al país, en el que te revisan hasta la suela de los zapatos (literalmente), para asegurarse de que no entra ni una pieza de fruta, tierra o semilla, busco el bus que me lleva a la ciudad. Cuando uno viaja de mochilero, el taxi es un lujo reservado para momentos o situaciones en los que no hay alternativa.
Para quien no lo sepa, Nueva Zelanda tiene dos islas, la norte y la sur, y aunque las dos tienen mucho que ver y disfrutar, es en la isla sur, donde los paisajes y la naturaleza hacen que en más de una ocasión, el corazón se salte un par de latidos. Nueva Zelanda, es un país muy joven, donde los protagonistas son la naturaleza y los deportes de alto riesgo. De hecho, no hay que ir al mar ni a las montañas a practicarlos, en la misma ciudad de Auckland, puedes hacer jumping desde la torre más alta de la ciudad, ya sabéis, el deporte en el que te atan de los pies con una cuerda elástica y te lanzan al vacío, y rebotas hasta que casi besas el suelo y que si la cuerda se suelta, te matas!! pues ese:-) 
Un día en Auckland es suficiente, tenía mucho más interes en la naturaleza intacta y salvaje de este país, que en conocer ciudades. Aunque he de decir que me quedé prendada de Christchurh, en la costa este de la isla sur, que con 350.000 habitantes es la tercera ciudad más grande de Nueva Zelanda. La isla sur aunque ligeramente más grande que la norte, sólo tiene 1 millon de habitantes, los 3 restantes del país viven en la norte, la mayoria en Auckland, donde viven (creo) 1 de cada 3 Neozelandeses o Kiwis, con un sorprendente porcentaje de asiáticos. De hecho, algunas galerías son exclusivamente para ellos, desde el personal que trabaja hasta los productos mas diversos, como comida, ropa, accesorios, música, escuelas, etc.
Después de Auckland, me fuí a Rotorua, todavia en la isla norte, es el corazón de la cultura Maori, y aunque la comunidad Maorí , hoy día es predominantemente urbana, sigue proyectando su luz sobre otra civilización que en su día se impuso, y de hecho estan muy involucrados en mantener viva su lengua y su cultura. Kia Ora (bienvenidos en Maorí ) es el saludo con el que te reciben al visitar sus pueblos. El unico día que pase allí, lo dediqué a visitar un pueblecito Maori, un lugar para ellos sagrado, muy espiritual, guerreros vistiendo trajes tradicionales, y remando en una waka (una antigua canoa que utilizaban para la guerra), son parte del espectáculo que montan y que termina con una cena de "hangi" que cocinan en agujeros en el suelo con el calor que éste desprende, ya que ésta, es una zona geotérmica bastante activa.
Hay varios edificios que merece la pena visitar como por ejemplo "The Bath House", un gran edificio Isabelino, que hoy día alberga el Museo de Arte e Historia de Rotorua, y que en su día fue un SPA que ofrecía tratamientos terapéuticos.
Aunque me hubiese gustado visitar otros lugares en la isla norte, las ganas de llegar a la sur, ganaban por goleada, así que en marcha hacia Wellington (la capital del país, capital política realmente porque la comercial es Auckland) a tomar el ferry que cruza el estrecho de Cook, que es el conecta las dos islas, y cuya última parte del trayecto es espectacular.
El ferry llega hasta un pequeno pueblo llamado Picton, en el que tuve que pasar la noche, y al día siguiente primera parada en Kaikoura.
Kaikoura, que en Maorí significa "comida de cigala" y en la que la cigala es un manjar y plato estrella en casi todos los restaurantes, es una península que se adentra en el Océano Pacífico. Es sin duda, un lugar privilegiado, cuando uno tiene en cuenta el increíble escenario, la atmósfera relajada, la riqueza de la vida marina, el buen tiempo y su posición a orillas del Océano Pacífico sur, y contrastando con todo esto, la cadena montañosa de Kaikoura con sus, a menudo, picos nevados. Kaikoura es famosa por ser la casa de la "Sperm whale" o cachalote, una de las criaturas más grandes del planeta. Esta especie vive en estas aguas durante todo el año, asi que no es raro verlas, aunque hay que adentrarse en el océano para hacerlo, ya que viven en grandes profundidades. El tour que yo hice tuvo suerte, y las vimos dos veces (cuando esta ballena sube a la superficie, se mantiene arriba unos 10 minutos para volver a sumergirse durante otros 45). 
En las más de dos horas que pasamos en el mar, vimos dos especies de delfines (dusky y Hector) este último en peligro de extinción, albatros, focas, etc. y todo en un entorno intacto, y es que la escasa población, junto con su grado de concienciación ecológica hace que los kiwis sigan a rajatabla eso de la protección del medio ambiente, de los mamíferos marinos, y de todo lo que tenga que ver con la naturaleza, y además lo hacen con una amplia sonrisa, buenos modales y ritmo relajado. Me temo que no puedo mostraros fotos de esta parada, excepto por una que casualmente guardé en otro sitio y por eso pervive (la de la foca que habréis visto al abrir el blog), pero la tarjeta de la cámara se me estropeó antes de poder descargarlas.
Resumiendo, Kaikoura es una ciudad consagrada al mar, donde la vida salvaje y una sensacional línea costera contrastan con un majestuoso escenario alpino. Es el sitio perfecto para el avistaje de ballenas y otras especies marinas, para pescar, montar en canoa, kayak, visitar cuevas o hacer vuelos panorámicos.
Un poco más abajo de Kaikoura hay otra ciudad,  de la que como ya os he dicho me quedé prendada, Christchurch, de aspecto totalmente británico, con arbolados parques, antiguos edificios de piedra y la catedral más visitada de todo el país. La catedral es el centro de la ciudad, fiel reflejo de la herencia anglicana de la ciudad.
Christchurch se puede recorrer facilmente a pie, pero para los que prefieren algún tipo de transporte, hay un bonito tranvía que te lleva a todos los puntos de la ciudad, más aún, si uno quiere recorrerlo por agua, puede hacerlo en góndola.
Mas al sur, llegamos a otra ciudad, Dunedin, en la peninsula de Otago, alberga la mayor universidad de Nueva Zelanda, y es por ende, una ciudad jóven, divertida y con mucha vida nocturna, en la que no falta ni la cerveza ni los equipos de rugby, el deporte estrella de Nueva Zelanda. Es tambien conocida como la Edimburgo del sur y es que colonizada por los escoceses, el trazado de la ciudad imita al de Edimburgo y muchas de sus calles fueron bautizadas con los mismos nombres que las de la ciudad de Edimburgo.
La península de Otago y algunas otras localizaciones,  ni que decir tiene, rezuman belleza, por algo Peter Jackson escogió su tierra natal para rodar la trilogia que ha hecho a Nueva Zelanda famosa en el mundo entero, y es que quién no sabe quienes son Frodo, Gandalf, Aragorn, Légolas o Gollum.  
Cuando termino de escribir estas últimas líneas, ya he llegado a Te Anau, en el Parque Nacional de Fiorland, el más espectacular del país, y desde aquí subiré de vuelta a Auckland por la costa Oeste. Os lo iré contando por el camino.