Japón, un país fascinante desde que Marco Polo lo mostrase al mundo como Cipango -el país de los techos de oro- en el S. XIII.
Su capital, Tokio, es una ciudad extraordinaria y desconcertante en todos los aspectos, un claro ejemplo de cómo el pasado abre sus puertas al futuro; un lugar donde los elementos tradicionales coexisten con el modelo de vida urbano y ultramoderno del Japón contemporáneo.
Me llama tremendamente la atención el silencio. 13 millones de almas recorren a diario la ciudad, perfectamente ordenados y coordinados, sin invadir el espacio vital de sus conciudadanos (excepto en el metro en hora punta, en el que empleados de guante blanco empujan a los usuarios, que regresan a casa tras agotadoras jornadas laborales, para que quepan en el vagón) y miles de coches esperan el verde del semáforo para poder avanzar. Todo en un silencio, que a mí se me antoja escalofriante.
Barrios perfectamente definidos, cada uno ejerciendo su función y jugando su papel, sin que ninguno le quite protagonismo al siguiente: Asakusa alberga el templo budista más antiguo de Tokio (Senso-Ji) y conserva el espíritu más tradicional del Japón que todos imaginamos; en Ginza, el barrio de dueños de perros con pedigrí, los escaparates de Gucci, Armani y Chanel iluminan las aceras; Akihabara es un mundo digital de pixeles, bits y chips en el que los nipones juran amor eterno a todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; en Shibuya se muestra el Japón cosmopolita y ultramoderno; y Shinjuku exhibe neones y rascacielos. Los parques, tan necesarios en una ciudad de dimensiones como las de Tokio, son una visita imprescindible; especialmente, el Yoyogi o los jardines que rodean al palacio de la familia imperial que, atrincherada en su interior, vive una rígida vida palaciega ajena al bullicio del parque.
Y por supuesto todos los barrios son arquitectónicamente tremendamente arriesgados y creativos y, tanto atrevimiento, los hace cualquier cosa menos aburridos. En todos también hay restaurantes para todos los bolsillos, en los que disfrutar de una de las mejores cosas de Japón, su gastronomía. El famoso sushi (las tradicionales bolitas de arroz con pescado o marisco crudo encima), el tofu que los vegetarianos usan como fuente de proteínas y que está hecho de leche de soja, la tradicional sopa de miso, la deliciosa tempura (marisco y verduras con un ligero empanado y luego frito) , el sashimi (marisco crudo magistralmente preparado) y muchas otras delicias que no reconozco y que termino pidiendo señalando el plato de otros comensales, cuando el lugar en el que como no tiene ni menú en inglés ni nadie que hable el idioma, algo frecuente que no ha impedido que hasta ahora me haya ido de maravilla..
Los carteles son un lenguaje de símbolos que sólo ellos comprenden y que hace a los visitantes trabajar intensamente en el proceso de comunicación. El inglés, igual que en España, a pesar de estudiarse en los colegios desde los primeros años de escolarización, no les sirve de mucho. Aprenden un inglés nada práctico para comunicarse. Además tienen el agravante de que el japonés es una de las lenguas que menos sonidos contiene, lo que dificulta la pronunciación de otros idiomas y que, unido a su gran timidez y perfeccionismo, hace que muy pocos japoneses se atrevan a hablar inglés. Aun así, no puedo dejar de deciros lo amabilísimos que son con el turista; intentan por todos los medios entender qué les preguntas y, si no tienen la respuesta, en lugar de seguir su camino, acuden a otros transeuntes hasta que consiguen ayudarte, aunque a veces el proceso es lento y desesperante.
Hay una armonía social (al menos aparentemente) a la que los occidentales no estamos acostumbrados. Los debates, discusiones u opiniones personales que puedan ser motivo de conflicto, simplemente se evitan. Pero esto no tiene nada que ver con el estereotipo de los japoneses como seres herméticos, conformistas trajeados que actúan casi como robots, autómatas que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Es cierto que son muy trabajadores y ha sido precisamente eso, lo trabajadores, concienzudos, meticulosos y habilidosos que son, lo que ha hecho a Japón pasar de ser una nación en ruinas a la segunda mayor potencia económica mundial, en relativamente poco tiempo. La crisis económica mundial se ha dejado notar, pero ha sido, sobre todo, gracias a los derrochadores consumidores estadounidenses que en gran medida mantenían sus fábricas en funcionamiento. Otra tradición aquí son los onsen, baños de aguas termales cuyo uso se ha convertido en todo un ritual. Hay más de 3000 en todo Japón. Una buena forma de experimentar parte del Japón tradicional son los onsen-ryokan, que son hostales japoneses tradicionales con baño termal propio.
No quiero olvidar contaros lo importante que es la cultura del comic en este país, tan grande que es frecuente ver a hombres y mujeres por igual, imitando la estética de sus héroes y heroínas, y parecen realmente estar sacados de un comic y puestos en plena calle. Algunos datos curiosos sobre la presumida mujer japonesa son que un porcentaje bastante elevado utiliza pestañas postizas, absolutamente todas se maquillan los ojos -desde pintarse sólo la raya a los maquillajes más sofisticados- y raramente se pintan los labios. Casi sin excepción, el binomio espejo-móvil, imprescindible en todo bolso de una mujer japonesa se deja ver nada mas subir al vagon de metro.
Y para terminar, lo más curioso. Es imposible venir a Japón y no hablar en algún momento de los baños públicos. Con panel de control incluido, suelen estar relucientes -nada extraño en un país que prácticamente demanda limpieza. Como si de quirófanos se tratase, con sólo pulsar un botón, el asiento se ajusta a la altura del usuario. Un segundo botón emite sonidos de camuflaje por si son necesarios, mientras que al mismo tiempo, una especie de aspiradora en funcionamiento permanente absorbe cualquier emisión o gas nocivo, y un regulador controla la temperatura del asiento. Aun hay otros botones para el ciclo de aclarado: uno exclusivamente para mujeres, otro ofrece un suave enguaje en la parte de atrás y un tercero expulsa un spray. Cuando se pulsa uno de estos botones, una especie de grifo, tubo, válvula o espita, no sé bien cómo llamarlo, sale de las profundidades y larga un chorro de agua cuya temperatura por supuesto se puede regular. Aunque yo no los he visto, dicen que hay otros modelos más sofisticados que tienen función de masaje y secado para cerrar el ciclo. Mañana me marcho a Kyoto, el otro Japón más tradicional. Estoy deseando llegar y contaros.
Su capital, Tokio, es una ciudad extraordinaria y desconcertante en todos los aspectos, un claro ejemplo de cómo el pasado abre sus puertas al futuro; un lugar donde los elementos tradicionales coexisten con el modelo de vida urbano y ultramoderno del Japón contemporáneo.
Me llama tremendamente la atención el silencio. 13 millones de almas recorren a diario la ciudad, perfectamente ordenados y coordinados, sin invadir el espacio vital de sus conciudadanos (excepto en el metro en hora punta, en el que empleados de guante blanco empujan a los usuarios, que regresan a casa tras agotadoras jornadas laborales, para que quepan en el vagón) y miles de coches esperan el verde del semáforo para poder avanzar. Todo en un silencio, que a mí se me antoja escalofriante.
Barrios perfectamente definidos, cada uno ejerciendo su función y jugando su papel, sin que ninguno le quite protagonismo al siguiente: Asakusa alberga el templo budista más antiguo de Tokio (Senso-Ji) y conserva el espíritu más tradicional del Japón que todos imaginamos; en Ginza, el barrio de dueños de perros con pedigrí, los escaparates de Gucci, Armani y Chanel iluminan las aceras; Akihabara es un mundo digital de pixeles, bits y chips en el que los nipones juran amor eterno a todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; en Shibuya se muestra el Japón cosmopolita y ultramoderno; y Shinjuku exhibe neones y rascacielos. Los parques, tan necesarios en una ciudad de dimensiones como las de Tokio, son una visita imprescindible; especialmente, el Yoyogi o los jardines que rodean al palacio de la familia imperial que, atrincherada en su interior, vive una rígida vida palaciega ajena al bullicio del parque.
Y por supuesto todos los barrios son arquitectónicamente tremendamente arriesgados y creativos y, tanto atrevimiento, los hace cualquier cosa menos aburridos. En todos también hay restaurantes para todos los bolsillos, en los que disfrutar de una de las mejores cosas de Japón, su gastronomía. El famoso sushi (las tradicionales bolitas de arroz con pescado o marisco crudo encima), el tofu que los vegetarianos usan como fuente de proteínas y que está hecho de leche de soja, la tradicional sopa de miso, la deliciosa tempura (marisco y verduras con un ligero empanado y luego frito) , el sashimi (marisco crudo magistralmente preparado) y muchas otras delicias que no reconozco y que termino pidiendo señalando el plato de otros comensales, cuando el lugar en el que como no tiene ni menú en inglés ni nadie que hable el idioma, algo frecuente que no ha impedido que hasta ahora me haya ido de maravilla..
Los carteles son un lenguaje de símbolos que sólo ellos comprenden y que hace a los visitantes trabajar intensamente en el proceso de comunicación. El inglés, igual que en España, a pesar de estudiarse en los colegios desde los primeros años de escolarización, no les sirve de mucho. Aprenden un inglés nada práctico para comunicarse. Además tienen el agravante de que el japonés es una de las lenguas que menos sonidos contiene, lo que dificulta la pronunciación de otros idiomas y que, unido a su gran timidez y perfeccionismo, hace que muy pocos japoneses se atrevan a hablar inglés. Aun así, no puedo dejar de deciros lo amabilísimos que son con el turista; intentan por todos los medios entender qué les preguntas y, si no tienen la respuesta, en lugar de seguir su camino, acuden a otros transeuntes hasta que consiguen ayudarte, aunque a veces el proceso es lento y desesperante.
Hay una armonía social (al menos aparentemente) a la que los occidentales no estamos acostumbrados. Los debates, discusiones u opiniones personales que puedan ser motivo de conflicto, simplemente se evitan. Pero esto no tiene nada que ver con el estereotipo de los japoneses como seres herméticos, conformistas trajeados que actúan casi como robots, autómatas que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Es cierto que son muy trabajadores y ha sido precisamente eso, lo trabajadores, concienzudos, meticulosos y habilidosos que son, lo que ha hecho a Japón pasar de ser una nación en ruinas a la segunda mayor potencia económica mundial, en relativamente poco tiempo. La crisis económica mundial se ha dejado notar, pero ha sido, sobre todo, gracias a los derrochadores consumidores estadounidenses que en gran medida mantenían sus fábricas en funcionamiento. Otra tradición aquí son los onsen, baños de aguas termales cuyo uso se ha convertido en todo un ritual. Hay más de 3000 en todo Japón. Una buena forma de experimentar parte del Japón tradicional son los onsen-ryokan, que son hostales japoneses tradicionales con baño termal propio.
No quiero olvidar contaros lo importante que es la cultura del comic en este país, tan grande que es frecuente ver a hombres y mujeres por igual, imitando la estética de sus héroes y heroínas, y parecen realmente estar sacados de un comic y puestos en plena calle. Algunos datos curiosos sobre la presumida mujer japonesa son que un porcentaje bastante elevado utiliza pestañas postizas, absolutamente todas se maquillan los ojos -desde pintarse sólo la raya a los maquillajes más sofisticados- y raramente se pintan los labios. Casi sin excepción, el binomio espejo-móvil, imprescindible en todo bolso de una mujer japonesa se deja ver nada mas subir al vagon de metro.
Y para terminar, lo más curioso. Es imposible venir a Japón y no hablar en algún momento de los baños públicos. Con panel de control incluido, suelen estar relucientes -nada extraño en un país que prácticamente demanda limpieza. Como si de quirófanos se tratase, con sólo pulsar un botón, el asiento se ajusta a la altura del usuario. Un segundo botón emite sonidos de camuflaje por si son necesarios, mientras que al mismo tiempo, una especie de aspiradora en funcionamiento permanente absorbe cualquier emisión o gas nocivo, y un regulador controla la temperatura del asiento. Aun hay otros botones para el ciclo de aclarado: uno exclusivamente para mujeres, otro ofrece un suave enguaje en la parte de atrás y un tercero expulsa un spray. Cuando se pulsa uno de estos botones, una especie de grifo, tubo, válvula o espita, no sé bien cómo llamarlo, sale de las profundidades y larga un chorro de agua cuya temperatura por supuesto se puede regular. Aunque yo no los he visto, dicen que hay otros modelos más sofisticados que tienen función de masaje y secado para cerrar el ciclo. Mañana me marcho a Kyoto, el otro Japón más tradicional. Estoy deseando llegar y contaros.
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