viernes, 2 de abril de 2010

Santiago de Chile

De nuevo, en lugar de en un hostal, esta vez me alojo en casa de Jocelyn, una amiga chilena a la que conocí en la India (los que leísteis mi viaje a La India sabréis de quien hablo), algo retirada del centro, pero el transporte es fácil, el metro te lleva prácticamente a todos los rincones de la ciudad.
En lugar de una oficina, carritos de información turística corretean por la plaza de armas, dando puntual información a quien la pida, sobre lo que se desee visitar. Un largo paseo por el centro me lleva hasta el Museo Nacional de Bellas Artes, seguido del parque forestal, en el que al final te encuentras con un puente a mano izquierda, para cruzar el rio Mapocho y entrar en el barrio cultural y bohemio de Santiago, el de Bellavista, donde se puede comprar artesanía típica, o joyas de lapislázuli. Lleno de bonitos cafés, restaurantes, donde transcurre gran parte de la vida nocturna de esta ciudad, donde los santiaguinos "carretean" y donde se encuentran algunas de las facultades de la universidad, como la de Derecho, en la que pregunté a siete, sí, siete estudiantes por La Chascona, la casa/museo de Pablo Neruda, en la que vivió con su amada Matilde y donde escribió sus poemas de amor, que está a dos cuadras, y que ninguno supo indicarme.
Algunos estudiantes te asaltan en la calle, ofreciéndote poemas que han escrito, con el fin de venderlos para pagarse la carrera. Fue uno de estos el que supo indicarme como ir a la casa de Neruda.


Una visita al bonito Cerro Santa Lucia, en pleno corazón de Santiago. Hay que registrarse antes de acceder al parque. Durante el ascenso, hay que pasar por la terraza Neptuno, la Caupolican, el Jardín Darwin, la Ermita Vicuña Mackeena donde se encuentra el sepulcro de Benjamin Vicuña, político e historiador de Chile, bajo cuyas órdenes el cerro se transformó en un parque urbano. Las parejas de adolescentes enamorados también han hecho del parque su lugar de encuentro.


Aún se ven algunos de los daños causados por el reciente terremoto, que aunque de 8,8 en la escala de Richter y de 2.5 minutos de duración, no causó demasiados desperfectos, aunque la foto de la fachada del museo de Bellas Artes que aquí os dejo diga lo contrario.


Perros policías vigilan, con sus dueños perfectamente uniformados, las calles de Santiago de Chile, limpias, ordenadas y tranquilas, oliendo a historia, en las que la gente se sienta a degustar su mote con huesillo, una bebida típica de Chile, hecha con durazno (melocotón) seco y mote (un cereal) y que es lo mejor para combatir el calor. El centro, de calles peatonales y centros comerciales, tiene bonitos edificios, parques con su césped perfectamente cortado y cuidado, donde conviven lo tradicional y lo moderno.  No falta la plaza de armas, donde se encuentran edificios como el de correos o la catedral metropolitana.


Cuando cierro el mapa, y me dejo llevar sin saber a donde voy es cuando me encuentro con rincones que no están en las guías, tiendas que estimulan el apetito, te ofrecen exquisiteces de la desconocida gastronomía chilena, como chutney de piña de la Isla de Pascua, mermelada de pétalos de rosa de Valdivia o paté de huevos de codorniz de la isla de Maipo. Ahí es nada señores!! para todos los gustos y bolsillos.
Aunque ya ha empezado el otoño,  hace calor.

Dicen que después del terremoto, las temperaturas han vuelto a subir. Todo parece estar en orden, aunque los temblores de tierra siguen siendo frecuentes. Yo he vivido tres en estos días, por suerte, de sólo unos segundos de duración. Al parecer son diarios pero la mayoría no se dejan notar por la baja intensidad, cuando los notas es que son más grandes, pero mientras la duración sea de sólo unos segundos, estamos a salvo.
El primer día en Santiago, me despertó uno a las 4.40am pero solo duró unos 3-4 segundos, poco para que te pase algo, pero suficiente para asustarte.


Pasé uno de los días entre Valparaíso y Viña del Mar, que todo el mundo recomienda visitar. No os puedo contar mucho porque solo estuve unas horas, pero son, sobre todo Viña, un lugar de veraneo, bonito, agradable, hermosas playas, pero no pude sacarle mucho jugo en tan poco tiempo. Valparaíso con sus cerros de colores y  sus ascensores que suben y bajan la ciudad, y decadentes palacetes que se reparten por la misma.  Hemos llegado al epílogo de este trimestre y este continente, los que lleváis leyendo desde el comienzo ya lo sabéis todo. Nunca me alegraré bastante de haber empezado este viaje, cada día ha sido distinto del anterior. Cuando cada día descubres cosas nuevas, gente distinta, no queda tiempo para nada más. Intentar absorber y retener todo lo que ocurre a diario es trabajo suficiente.
Desde las capoeiras, hasta el mote con huesillo, he pasado por uno de los paisajes más espectaculares del mundo, Iguazú, os he llevado a bailar tangos, a ver pingüinos en el fin del mundo, a recorrer los misteriosos caminos de la patagonia, a visitar la tierra más árida del planeta, a bañarnos en agua caliente a 5.000 metros, a navegar un lago sagrado, a escuchar el rugir del hielo y a volar con cóndores. Lo mejor de todo sin embargo, son las personas que te encuentras por el camino, las historias de vidas rotas que uno intenta recomponer viajando, de vidas locas que uno intenta vivir viajando, de gente curiosa que uno intenta saciar viajando, y es que viajar da para mucho, no sólo para ver lugares, es mucho más que desplazarse de un lugar a otro, por eso, a todos los que leéis esto, mi mejor consejo es que viajéis, no importa adónde, todos los lugares son buenos, todos tienen algo que los hace únicos e irrepetibles, pero viajad, viajad, viajad.


En unas horas sale mi avión a Nueva Zelanda, así que aquí os dejo de contar sobre Sudamérica, continente al que pienso volver, porque se han quedado muchos países sin visitar. Con ganas me quedo, sobre todo de Colombia, pero habrá que visitarla en otra ocasión.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Estoy deseando "que me enseñes" Nueva Zelanda...
Encarni