El shinkansen o tren bala que enlaza Tokyo con Kyoto en 2 horas 40 minutos fue mi método de transporte entre ambas ciudades. Aquí se escucha algo más de español, las relucientes alianzas de algunas parejas que pasean por las calles de Kyoto, revelan esta ciudad como un destino popular de luna de miel. Voy a aprovechar este comienzo para deciros, que si alguien tiene pensado visitar Japón, es imprescindible comprar el "Japan Railway Pass" que sólo puede ser adquirido FUERA de Japón y activado a su llegada al país. Los hay de 7, 14 y 21 días, y una vez activados son válidos en días consecutivos. Merece la pena si se va a recorrer gran parte del país, si sólo se visitan Tokyo y Kyoto, como mucha gente hace, entonces habría que mirar otras alternativas. Yo tengo el de 14 días que cuesta unos 400 euros, y te permite viajar por todo el país, e incluye el uso del shinkansen. Aunque pueda parecer caro, voy a romper una lanza a favor de Japón y romper el mito de lo carísimo que es. Efectivamente, uno se puede gastar tanto como quiera aquí, pero para los que tienen poco presupuesto, se puede comer por 700¥1000¥ (entre 6 y 9 euros) y se puede dormir por 2.500¥(unos 20 euros).
Kyoto es el alma de la cultura tradicional japonesa. Durante más de mil años la capital del imperio del sol naciente, donde las tradicionales artes escénicas, el arte del ikebana (el exquisito arte japonés del arreglo floral) o la ceremonia del té, se transmiten de generación en generación, de padres a hijos, y de hijos a nietos...
Durante los años en que Kyoto fue capital del imperio, todo se centraba en todo lo que tuviese que ver con la corte imperial, atrayendo a los mejores artesanos y profesionales de todas las artes, y por suerte para todos nosotros, hoy conserva la esencia, refinamiento y distinción del japón más tradicional. Aunque milagrosamente, Kyoto se libró de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, no lo hizo de guerras civiles, incendios y terremotos, tras los que tuvo que ser reconstruída. Los bosques de bambú, gheisas, samurais y templos dorados que componen esta urbe tradicional, hermosa, relajante, nostálgica, histórica y cultural, han conseguido ser refugio e inspiración de poetas a lo largo de miles de años.
1.500 templos budistas y 200 santuarios shinto, la antigua religión indígena centrada en el culto a los ancestros y la armonía con la naturaleza, surgen en los lugares más inesperados, en un país en el que el 86% de sus habitantes practican ambas religiones. Ellos entienden el sintoísmo como la religión de esta vida, y el budismo se encarga de las cuestiones del alma y del mas allá, algo incomprensible para los occidentales, por lo general fieles a fes monoteístas . Muchos de estos templos guardan en su interior jardines japoneses, entre ellos jardines zen (utilizados como lugar de meditación), únicos en su habilidad para reproducir la belleza de la naturaleza en un espacio tan reducido como una caja de cerillas. Sentarse a contemplar un jardín japonés y saborear la exquisita lentitud que cobra el tiempo esta al alcance de todos los que visitamos este extraordinario país. En los templos cientos de turistas, muchos de ellos japoneses, pero sobre todo cientos de estudiantes uniformados a cargo de sus profesores, guías o tutores descubren su propia historia.
Por la noche, cuando uno ya se ha saturado de templos, hay que ir a la calle Pontocho, en el barrio de Gion. Es seguramente la calle más bonita de Kyoto, un día protagonista del barrio rojo de la ciudad, y hoy día una calle de restaurantes y locales no aptos para bolsillos con bajo presupuesto. Las tradicionales casas de té, guardan tras sus muros y sus puertas de papel de arroz, secretos que nunca seran desvelados. En su interior, las versadas y cultas gheisas y maikos (aprendiz de geisha), a las que es imposible ver en plena sesión de trabajo, entretienen a clientes millonarios, aunque entre cita y cita, si uno tiene suerte, puede verlas brevemente pasar.
También en este barrio se levantan algunos de los mejores teatros de la ciudad, en los que ver las dos variedades de teatro más famosas de Japón, el Noh y el kabuki;el primero refleja la estética minimalista del zen, mientras el segundo es más conocido por ser más dramático y por los elaboradísimos maquillajes de los actores.
Pero estos tesoros incalculables, y unas tradiciones a las que nunca se les ha opuesto resistencia, no lo son todo en Kyoto, de hecho nada más bajar del tren uno se encuentra en una modernísima y espectacular estación de tren. La industria tambien ha llegado hasta aquí, aunque industrias milenarias como la ricicultura o cultivo del arroz, que se introdujo en Japón hace mas de 2000 años, sigue ocupando un lugar esencial.
Japón, un país fascinante desde que Marco Polo lo mostrase al mundo como Cipango -el país de los techos de oro- en el S. XIII.
Su capital, Tokio, es una ciudad extraordinaria y desconcertante en todos los aspectos, un claro ejemplo de cómo el pasado abre sus puertas al futuro; un lugar donde los elementos tradicionales coexisten con el modelo de vida urbano y ultramoderno del Japón contemporáneo.
Me llama tremendamente la atención el silencio. 13 millones de almas recorren a diario la ciudad, perfectamente ordenados y coordinados, sin invadir el espacio vital de sus conciudadanos (excepto en el metro en hora punta, en el que empleados de guante blanco empujan a los usuarios, que regresan a casa tras agotadoras jornadas laborales, para que quepan en el vagón) y miles de coches esperan el verde del semáforo para poder avanzar. Todo en un silencio, que a mí se me antoja escalofriante.

Barrios perfectamente definidos, cada uno ejerciendo su función y jugando su papel, sin que ninguno le quite protagonismo al siguiente: Asakusa alberga el templo budista más antiguo de Tokio (Senso-Ji) y conserva el espíritu más tradicional del Japón que todos imaginamos; en Ginza, el barrio de dueños de perros con pedigrí, los escaparates de Gucci, Armani y Chanel iluminan las aceras; Akihabara es un mundo digital de pixeles, bits y chips en el que los nipones juran amor eterno a todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; en Shibuya se muestra el Japón cosmopolita y ultramoderno; y Shinjuku exhibe neones y rascacielos. Los parques, tan necesarios en una ciudad de dimensiones como las de Tokio, son una visita imprescindible; especialmente, el Yoyogi o los jardines que rodean al palacio de la familia imperial que, atrincherada en su interior, vive una rígida vida palaciega ajena al bullicio del parque.
Y por supuesto todos los barrios son arquitectónicamente tremendamente arriesgados y creativos y, tanto atrevimiento, los hace cualquier cosa menos aburridos. En todos también hay restaurantes para todos los bolsillos, en los que disfrutar de una de las mejores cosas de Japón, su gastronomía. El famoso sushi (las tradicionales bolitas de arroz con pescado o marisco crudo encima), el tofu que los vegetarianos usan como fuente de proteínas y que está hecho de leche de soja, la tradicional sopa de miso, la deliciosa tempura (marisco y verduras con un ligero empanado y luego frito) , el sashimi (marisco crudo magistralmente preparado) y muchas otras delicias que no reconozco y que termino pidiendo señalando el plato de otros comensales, cuando el lugar en el que como no tiene ni menú en inglés ni nadie que hable el idioma, algo frecuente que no ha impedido que hasta ahora me haya ido de maravilla..
Los carteles son un lenguaje de símbolos que sólo ellos comprenden y que hace a los visitantes trabajar intensamente en el proceso de comunicación. El inglés, igual que en España, a pesar de estudiarse en los colegios desde los primeros años de escolarización, no les sirve de mucho. Aprenden un inglés nada práctico para comunicarse. Además tienen el agravante de que el japonés es una de las lenguas que menos sonidos contiene, lo que dificulta la pronunciación de otros idiomas y que, unido a su gran timidez y perfeccionismo, hace que muy pocos japoneses se atrevan a hablar inglés. Aun así, no puedo dejar de deciros lo amabilísimos que son con el turista; intentan por todos los medios entender qué les preguntas y, si no tienen la respuesta, en lugar de seguir su camino, acuden a otros transeuntes hasta que consiguen ayudarte, aunque a veces el proceso es lento y desesperante.

Hay una armonía social (al menos aparentemente) a la que los occidentales no estamos acostumbrados. Los debates, discusiones u opiniones personales que puedan ser motivo de conflicto, simplemente se evitan. Pero esto no tiene nada que ver con el estereotipo de los japoneses como seres herméticos, conformistas trajeados que actúan casi como robots, autómatas que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Es cierto que son muy trabajadores y ha sido precisamente eso, lo trabajadores, concienzudos, meticulosos y habilidosos que son, lo que ha hecho a Japón pasar de ser una nación en ruinas a la segunda mayor potencia económica mundial, en relativamente poco tiempo. La crisis económica mundial se ha dejado notar, pero ha sido, sobre todo, gracias a los derrochadores consumidores estadounidenses que en gran medida mantenían sus fábricas en funcionamiento. Otra tradición aquí son los onsen, baños de aguas termales cuyo uso se ha convertido en todo un ritual. Hay más de 3000 en todo Japón. Una buena forma de experimentar parte del Japón tradicional son los onsen-ryokan, que son hostales japoneses tradicionales con baño termal propio.

No quiero olvidar contaros lo importante que es la cultura del comic en este país, tan grande que es frecuente ver a hombres y mujeres por igual, imitando la estética de sus héroes y heroínas, y parecen realmente estar sacados de un comic y puestos en plena calle. Algunos datos curiosos sobre la presumida mujer japonesa son que un porcentaje bastante elevado utiliza pestañas postizas, absolutamente todas se maquillan los ojos -desde pintarse sólo la raya a los maquillajes más sofisticados- y raramente se pintan los labios. Casi sin excepción, el binomio espejo-móvil, imprescindible en todo bolso de una mujer japonesa se deja ver nada mas subir al vagon de metro.

Y para terminar, lo más curioso. Es imposible venir a Japón y no hablar en algún momento de los baños públicos. Con panel de control incluido, suelen estar relucientes -nada extraño en un país que prácticamente demanda limpieza. Como si de quirófanos se tratase, con sólo pulsar un botón, el asiento se ajusta a la altura del usuario. Un segundo botón emite sonidos de camuflaje por si son necesarios, mientras que al mismo tiempo, una especie de aspiradora en funcionamiento permanente absorbe cualquier emisión o gas nocivo, y un regulador controla la temperatura del asiento. Aun hay otros botones para el ciclo de aclarado: uno exclusivamente para mujeres, otro ofrece un suave enguaje en la parte de atrás y un tercero expulsa un spray. Cuando se pulsa uno de estos botones, una especie de grifo, tubo, válvula o espita, no sé bien cómo llamarlo, sale de las profundidades y larga un chorro de agua cuya temperatura por supuesto se puede regular. Aunque yo no los he visto, dicen que hay otros modelos más sofisticados que tienen función de masaje y secado para cerrar el ciclo. Mañana me marcho a Kyoto, el otro Japón más tradicional. Estoy deseando llegar y contaros.
En un país como este, con infraestructuras modernas y un clima político estable, uno no se preocupa por la seguridad porque no se detecta su falta; los únicos problemas con los que te encuentras en Australia son básicamente cómo llegar a cubrir las interminables distancias en poco tiempo -sobre todo si no tienes mucho-, en aprender a tocar el didgeridoo -un instrumento aborigen de viento hecho de eucalipto-, o en cómo ganarle el pulso a los australianos en la ingesta de cerveza.
Siempre me ha fascinado lo muchísimo que viajan los australianos y sus primos los kiwis, pero cómo no van a viajar!!! Sin animo de ofender, solo hace falta tener un poquito de curiosidad para querer salir de aquí. No hay mucho que contar, excepto por la historia de los aborígenes: Resumiendo, fue sepultada por los europeos que, al llegar a Australia y no encontrar ninguna estructura política que se lo impidiese, se deshicieron de muchos de los aborígenes -bien matándolos o contagiándoles enfermedades contra las que no estaban inmunizados-, destruyeron su hábitat introduciendo animales domésticos y, cómo quien no quiere la cosa, se quedaron con sus tierras. Después de la segunda guerra mundial, el objetivo del gobierno era la integración de los aborígenes y qué deciden hacer? retirarles todos sus derechos, en un intento en vano de "europeizarlos". En los años 60, la legislación fue revisada y el gobierno les concedió la ciudadanía, pero no fue hasta no hace tanto, en 1972, cuando se les concedieron derechos limitados sobre su tierra. Con esto la situación mejoró para ellos pero aun queda mucho por hacer.

Por otro lado, la mayoría de australianos ha decidido asentarse cerca de la costa, así que no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser el centro del país, un desierto inmenso con una tierra y un clima inhabitables. Imaginaos, 20 millones de personas en un espacio más grande que toda Europa y tan mal repartidos.
En mi empeño por saber algo más de esta parte del planeta, me dedico a preguntar en los dos países sobre las relaciones entre ellos, y la conclusión es que existe una pequeña batalla entre los aussies y los kiwis (unos dicen que se desprecian, otros que se tienen afecto) y que aunque se identifican culturalmente hablando, los australianos consideran a los kiwis un tanto provincianos y éstos a su vez consideran a los aussies un tanto yankees y poco refinados. Estas diferencias sólo ellos las ven con facilidad.
Después de Sydney, empecé a subir la costa, y casi un mes después puedo decir, que mis expectativas -quizás excesivas por las muchísimas ganas que tenía de visitar Australia- por desgracia no se han cumplido. Que nadie me malinterprete, me alegro de haber venido. Además era una visita casi obligatoria -¿qué es una vuelta al mundo si no se visita este país? En general, la costa este son pueblecitos minúsculos con una calle principal llena de restaurantes y tiendas, a cual más caro (hago un pequeño inciso aquí: y a cuál más hortera, porque madre mía con los australianos y sobre todo las australianas; un paseíto por Cibeles, Gaudí o la semana de la moda en París para coger ideas no les vendría nada mal), es todo lo que hay en absolutamente todos los pueblos de la costa. Miles de mochileros de entre 18 y 23 años, sobre todo alemanes e ingleses, en su año sabático antes de empezar la Universidad o en mitad de la misma, llenan las playas y calles de la costa. Al parecer algunos países europeos tienen un acuerdo con Australia, por el que los menores de 30 pueden solicitar un visado de trabajo durante un año, y se vienen a recoger fruta o a trabajar en granjas, con lo que se costean la estancia para poder conocer el país. No les resulta nada fácil por lo ridículamente caro que es todo, desde comprar una coca cola, hasta el uso de los cafés internet, pasando por los productos básicos como champú, carne o leche. Para que os hagáis una idea: una botella de agua de 600ml cuesta entre 3.50 y 4.00 dólares, el uso de internet 4.00 dólares la hora en el sitio más barato y, ojo al dato, para los fumadores un paquete de cigarrillos cuesta entre 18 y 20 dólares. Es ridículo, y además no hay razón aparente para que todo cueste tanto, dicen las malas lenguas que es porque los sueldos aquí son tremendamente altos también.

En fin, a lo que iba, mochileros de mi edad recorriendo el país, NI UNO, pero al parecer me he convertido en la inspiración de más de uno para cuando lleguen a mi edad, poder seguir viajando. Deben de pensar que al llegar a los 40 las articulaciones ya no funcionan y nos volvemos idiotas o algo parecido, o simplemente no se imaginan a sus madres de mochileras por el mundo.
La primera parada después de Sydney fue Byron Bay, el punto de encuentro más demandado del Pacífico por los surfistas. Lleno de gente joven, muy joven, que vienen básicamente: a) los que saben, a practicar surf y b) los que no, a irse de fiesta, es decir, a hacer botellón en la otra punta del planeta. Y a no ser que uno tenga uno de estos dos objetivos, no hay muchas más razones para venir.

Brisbane, que originalmente fue construida por convictos reincidentes enviados a este remoto lugar, es la capital de Queensland. Aunque en principio no me atraía mucho el lugar, era necesaria una parada de varios días, ya que es el último punto antes de llegar a Asia en el que podía solicitar el visado para China. La ciudad no está mal aunque le falta la playa, que está a bastante distancia -al menos una hora en coche, claro que aquí eso no es distancia. El centro es bastante pequeño, y es donde se cuece todo lo que ocurre en la ciudad, así que en sólo dos calles estás en pleno hervidero de lo que ocurre. Todas las calles que tienen nombres de miembros femeninos de la familia real británica (Adelaide, Alice, Ann, Charlotte, Elizabeth, Margaret y Mary) discurren paralelas, mientras que las perpendiculares a éstas tienen nombres masculinos (Albert, Edward, George y William); la calle principal es Queen Street que, junto con su zona peatonal y comercial Queen Street Mall, fueron nombradas en honor a la Reina Victoria, de quien como en casi todas las ciudades australianas hay estatuas repartidas por la ciudad.

Hay por supuesto, otras zonas como el South Bank donde se concentra gran parte de la vida cultural, y que está al otro lado del río. Han construido una especie de pasarela a lo largo de la ribera del río Brisbane (que dio su nombre a la ciudad y no al revés) que hace de zona de paseo, con varios puntos de embarque donde los pasajeros suben y bajan del "city cat", un ferry público que te pasea a lo largo y ancho del río, que divide las zonas norte y sur de la ciudad y sobre el que se alzan varios puentes a lo largo de su recorrido por ella. Y tiene un bonito santuario de Koalas, en el que pude coger a uno, previo pago, echar un rato con los canguros que comen plácidamente de tu mano, y confraternizar con otras criaturitas residentes en el país, como demonios de tasmania o wombats.
A partir de aquí, las paradas fueron Noosa, donde fui tres días a un campamento a remar en canoa, y que resultó ser el sitio mas caro de toda Australia -algunas celebrities de Hollywood tienen casas aquí.
Después de Noosa, Hervey Bay, mejor puerta de acceso a uno de los mayores atractivos de la costa este, Fraser island, la isla de arena más grande del mundo.
Los aborígenes de la región la llaman K’Gari (paraiso). Caminos de arena, el único lugar en el mundo en el que la selva tropical crece en la misma arena, lagos de aguas cristalinas y una interminable playa de 120km por la que conducir, mientras las olas del Pacífico rompen contra las ruedas del 4x4 –ésta es una de esas cosas que deberíais anotar en la lista de cosas por hacer antes de morir, yo ya he puesto el tick en esa casilla.
Dunas gigantes que hacen de tobogán por el que deslizarse hasta las aguas del lago te hacen volver a los 15, aunque algunos de mi grupo tenían pocos más.
El único problema de Fraser Island es que sus aguas están llenas de tiburones. Tampoco faltan los dingos, que aunque más parecido a un perro, es en realidad un lobo, autóctono de Australia. Los más puros se encuentran aquí -en otras partes de Australia han terminado cruzándose con perros-, pero aunque te aconsejan ir siempre acompañado y cómo reaccionar ante la presencia de un dingo, en realidad los que nosotros vimos parecían ser muy pacíficos y no tener ningún miedo de los humanos.
A algo más de 12 de horas de autobús de Hervey Bay, se encuentra Airlie Beach, a donde la gente viene a embarcarse 2-3 días para visitar las Whitsunday Islands. Ya en la Gran Barrera de Coral -un archipiélago de 74 islas, de las cuales sólo siete tienen algún tipo de construcción- paraísos desiertos, cuya playa más famosa, “Whitehaven”, es de una belleza sensacional.
Con el "inconveniente" del tipo de turismo que ronda por estos lares y de lo aburridas que terminan siendo las actividades que este tipo de turismo demanda, Australia tiene verdaderas maravillas de la naturaleza. Y por supuesto, solo aquí se puede hacer otra cosa única, bucear en la imbatible Gran Barrera de Coral.
Antes de que me lluevan los emails preguntando que de qué me quejo, clarifico que esto no es una queja, es simplemente un hecho que yo expongo.
Unas horas antes de publicar esta entrada, lo que he hecho precisamente ha sido bucear en Cairns, la mejor localizacion en la Gran Barrera, y he tenido el privilegio de codearme con tortugas, rayas y tiburones, ademas de con miles de peces y corales de todos los colores y tamaños, incluyendo a Wally, un enorme pez loro que todo el mundo conoce, porque sube a saludar a los barcos que llegan adonde el se encuentra, y que curiosamente se deja acariciar por los submarinistas. Cuando una vive experiencias como estas, es cuando se le olvidan los mochileros casi quinceañeros que invaden la costa, y los ratos largos en los que no se encuentra que hacer sin que te cueste la mitad del presupuesto.
En unos dias, parto hacia Japón, menudo cambio. De Australia no he escrito mucho, pero estoy segura de que en mi nuevo destino se me va a acumular el trabajo.