Hue, transitada por el río Perfume, esconde en sus entrañas la ciudad púrpura prohibida que los franceses dejaron en su legado, y de la que Hue ahora se vanagloria. De nuevo sin fuerzas por el terrible calor, alquilamos un ciclotaxi con el que recorrimos la enorme ciudadela, descubriendo palacetes, templos, estanques y jardines. Aunque a decir verdad, si tuviera que saltarme algo del itinerario, sería precisamente este lugar. El segundo día contratamos a dos vietnamitas con moto para recorrer zonas alejadas de la ciudad, a las que de otra forma, nunca hubiesemos llegado, como por ejemplo la zona de bunkers americanos durante la guerra de Vietnam, y donde mi conductor OJO AL DATO!! me pidió en santo matrimonio.
Los testigos, como no podía ser de otra forma, María Bella y su motorista.
Los testigos, como no podía ser de otra forma, María Bella y su motorista.
Una de las actividades más demandada en Hoi An, si no la más, es hacerse ropa a medida. Cientos de catálogos a disposición del cliente, o cualquier modelo que el cliente desee hacerse y no esté en los catálogos (basta con una foto), será confeccionado en el tiempo record de 24 horas, menos si en la primera prueba lo clavan. Yo que sigo en mis trece de no comprar nada, aunque estuve tentada, logré sobreponerme. María Bella en cambio, que estaba esperando llegar a Hoi An para precisamente hacerse ropa a medida, salió de la tienda con dos abrigos y dos vestidos por 99 euros. Al anochecer, farolillos de colores magistralmente colocados, iluminan las calles de Hoi An que parece como sacada de un cuento.
Más abajo de Hoi An, se encuentra Nha Trang, con magníficas críticas en las guías por sus maravillosas playas, pero o nos equivocamos de pueblo, o la Lonely Planet se columpió en su descripción. Fue más bien un día perdido, pero al día siguiente a primera hora partimos hacia Dalat, la ciudad de la eterna primavera, con su tesoro de mansiones, palacetes y edificios art-deco, y donde por primera vez tuvimos que ponernos manga larga para ir en moto. Maravillosa excursión por los alrededores de Dalat, cascadas, fábricas de seda, granjas de champiñones y de grillos, donde además de verlos, los comimos. Lo que una vez más demuestra que para disfrutar de estos países en todos los términos, hay que dejarse los escrúpulos occidentales en casa. Por cierto, bien ricos, y bien caros, a 20 dólares americanos el kilo, que en Vietnam es un dineral.
Una de las visitas que más nos gustó fue el mercado de Dalat, de los mejores que hemos visto. Coloridos puestos de verduras y sobre todo de fruta le dan vida al mercado, en el que se puede encontrar de casi todo. Frutas para nosotros desconocidas como lichis, longan, rambután, mangostán, fruta del dragón o el maloliente durian, que yo casi vomito al probar, y que a María Bella le encantó, llenan los puestos.
Los puestos callejeros de comida, aunque la mayoría de apariencia dudosa, ofrecen suculentos y exóticos platos en perfecto estado a precios de ganga. También hay para los más tiquismiquis, algunas de las especialidades de Dalat son la mermelada de fresa, el vino y el helado de aguacate.
Llegamos a la ciudad de Ho Chi Minh, que para muchos siempre será Saigón. Hordas de motos, con asientos de Louis Vuitton y cascos de Versace y Gucci, que se lanzan en busca de huecos por los que salir cuanto antes de ese tráfico infernal, se ha convertido en una de las imágenes más típicas de la ciudad. Otra ciudad que hay que visitar y vivir para entender. A mi personalmente me ha fascinado, a María Bella también. Muy distinta a Hanoi, más viva y dinámica, es el corazón de las actividades empresariales y financieras del país.
En Saigón es inevitable hablar de la guerra de Vietnam, sobre todo porque los principales atractivos turísticos se encargan de que así sea.
Empezamos por visitar uno de los lugares más representativos de aquel sangriento conflicto que enfrentó a los dos Vietnams. Por un lado, el del sur apoyado por EE.UU. , y por otro el del norte apoyado por el Viet cong, y que quedó marcado a fuego en la moral y en la conciencia del pueblo americano, por las vidas que se perdieron, y por ser uno de los mayores fracasos militares de su historia. Debió ser muy duro para un país acostumbrado a dominar el mundo, que una pandilla de vietnamitas armados les robaran la victoria. Por cierto, que aunque no sé muy bien si viene a cuento, uno de los memoriales que más me han impresionado, fue el de la guerra de Vietnam en Washington DC.
A lo que iba, que me desvío, estoy hablando de los túneles Cu Chi, por los que los soldados del Vietcong se arrastraron durante años. Más de 200 km de túneles claustrofóbicos e inhumanos que llegan hasta Camboya. Es fácil imaginarse aquel infierno cuando una está metida dentro de los túneles, e imposible entender como el ser humano puede permitir, no digamos soportar algo así.
Tambien en Saigón, dejó montones de recuerdos, que se encargan de exhibir en uno de los museos más visitados, el "Museo de Recuerdos de la Guerra" que bien se podía llamar Museo de los Horrores por lo que alberga en su interior. Es uno de los pocos lugares en los que mirar la guerra desde el lado vietnamita, el americano ya se han encargado de contarnoslo directores como Coppola, Stone o Brian de Palma, por mencionar algunos en innumerables películas como Apocalypse Now, Platoon, Nacido el 4 de Julio, o una de mis favoritas El Cazador, con el maravilloso Robert de Niro liderando el reparto.
En el interior del museo, paredes repletas de fotografías tomadas por 134 reporteros de guerra de 11 nacionalidades distintas, que cayeron durante el conflicto. Vestigios de crímenes de guerra y sus consecuencias, métodos de encarcelamiento y torturas. Recuerdos de una guerra que sigue hurgando en la memoria de los que la padecieron, ya que las armas químicas utilizadas por los americanos como el Napalm, siguieron durante años, cobrándose víctimas. Las terribles secuelas sufridas por civiles que aún no habían nacido, siguen presentes en las vidas de muchos vietnamitas. Pero esta guerra, no es distinta del resto de guerras, miles de inocentes que pierden la vida y otros que quedan marcados para siempre, es el precio que se paga en todas y cada una de ellas.
Una de las imagenes más terribles del museo, son tres fetos, uno de ellos con un labio leporino enorme, y que tuve el mal gusto de fotografiar.
Entre visita y visita, cortas paradas para retomar fuerzas con el delicioso cafe vietnamita cortado con leche condensada.
Para terminar os contaré que estamos teniendo una suerte tremenda con el tiempo, aunque pasando un calor sofocante, pero es mejor que el agua, que nos está tratando de maravilla, aún estando en plena temporada de lluvias. Además al parecer los meses de junio y septiembre son los más tranquilos, porque no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser un mes de agosto aquí. Por cierto que los vietnamitas ni instituto de metereología ni mapas de isobaras que valgan, nada como observar a las libélulas para predecir el tiempo. Cuanto más alto vuelan, más soleado será el día. Si bajan, saquen las katiuskas.
2 comentarios:
Uauuuu, si que te has inspirado... Genial! Creo que no has dejado nada.
¡Dan ganas de tirar para allá!
No sé si me estimula más la ciudad en sí, o el hecho de que te pidan matrimonio por las buenas..
Una amiga que se pintaba y se pinta aún para bajar a tirar la basura, siempre decía ." ¡Una nunca sabe dónde va a encontrar al hombre de su vida!". ( esto lo sigue pensando aún cuando lleva casada siete años y tiene dos niñas en el mundo) y es que es verdad, que nunca se sabe..
saludos!!
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