lunes, 18 de octubre de 2010

Irresistible Laos

Sa bay dee, son las primeras palabras que escuchas al cruzar la frontera con Laos.
Todo en este país, es más lento, más relajado y se deja notar nada más llegar. La primera parada, una isla tropical en el sentido más clásico de la palabra, cocoteros, el río, barcas de madera, sus pacíficos habitantes vistiendo el típico sarong, un pequeño paraíso conocido como las 4000 islas (en realidad se llama Si Phan Don). Una de sus islas, Don Det, un clásico entre los mochileros, tiene más vida que el resto. Un vergel, en medio de la nada, en el que lo mejor que se puede hacer es alquilar una bicicleta para recorrerlo junto con la vecina Don Khon (comunicadas por un puente) y descubrir los hermosos paisajes de este país de arrozales, cataratas y plantaciones de café.
Las isla está plagada de guesthouses, muchas de ellas regentadas por "expats" (inmigrantes). La oferta de actividades es limitada e incluyen rafting, kayaking e ir a ver a los escasos delfines "Irrawaddy" que quedan en el Mekong, y en el planeta. Te hacen pagar $1 por entrar con la barca en territorio camboyano. En realidad se podría evitar, pero si como dice el ticket, el dinero es para invertirlo en esta especie de delfines en peligro de extinción, entonces bien cobrado está.
Después de Don Det, un par de días en Pakse, desde donde visitar la zona conocida como "Bolaven Plateau" la mayor zona cafetera del país. Al igual que en Vietnam y Camboya, el café se toma bastante fuerte, y se endulza con leche condensada.
El Bolaven Plateau es una zona de maravillosos paisajes, cataratas espectaculares como Tat Fan o Tat Lo, en las que si el tiempo acompaña (no fue nuestro caso) uno se puede remojar, y por supuesto plantaciones de te y café.
De Pakse a Tha khaek, donde además de no haber absolutamente nada interesante, la única guesthouse con un precio razonable, intenta timarme como nunca antes habían hecho, con una excursión a la cueva de Kong Lo, razón por la que había ido hasta allí, ignorando que la cueva se encontraba a casi 200 km del lugar.
En mi misma situación, se encontraba Lauren, una chica americana con la que al día siguiente emprendí camino a la cueva por nuestra cuenta.
Tras varios intentos, fracasados claro está, de que el encargado del hostel o guesthouse, llamase a la estación de autobuses para informarnos de a que hora salía el primer autobus de la mañana hacia Lak Sao, cerca de la cueva, al día siguiente, a las 7 de la mañana, nos dirigimos al mercado, desde donde viejos tuk-tuks te llevan hasta un pequeño pueblo cerca de la cueva por 50.000 kips (5 euros).
Algo más de cuatro horas en ese terrible asiento (una estrecha balda a lo largo del remolque del tuk tuk), con más personas que sitio para sentarse, para llegar a otro pueblo y cambiar de tuk tuk durante otra hora hasta Kong Lo, donde se encuentra la cueva. Ya en el último tramo del viaje, conocimos a un belga y dos italianos con los que pasamos el resto del día. Bien es cierto, que tantas horas de viaje merecieron la pena, más por la cueva en sí que es impresionante, por el entorno tan maravilloso con que nos encontramos.
La cueva tiene 7.5 km, que se recorren en barca, máx. 3 personas por barca, en un recorrido a ratos escalofriante. La única luz, la de las linternas, imprescindibles para atravesar la cueva, y solo pisamos tierra firme en una ocasión, para recorrer a pie, una excepcional y resbaladiza zona de estalactitas y estalagmitas.
Aunque el entorno de Kong Lo, invitaba a quedarse, la mayoría (es decir, todos menos yo) tenían prisa por marcharse a otros lugares, y a mi, no me apetecía mucho quedarme sola, sin saber muy bien como volver a la civilización.
Al día siguiente, todos de vuelta al mismo tuk-tuk que nos había traído. En esta ocasión, se para a mitad de camino, y todos excepto yo, se suben a otro que iba hacia Tha Khaek de nuevo (ellos iban todos hacia las 4000 islas, y yo en sentido opuesto).
Una vez descargadas todas las mochilas, y cuando ya habían partido, los once Laosianos, el cerdo que llevabamos y yo, tuvimos que bajarnos a empujar (bueno el cerdo no) el tuk tuk que no quería arrancar. Ni con esas; sólo media hora de llaves inglesas y golpes en el motor, nos permitieron seguir camino.
Cuando llegamos al mismo pueblucho, en el que habíamos estado el día anterior (del que no me llegué ni a enterar del nombre), descubro que desde allí no hay autobuses a Vientiane, capital del país y siguiente destino. En realidad, desde allí no hay autobuses a ningún sitio, así que me hacen subir a otro tuk tuk, de nuevo sin saber adónde me dirigía, y justo en el momento en que me bajaba del mismo, sin saber que iba a hacer a continuación, un enorme bus-cama, procedente de Hanoi, en Vietnam, me hace una señal, yo asiento, y finalmente llego a Vientiane.
La visita a Vientiane fue de puro tránsito, así que no hice nada, excepto ir a comer algo y a un cafe internet, pero por lo poco que vi, me uno al resto de visitantes que dicen que Vientiane no merece la pena.
Entre Vientiane y Luang Prabang se encuentra Vang Vieng, un pequeño pueblo muy visitado debido a su magnífico emplazamiento, soberbio entorno y ruido infernal, y que los veinteañeros encuentran irresistible. Absolutamente todos los bares del pueblo, que parece anclado en el pasado, desde hace varios lustros, proyectan en sus televisiones la serie americana "Friends". Aquí se concentra toda la juventud, divino tesoro, para hacer escaladas, kayaking, caving, y la actividad estrella "tubing" que consiste en montarse en un neumático de tractor y dejar que la corriente te lleve río abajo, lo que no suena peligroso, excepto cuando se combina con las corrientes del río Nam Song, las copas y la noche, y el resultado entonces, puede ser letal.
Como no me interesaba nada de lo que había en oferta, me fui a ejercer de granjera. Sí, de granjera. Me alojé en una granja de cabras a 4 km del pueblo, a orillas del río, con unas vistas espectaculares, y en la que puedes desempeñar algunas actividades como voluntaria, así que ahí me tenéis, ordeñando cabras, dando biberones a las crías y haciendo queso.
En la granja crecen moras, lo que da su nombre a la misma "Mulberry Organic Farm", y además de un restaurante excepcional, en el que varias de las especialidades de la casa llevan como ingrediente hojas de mora (también rebozan las hojas y las frien) hacen unos batidos de mora y arándanos que yo creo que crean dependencia.
También hay una escuela, y buscan voluntarios para enseñar inglés, así que me han preguntado si me quiero quedar unos días, y aunque lo haría encantada, no quería dejar de ir a Phonsavan, donde se encuentra "Plain of Jars" y por supuesto, el que dicen es el sitio más bonito de todo Laos, Luang Prabang.
Una mañana, desayunando en la granja, conocí a Julian, un alemán que según sus propias palabras, se encontraba entre la vida universitaria y la vida seria y quería viajar un poco, antes de que se tornara seria del todo. Decidimos ir juntos a Phonsavan, y menos mal porque si no, el viaje y la estancia habrían sido bastante aburridos. Y así nos fuimos a visitar "plain of Jars", que son varias áreas en las que se encuentran cientos de jarras que los arqueólogos creen que datan de hace unos 2000 años. No se sabe mucho de ellas, ni siquiera para que eran utilizadas. Las dos teorías que se barajan, son que pudieron ser usadas como urnas funerarias o tal vez como lugar de almacenamiento de comida. En cualquier caso, las jarras son curiosas de ver, y el entorno en el que se encuentran un regalo para la vista.
Desde Phonsavan, tuve la brillante idea (algo que ya véis me ocurre con cierta frecuencia) de tomar un bus local para ir a Luang Prabang, con la consiguiente alta probabilidad de que se estropease a mitad de camino, como (ya habréis adivinado) así fue. Por suerte, lograron arreglarlo, lo que no siempre ocurre.
Un largo, largísimo viaje, en el que, el estado de la carretera (ni un solo tramo de más de 300 metros sin una curva) y el estado y olor del bus no ayudaban. Ni siquiera el suspense de Mary Higging Clark logró hacerlo más llevadero, pero finalmente llegué a mi destino sana y salva, que es de lo que se trataba.
A pesar del "toque de queda" que impera en la ciudad, a partir de las 11.30 de la noche, todo cierra y no se permite a nadie pasear por la ciudad, la maravillosa y armónica combinación de calles alumbradas con farolillos de papel, villas coloniales francesas, hoteles-boutique, maravillosos cafés, spas, monjes novicios de túnicas naranjas, hacen de Luang Prabang un sitio en el que querer quedarse.
Salpicada de templos, es fácil tropezarte con monjes o novicios, y más fácil aún entablar conversación con ellos. Su curiosidad hará que sean ellos lo que rompan el hielo, si es que lo hubiera. Estos personajes, en cuyas vidas no hay sitio para las posesiones materiales, viven su vida de una manera que la gente ordinaria no podemos imaginar. 
Ya sólo me quedan unos días aquí en Laos, en el sudeste asiático, uno de mis lugares favoritos. 
Este rincón del planeta, es un estímulo para los sentidos. Cientos de nuevos lugares, aventuras, comidas, olores, formas de vida, de gente que va y viene. Fascinante, abrumador a veces, y que te exprime hasta la última gota de paciencia e ingenio que te quedan en el cuerpo, pero que yo repetiría una y mil veces.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo leo y lo recuerdo en primera persona y es tan fascinante.... Gracias por poner por escrito los pensamientos de unos cuantos que lo hemos compartido contigo.
Ana Benito