sábado, 30 de octubre de 2010

Kuala Lumpur vs Singapore

Macrociudades las dos, modernas las dos, cosmopolitas las dos, tecnología punta en las dos, estos son algunos de los motivos, por los que, los que tienen poco tiempo y se ven obligados a elegir entre una de las dos, nunca saben muy bien por cual apostar.

Unos consideran a Kuala Lumpur, la capital malaya, más interesante, más arriesgada (arquitectónicamente hablando), y sobre todo más barata a la hora de ir de compras, que es uno de los pasatiempos más demandados en ambas capitales.
Sus ansias de evolución y su gran potencial económico, hacen que este coloso avance a pasos agigantados, sobre todo en el terreno tecnológico.
Rascacielos, edificios de decenas de plantas, liderados, como no!, por el buque insignia de Kuala Lumpur, sus torres petronas, que son sus 88 pisos y 452 metros, son las más altas de Asia, que conviven con casonas coloniales, edificios islámicos y monstruosos centros comerciales.
Burkas y minifaldas se pasean de la mano por las calles de Kuala Lumpur, lo que una vez más demuestra que en ciudades como esta hay sitio para todos.
La mejor forma de ir de Kuala Lumpur a Singapur
es en autobus. En tan sólo cinco horas y por el módico precio de 45 ringgits (unos 11 euros), unos fantásticos autobuses con grandes asientos reclinables y tres diferentes posiciones de masaje, cubren el trayecto hasta la pulcra y cuidada Singapur, dónde está prohibido mascar chicle y tirar papeles en la calle, o fumar excepto en las zonas habilitadas para ello. Quien rompa las normas, que se asegure de llevar suficiente metálico en la cartera. Grandes multas y penas hacen que la delincuencia sea prácticamente inexistente, No se andan con chiquitas en Singapur, en la tarjeta de inmigración lo pone bien claro, en rojo y en mayúsculas:

AVISO:
PENA DE MUERTE PARA LOS TRAFICANTES DE DROGA,
BAJO LA LEY DE SINGAPUR.


Además de una mano férrea, Singapur es uno de los "cinco tigres asiáticos", los otros cuatro son Hong Kong, Corea, Malasia y Taiwán, y cuarto centro financiero más importante del mundo.
Es también otro de los paraísos de las compras, cuya arteria principal para este fin es Orchard Road, y es allí donde confluyen todo tipo de artículos como artesanías, tejidos, joyas y miles de tiendas de ropa y aparatos tecnológicos.
Para los más sibaritas, una granja de cocodrilos provee de artículos de tan preciada piel, a tiendas aptas para los bolsillos más prósperos.
Otros barrios para visitar en Singapur, son Chinatown, o Little India, que a la gente le fascina, pero después de haber estado en la "big" India, primero decir que solo la limpieza que impera en las calles, hacen del barrio una India muy poco creíble.
También tiene una de las más variadas ofertas gastronómicas de Asia, y presume además de tener el tercer mejor aeropuerto del mundo.
Mis ultimos días en Singapur, los estoy pasando en casa de Alex, austríaco, al que conocí en el barco recorriendo las Whitsunday Islands en Australia, y ya entonces me contó que le habían ofrecido un trabajo en Singapur y estaba en plena negociación de su contrato. Al final lo firmó, curiosamente para una empresa española, FCC. Alex es ingeniero, y están ampliando una de las líneas del metro. 
Resumiendo, muchas similitudes entre ambas ciudades, muchas diferencias también, yo no podría elegir, pero tampoco he estado mucho tiempo en ninguna de las dos, así que las vamos a dejar en tablas.

lunes, 18 de octubre de 2010

Irresistible Laos

Sa bay dee, son las primeras palabras que escuchas al cruzar la frontera con Laos.
Todo en este país, es más lento, más relajado y se deja notar nada más llegar. La primera parada, una isla tropical en el sentido más clásico de la palabra, cocoteros, el río, barcas de madera, sus pacíficos habitantes vistiendo el típico sarong, un pequeño paraíso conocido como las 4000 islas (en realidad se llama Si Phan Don). Una de sus islas, Don Det, un clásico entre los mochileros, tiene más vida que el resto. Un vergel, en medio de la nada, en el que lo mejor que se puede hacer es alquilar una bicicleta para recorrerlo junto con la vecina Don Khon (comunicadas por un puente) y descubrir los hermosos paisajes de este país de arrozales, cataratas y plantaciones de café.
Las isla está plagada de guesthouses, muchas de ellas regentadas por "expats" (inmigrantes). La oferta de actividades es limitada e incluyen rafting, kayaking e ir a ver a los escasos delfines "Irrawaddy" que quedan en el Mekong, y en el planeta. Te hacen pagar $1 por entrar con la barca en territorio camboyano. En realidad se podría evitar, pero si como dice el ticket, el dinero es para invertirlo en esta especie de delfines en peligro de extinción, entonces bien cobrado está.
Después de Don Det, un par de días en Pakse, desde donde visitar la zona conocida como "Bolaven Plateau" la mayor zona cafetera del país. Al igual que en Vietnam y Camboya, el café se toma bastante fuerte, y se endulza con leche condensada.
El Bolaven Plateau es una zona de maravillosos paisajes, cataratas espectaculares como Tat Fan o Tat Lo, en las que si el tiempo acompaña (no fue nuestro caso) uno se puede remojar, y por supuesto plantaciones de te y café.
De Pakse a Tha khaek, donde además de no haber absolutamente nada interesante, la única guesthouse con un precio razonable, intenta timarme como nunca antes habían hecho, con una excursión a la cueva de Kong Lo, razón por la que había ido hasta allí, ignorando que la cueva se encontraba a casi 200 km del lugar.
En mi misma situación, se encontraba Lauren, una chica americana con la que al día siguiente emprendí camino a la cueva por nuestra cuenta.
Tras varios intentos, fracasados claro está, de que el encargado del hostel o guesthouse, llamase a la estación de autobuses para informarnos de a que hora salía el primer autobus de la mañana hacia Lak Sao, cerca de la cueva, al día siguiente, a las 7 de la mañana, nos dirigimos al mercado, desde donde viejos tuk-tuks te llevan hasta un pequeño pueblo cerca de la cueva por 50.000 kips (5 euros).
Algo más de cuatro horas en ese terrible asiento (una estrecha balda a lo largo del remolque del tuk tuk), con más personas que sitio para sentarse, para llegar a otro pueblo y cambiar de tuk tuk durante otra hora hasta Kong Lo, donde se encuentra la cueva. Ya en el último tramo del viaje, conocimos a un belga y dos italianos con los que pasamos el resto del día. Bien es cierto, que tantas horas de viaje merecieron la pena, más por la cueva en sí que es impresionante, por el entorno tan maravilloso con que nos encontramos.
La cueva tiene 7.5 km, que se recorren en barca, máx. 3 personas por barca, en un recorrido a ratos escalofriante. La única luz, la de las linternas, imprescindibles para atravesar la cueva, y solo pisamos tierra firme en una ocasión, para recorrer a pie, una excepcional y resbaladiza zona de estalactitas y estalagmitas.
Aunque el entorno de Kong Lo, invitaba a quedarse, la mayoría (es decir, todos menos yo) tenían prisa por marcharse a otros lugares, y a mi, no me apetecía mucho quedarme sola, sin saber muy bien como volver a la civilización.
Al día siguiente, todos de vuelta al mismo tuk-tuk que nos había traído. En esta ocasión, se para a mitad de camino, y todos excepto yo, se suben a otro que iba hacia Tha Khaek de nuevo (ellos iban todos hacia las 4000 islas, y yo en sentido opuesto).
Una vez descargadas todas las mochilas, y cuando ya habían partido, los once Laosianos, el cerdo que llevabamos y yo, tuvimos que bajarnos a empujar (bueno el cerdo no) el tuk tuk que no quería arrancar. Ni con esas; sólo media hora de llaves inglesas y golpes en el motor, nos permitieron seguir camino.
Cuando llegamos al mismo pueblucho, en el que habíamos estado el día anterior (del que no me llegué ni a enterar del nombre), descubro que desde allí no hay autobuses a Vientiane, capital del país y siguiente destino. En realidad, desde allí no hay autobuses a ningún sitio, así que me hacen subir a otro tuk tuk, de nuevo sin saber adónde me dirigía, y justo en el momento en que me bajaba del mismo, sin saber que iba a hacer a continuación, un enorme bus-cama, procedente de Hanoi, en Vietnam, me hace una señal, yo asiento, y finalmente llego a Vientiane.
La visita a Vientiane fue de puro tránsito, así que no hice nada, excepto ir a comer algo y a un cafe internet, pero por lo poco que vi, me uno al resto de visitantes que dicen que Vientiane no merece la pena.
Entre Vientiane y Luang Prabang se encuentra Vang Vieng, un pequeño pueblo muy visitado debido a su magnífico emplazamiento, soberbio entorno y ruido infernal, y que los veinteañeros encuentran irresistible. Absolutamente todos los bares del pueblo, que parece anclado en el pasado, desde hace varios lustros, proyectan en sus televisiones la serie americana "Friends". Aquí se concentra toda la juventud, divino tesoro, para hacer escaladas, kayaking, caving, y la actividad estrella "tubing" que consiste en montarse en un neumático de tractor y dejar que la corriente te lleve río abajo, lo que no suena peligroso, excepto cuando se combina con las corrientes del río Nam Song, las copas y la noche, y el resultado entonces, puede ser letal.
Como no me interesaba nada de lo que había en oferta, me fui a ejercer de granjera. Sí, de granjera. Me alojé en una granja de cabras a 4 km del pueblo, a orillas del río, con unas vistas espectaculares, y en la que puedes desempeñar algunas actividades como voluntaria, así que ahí me tenéis, ordeñando cabras, dando biberones a las crías y haciendo queso.
En la granja crecen moras, lo que da su nombre a la misma "Mulberry Organic Farm", y además de un restaurante excepcional, en el que varias de las especialidades de la casa llevan como ingrediente hojas de mora (también rebozan las hojas y las frien) hacen unos batidos de mora y arándanos que yo creo que crean dependencia.
También hay una escuela, y buscan voluntarios para enseñar inglés, así que me han preguntado si me quiero quedar unos días, y aunque lo haría encantada, no quería dejar de ir a Phonsavan, donde se encuentra "Plain of Jars" y por supuesto, el que dicen es el sitio más bonito de todo Laos, Luang Prabang.
Una mañana, desayunando en la granja, conocí a Julian, un alemán que según sus propias palabras, se encontraba entre la vida universitaria y la vida seria y quería viajar un poco, antes de que se tornara seria del todo. Decidimos ir juntos a Phonsavan, y menos mal porque si no, el viaje y la estancia habrían sido bastante aburridos. Y así nos fuimos a visitar "plain of Jars", que son varias áreas en las que se encuentran cientos de jarras que los arqueólogos creen que datan de hace unos 2000 años. No se sabe mucho de ellas, ni siquiera para que eran utilizadas. Las dos teorías que se barajan, son que pudieron ser usadas como urnas funerarias o tal vez como lugar de almacenamiento de comida. En cualquier caso, las jarras son curiosas de ver, y el entorno en el que se encuentran un regalo para la vista.
Desde Phonsavan, tuve la brillante idea (algo que ya véis me ocurre con cierta frecuencia) de tomar un bus local para ir a Luang Prabang, con la consiguiente alta probabilidad de que se estropease a mitad de camino, como (ya habréis adivinado) así fue. Por suerte, lograron arreglarlo, lo que no siempre ocurre.
Un largo, largísimo viaje, en el que, el estado de la carretera (ni un solo tramo de más de 300 metros sin una curva) y el estado y olor del bus no ayudaban. Ni siquiera el suspense de Mary Higging Clark logró hacerlo más llevadero, pero finalmente llegué a mi destino sana y salva, que es de lo que se trataba.
A pesar del "toque de queda" que impera en la ciudad, a partir de las 11.30 de la noche, todo cierra y no se permite a nadie pasear por la ciudad, la maravillosa y armónica combinación de calles alumbradas con farolillos de papel, villas coloniales francesas, hoteles-boutique, maravillosos cafés, spas, monjes novicios de túnicas naranjas, hacen de Luang Prabang un sitio en el que querer quedarse.
Salpicada de templos, es fácil tropezarte con monjes o novicios, y más fácil aún entablar conversación con ellos. Su curiosidad hará que sean ellos lo que rompan el hielo, si es que lo hubiera. Estos personajes, en cuyas vidas no hay sitio para las posesiones materiales, viven su vida de una manera que la gente ordinaria no podemos imaginar. 
Ya sólo me quedan unos días aquí en Laos, en el sudeste asiático, uno de mis lugares favoritos. 
Este rincón del planeta, es un estímulo para los sentidos. Cientos de nuevos lugares, aventuras, comidas, olores, formas de vida, de gente que va y viene. Fascinante, abrumador a veces, y que te exprime hasta la última gota de paciencia e ingenio que te quedan en el cuerpo, pero que yo repetiría una y mil veces.

lunes, 4 de octubre de 2010

Camboya - Un país castigado

Sentadas durante más de cinco horas en una barcaza terriblemente incómoda, navegamos por el Mekong hasta llegar a Camboya. En el trayecto, pueblos enteros, barcos, granjas, mercados flotantes se desplazan por los canales, corrientes y brazos que se despliegan por ese mundo flotante que es el delta del Mekong, donde el río se bifurca y todos sus brazos emprenden una loca carrera hacia el mar.
Raro era el momento en el que no había alguien en la orilla, saludándonos al pasar, hasta que nos perdían de vista. Alguno incluso se tiró al río dominado por la euforia.
Minutos antes de cruzar la frontera con Camboya, nos despedimos de la cocina vietnamita con unos deliciosos noodles. El jamón serrano que María Bella me trajo de España, y que nunca podré agradecerselo bastante, cayó, como era de esperar, en los primeros días entre Hanoi y Sa Pa.

Después de horas de navegación, En el trayecto de Phnom Pehn a Siem Reap, lo único que nos hizo despegarnos (literalmente) de nuestros asientos de escay, fue ver como nuestro vecino de asiento, se zampaba para su almuerzo, no una, sino tres enormes tarántulas, primero arrancándoles las patas como si de un cangrejo se tratase, y luego el resto del cuerpo, que saboreaba mientras se partía de la risa viendo una película, con pinta de blockbuster, en el bus.

Llegamos a Phnom Penh, la capital del país, pero la razón por la que María Bella quería venir a Camboya a toda costa, era visitar Angkor Wat, en Siem Reap, de modo que sin mayor dilación, al día siguiente a primera hora, otro autobus hasta allí.

 La historia de los templos es larga, y no os voy a aburrir con ella, así que lo único que os diré es que son uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo, además de la mayor estructura religiosa jamás construída, por supuesto Patrimonio mundial por la UNESCO y sin duda alguna, impresionantes.
A más de uno os sonará al menos uno de los templos, porque fue una de las localizaciones en las que se rodaron algunas escenas de la película de Tomb Raider.
 
María Bella que había decidido despedirse de sus vacaciones, rodeada del exquisito lujo asiático, generosamente me invitó a un Hotel Resort & Spa de cinco estrellas, del que no te daban ganas de salir. Pero se le terminaron las vacaciones y se tuvo que marchar, y con ella se fueron las cinco estrellas y los chóferes uniformados, y yo he vuelto a mi vida de mochilera.


Los camboyanos, son tremendamente sonrientes, buenos conversadores, y muy amables, y a veces me pregunto como lo consiguen en un país tan castigado como el suyo. No se puede hablar de Camboya, y no mencionar la no tan lejana (1975-1979) Khmer Rouge (los jemeres rojos), y ese tirano loco y asesino (Pol Pot) que la lideró. La toma de Phnom Penh el 17 de abril de 1975, fue el comienzo de un holocausto (más de dos millones de camboyanos murieron mientras duró el régimen comunista). Tres años de odio, miedo, hambre, esclavitud, destrucción y muerte. Algo que en pleno S. XX nunca debió permitirse. Su plan de transformar Camboya, creando un nuevo país sin "manchas imperialistas" de su pasado, haciéndoles cambiar sus familias, comida, religión, tierras, en definitiva su vida y su historia (como si se pudiese cambiar) le costó muy caro al pueblo camboyano. Ser un intelectual o parecerlo (llevar gafas era motivo suficiente) se pagaba con la vida.
Hay una película que os recomiendo ver "The Killing Fields"  basada en las experiencias de tres periodistas durante el régimen de Khmer Rouge. En español la titularon "los gritos del silencio".
Hoy día Camboya sigue siendo un país muy pobre (aunque es difícil de creer cuando una ve una cantidad alarmantemente alta de Lexus 4x4 circulando por la ciudad; yo he llegado a preguntarme si serán imitaciones), todavía quedan campos de minas que siguen matando y amputando miembros al que tiene la mala suerte de encontrarlas, pero sigue siendo un pueblo optimista.
Por otro lado, está la Camboya que todos vemos, si no escarbamos un poquito en su historia, y que no difiere mucho del resto de países del sudeste asiático. Occidentales, nos ven, y como al tío Gilito, se les dibuja en las pupilas el símbolo del dólar.
Yo no sé ni para que tienen una moneda (el riel. 1 euro= aprox. 5000 rieles), la moneda que cambia de manos en mercados, hoteles, restaurantes, centros de masajes, correos, y cualquier tipo de establecimiento es el dólar americano.
Ellos no tienen medida a la hora de pedir. Cuando te piden $10, por algo que vale $2, y con la mirada les dices "ni en tus mejores sueños", entonces tararean su letanía de "happy hour, special price for you my friend".
También como en el resto de países, los autobuses te dejan en la puerta de hoteles en los que el conductor se lleva comisión si te alojas en ellos, o en zonas alejadas de la ciudad, donde toda una legión de conductores de tuk tuk, se lanzan a la ventanilla del bus, antes de que éste ni siquiera haya parado. Cuando lo hace, y logras abrirte paso para poder salir, escoltada por un tropel de los mismos, al grito de "where come from? where you go?", comienza de nuevo, la guerra del regateo.
Después de marcharse María Bella, yo me quede un par de días más en Siem Reap, luego pasé por la colonial Battambang, otros pueblos que pasaron sin pena ni gloria, y Sihanoukville en el sur del país. Tomado por la mafia rusa, y por cuadrillas del Khmer Rouge clandestinas (o eso dicen), podría ser un verdadero paraíso, pero sus sucias y descuidadas playas, y la imparable urbanización de cada palmo de la costa lo están haciendo difícil. Aún así me gusta este lugar.
Después de Sihanoukville tuve que volver a la capital, a Phnom Penh, ya que en unos días empezaré a subir el país hasta Laos, pero al parecer tengo que gestionar el visado en Camboya, ya que Laos no emite visados si se cruza la frontera por tierra. Yo de esto tengo serias dudas, lo más seguro es que si te la gestionan en Phnom Pehn le saquen unos dólares más. En cualquier caso no me la voy a jugar. 
De todas formas, volver a Phnom Penh me ha permitido visitar la ciudad, que para pasar un par de días no esta nada mal. Un largo paseo a lo largo del río, el palacio imperial y otros imponentes edificios hicieron que el día pasara volando.
La siguiente parada fue Kratie, que no tiene demasiado que destacar, pero es un buen lugar para descansar del largo viaje entre Phnom Penh y Don Det, ya en Laos.