Arequipa, segunda ciudad más grande de Perú, fundada por órdenes de Francisco Pizarro en 1540, es también conocida como "la ciudad blanca", por ser la mayoría de sus edificios blancos, construidos con una piedra blanca llamada "sillar", que es un material volcánico producido por la petrificación de la lava en la superficie, y es que no en vano, Arequipa está custodiada por sus más fieles guardianes, los volcanes "Misti" que se asoma, imponente por detrás de la Plaza de Armas, y que es el más representativo de la ciudad, aunque no necesariamente el más alto, de esto se enorgullece el volcán "Chachani" de algo más de 6.000 metros, y para terminar el volcán "Pichu Pichu".
La plaza de armas, con su soberbia catedral blanca será el punto de partida de mi visita. El centro histórico de esta bonita ciudad, está repleto de iglesias, conventos, museos y casonas, y después de varias horas de recorrido, y haciendo caso de mi guía de viajes que dice, que aunque uno esté harto de edificios coloniales, no debe dejar de visitar el Monasterio de Santa Catalina de Siena, allá que me fuí, y no le falta razón a la guía.
Después de permanecer cerrado 393 años, el Monasterio fue abierto al público en 1972. Tras sus gruesos y altos muros blancos, en realidad, se esconde una ciudadela dentro de la ciudad. Estrechas calles, las celdas de las religiosas, bonitos patios, pasadizos escondidos, a ratos laberíntico, a ratos misterioso, cocinas, grandes salas, y hasta una pinacoteca, componen este magnífico monasterio.
Uno no puede venir hasta aquí, y no visitar el maravilloso valle del Colca, y el cañón más profundo del mundo, algo más de 4.000 metros en su punto más profundo, aunque para enfado de los peruanos la National Geographics Society sigue publicando el Cañón del Colorado como más profundo que éste (que alguien lo compruebe, yo no me he molestado en hacerlo). Sin duda, la mejor forma de visitarlo es recorriéndolo a pie, en uno de los cientos de trekkings ofertados por toda la ciudad. Para los que no tenemos ni ganas ni equipamiento, o para los que físicamente no están preparados para hacerlo a pie, también hay tours en los que te llevan y te traen bien en furgonetas o en autobuses dependiendo de la cantidad de personas que se apunten al mismo. En mi caso, sólo eramos diez, para nuestra suerte por lo que nos contó la guía, que en temporada alta la afluencia de autobuses es de 100 al día. Nosotros apenas nos encontramos con otros cinco grupos y todos pequeños.
Montones de pueblecitos se reparten por el Valle y Cañón del Colca, a cual más espectacular por el entorno, y a cual más peligroso por estar todos en una zona sísmica de gran intensidad, especialmente el pueblecito de Maca que está ubicado en una falla geológica.
El segundo día volvimos a disfrutar de la gastronomía peruana, que no sé si os he dicho que es deliciosa. Entre sus especialidades están el cebiche (pescado crudo), o el cuy (cobaya) que yo probé y que no me pareció ninguna delicia, pero que tampoco está mal. Aunque cuando te lo ponen entero, ver a la ratita ahí en el plato con las patas abiertas, a los que no estamos acostumbrados a este tipo de delicatessen, impresiona un poco.
Dejo Arequipa, y voy de camino a Lima, adonde no tengo muchas ganas de llegar, ya que lo único que escucho sobre esta ciudad es que la superpoblación y el desempleo han generado una ciudad contaminada, frenética y peligrosa. Te alertan continuamente sobre la delincuencia en Lima, no llevar nada de valor encima en ningún momento, no bajar la guardia, tomar solo taxis oficiales, cerrar las puertas, etc. etc. En cualquier caso, como en ningún momento Lima ha estado entre mis prioridades como lugar para visitar, decido quedarme unos días en el oasis de Huacachina, a recargar la bateria (aunque todo sea dicho, aún no se me ha gastado) para el próximo trimestre.
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