lunes, 26 de julio de 2010

China - Segunda Parte

De Beijing a Xi'an donde el ejército de terracota de varios miles de soldados a tamaño natural, sigue haciendo guardia en la tumba de Qin Shi Huang, el primer emperador de China; y donde la madrugada del 11 de junio rodeada de camisetas naranjas, y apenas un puñado de Españoles, me rompí la garganta gritando el gol de la victoria.


Venía con una idea preconcebida de Xi'an, y lejos de un pueblo pequeño,tradicional,y porqué no decirlo,sucio y descuidado,es en realidad una ciudad de 5 millones de habitantes, moderna y limpia.

Además de pagodas, algunos museos y la muralla de la ciudad, en el barrio musulmán, construída en el año 742 AC, durante la dinastía Tang, se encuentra la Gran Mezquita de Xi'an. De paso, un paseo por el barrio, con alguna pequeña compra, que por supuesto me tocó regatear, pero para algo me sirvieron aquellos meses en la India.

Xi'an fue también donde comenzaba la ruta de la seda, por la que, junto con otras cosas, la llevaban a Roma para vestir a los senadores y a sus esposas.

Decidí seguir camino, pero salir de Xí'an no resultaba nada fácil. Una vez más, los trenes abarrotados, y es que, en un país con una población de 1.6 billones de habitantes, es normal que haya que reservar los billetes de tren con mucha antelación, sobre todo, cuando la fecha de viaje coincide con las vacaciones de la mayoría de sus habitantes.

Tuve la suerte de encontrar un billete en coche-cama a Chongquin, que me acercaba un poco más a mi nuevo destino, y entre pasajeros sorbiendo la sopa que remojaba los noodles, y ojos que me buscaban por ser la única extranjera, pasé mi primera noche en un tren chino.

Sabía que Chongquin era una ciudad grande, pero no de 30 millones de habitantes, con un calor sofocante, una polución que me dejó boquiabierta durante el recorrido entre la estación de tren y el hostel,y un tráfico de coches,buses,motocarros,furgonetas,camiones,scooters,carros y peatones en todas direcciones que es un verdadero despropósito. El motivo de que los turistas vengan aquí, es que es el mejor acceso a los cruceros por el rio Yangtze, a unos precios demasiado altos para China, y es que, como en casi todos lados, aquí también intentan sangrarnos. Antes de ir al hostal, intenté comprar un billete de tren para salir cuanto antes de allí, hacia mi nuevo destino, pero una vez más, sin el resultado esperado. Aquí la gente ya no es tan brusca como en Beijing, y ahora ya no sé, si realmente no quieren entender, o no entienden de verdad.
La gente es amable, pero sin comunicacion es muy difícil, el lenguaje corporal tampoco sirve de mucho, incluso en eso estamos programados de forma muy distinta. Como dice mi amigo Luis, al que conocí en el hostal en Chongquin, ellos son tremendamente cuadriculados, están programados sin variantes, es decir, necesitan preguntas que requieran de una respuesta única, simple y concisa. Si la pregunta que haces, tiene varias respuestas posibles, simplemente se pierden, te miran como si les hubieses preguntado por el sistema reproductor del camaleón, y poco más que salen corriendo.

Por otro lado, este país de chopsticks, templos, té, ciudades caóticas, polución y olor a fritos, está en pleno desarrollo, en plena euforia consumista, ¿os podéis imaginar los interminables centros comerciales para satisfacer las necesidades de 30 millones de habitantes, sólo en esta ciudad?lo que tiene que ser un sábado de compras aquí, no os lo voy a poder contar,porque no lo pienso ver.

Carros tradicionales vendiendo fruta al lado de imponentes y modernos edificios, parecen decirte que la ciudad ha crecido mucho más deprisa que sus habitantes, a los que la ciudad parece habérseles echado encima.

Muy a mi pesar, decido prescindir de una de las zonas que tenía pensado visitar, hacia el suroeste, pero o es tremendamente caro ir por la falta de transporte disponible, o lo hago sentada en un vagón de tren de segunda, rodeada de miles de chinos sorbiendo sopa y escupiendo durante 26 horas, y eso, queridos míos, ya he demostrado que puedo hacerlo, y no pienso repetirlo. 7 meses de viaje a la espalda, me dicen que mire para otro lado。 Tengo que volver a desplazarme en avión, a la China más rural, en la provincia de Yunnan, una de las más bonitas de todo el país. Aunque acceder a la China rural de verdad,es casi imposible。 Es muy difícil llegar a ella, y más aún salir. A este país que vive bajo el yugo de la represión, no se nos permite hurgarle en las entrañas, así que lo único que una puede hacer una es intentar observar con el mayor detenimiento posible, a esas mujeres, que durante generaciones han cargado con ese lastre que ha resultado en años de resignación, obediencia y sumisión a sus padres, maridos e hijos.

Por fin, llego a Yangshuo, tremendamente turístico,entre otras cosas porque muchos turistas se han asentado aquí,y regentan muchos de los locales que abundan en el pueblo。Es de los lugares más bonitos que he visto en mi vida。Navegar en canoas de bambú por el rio Li,y saborear el magnífico espectáculo que la naturaleza ha querido regalar a este lugar,es una de las cosas que te esperan si vienes por aquí。

Alquilé una bicicleta,con un grupo de 5 amigos chinos que conocí cenando la noche anterior,y nos fuimos a recorrer caminos y pueblos menos “maleados“ por el turismo。En el camino,entramos en una especie de templo,en el que todas las explicaciones eran en Chino,así que no me enteré de nada,pero leí en el libro "mujeres chinas" que a pesar de su larga historia, no tienen una fe nativa. Los emperadores y gobernantes, eran considerados dioses, pero como cambiaban constantemente,la gente se acostumbró a venerar a diferentes dioses. Las mujeres, mucho más pragmáticas que los hombres, prefieren cubrir todas las bases,y como no pueden decidir que dios o que espíritu es más poderoso, para asegurarse de que dan con el bueno, creen en todos.

Una noche me fuí de pesca tradicional con cormorán en una canoa de bambú。Cada pescador lleva varios cormoranes escoltando la canoa。Ellos pescan instintivamente,pero un aro estrategicamente colocado alrededor del cuello les impide tragarse el pescado。Cuando consiguen una presa,vuelven a la canoa,bien por iniciativa propia,o ayudados por el pescador y depositan el pescado en una cesta destinada a tal efecto。

Me dejo muchas cosas en el tintero, todo por culpa de falta de planificación e información (tanta improvisación tampoco es buena), sobre todo en cuanto a los desplazamientos, pero en general China, me ha sorprendido gratamente。Claro que yo venía con una idea,que nada tiene que ver con la realidad. Pero ahora esto me sirve para aconsejaros que si tenéis pensado venir a China, se necesita planificación, paciencia, resistencia y buen humor. Excepto en las grandes ciudades, o tal vez, sea algo exclusivo de Beijing, la gente es muy curiosa, amable y abierta, aunque la comunicación sea prácticamente imposible en casi todos lados.

viernes, 23 de julio de 2010

China - Primera parte

Todo viaje, aunque tenga mil leguas, comienza con un solo paso. (Lao Tse)



Beijing o Pekin, un enjambre humano de 17 millones de personas, escupiendo, empujando y gritando, y con una polución que hizo al COI plantearse incluso cancelar los Juegos Olímpicos si se constataba que la contaminación de la capital podía ser perjudicial para la salud de los atletas durante la competición.

Aunque creo que los Juegos Olímpicos, marcaron un antes y un después en Beijing, no me quiero imaginar como sería el antes. Mejoraron gran parte de las infraestructuras de la ciudad, pero la barrera lingüística sigue siendo muy grande, su escritura de caracteres (más de 30.000) ininteligible, y aunque muchos de los nombres de lugares están en inglés, su falta de consideración y su falta de cortesía (por decirlo finamente), hacen de Beijing, un destino difícil para el viajero independiente.

Actividades diarias y acciones tan simples como comprar un billete de tren, se convierten en todo un desafío, a veces imposible de superar sin la ayuda de un mandarín-parlante:-). Rayando en la xenofobia, es, en lugares como este, cuando te das cuenta de que en realidad, un choque cultural es simplemente una forma de decir que las cosas a las que uno está acostumbrado son muy diferentes. La diferencia en el lenguaje, conceptos y valores, cuando uno cambia todo lo que ve, huele, hace, come, dice y escucha al mismo tiempo, el efecto puede ser abrumador, y las consecuencias frustrantes. Por otro lado, es el reto que suponen culturas como ésta, lo que hace viajar tan interesante, aunque agotador algunas veces, pero que no cunda el pánico, que no me pienso rendir.

Y ahora a enseñaros un poquito de esta ciudad:

880 metros de norte a sur, 500 metros de este a oeste, y un área total de 440.000 metros cuadrados, ¿os dicen algo estas medidas? pues son las de la Plaza de Tian'anmen (Plaza de la Puerta de la Paz Celestial), la más grande del mundo, construída con el propósito de habilitar un lugar para las declaraciones masivas de lealtad al imperio, resultó ser el punto de encuentro de protestas, cuyo evento más famoso es lamentablemente la revuelta de 1989 que terminó con la vida de cientos de personas, en su mayoría estudiantes, que sin saberlo, se metieron en la boca del lobo; y ese mismo gobierno que con razón, creían represivo y corrupto, en lugar de ceder a sus reivindicaciones, haciendo uso de la ley marcial, dio la orden de desalojo de la plaza por la fuerza, asesinando sin piedad a todos los que reclamaban una China justa.

En medio de la plaza, y con cuidado de no tapar el monumento a los héroes del pueblo, dos gigantescas pantallas proyectan imágenes de una China perfecta.

Enfrente de la plaza, sobre la Puerta de la Paz Celestial cuelga uno de los símbolos más conocidos de Beijing, un enorme retrato de Mao, y a su espalda, el acceso al palacio imperial, más conocido por todos como La Ciudad Prohibida. Construída entre 1406 y 1420, es el conjunto de edificios antiguos mejor conservado de China, y eso le ha valido entrar en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO. Era el centro del poder de las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911). El magnífico complejo de 800 edificios, y (dicen) 9000 cámaras o habitaciones, de suntuosos pabellones y animales mitológicos, era el corazón del imperio, desde el que los emperadores o Hijos del Cielo, dominaban el mundo y daban órdenes a sus súbditos.
La combinación de las construcciones es espectacular, y fue construída siguiendo las teorías de la geomancia, del yin y el yang, el balance entre lo positivo y lo negativo, y como estaba justo en el centro de Beijing, y Beijing era considerado a su vez el centro del universo, la armonía era suprema. Fue residencia de 24 emperadores hasta la revolución que derrocó al régimen de la última dinastía de China, la Qing.

Hay otros lugares, templos sobre todo, de visita casi obligada como el Palacio de Verano, o el Templo del Cielo, terminado en 1420. Fue concebido como el punto de encuentro entre el cielo y la tierra. El intermediario entre ambos, no podía ser otro que el mismísimo emperador, o Hijo del Cielo, y el templo era donde se celebraba la ceremonia más importante de todas, cuando el emperador rezaba para obtener una buena cosecha en el solsticio de invierno.

De entre todos los lugares a visitar, hay uno que para muchos turistas, es el más importante, la Gran Muralla. Construída entre el Siglo V A.C. y el S. XVI para proteger la frontera del imperio contra los ataques de los Mongoles. La, un día, división entre civilizaciones es sencillamente impresionante;por algo es,además de Patrimonio de la Humanidad, una de las 7 maravillas del mundo moderno, junto con el Cristo Redentor, el Taj Mahal, Petra, el Coliseo de Roma, Machu Picchu, y Chichén Itzá.

El otro lado de Beijing, es un mundo imparable de negocios, apretones de mano, compras, ventas, exportaciones, y de coches de cristales tintados entrando y saliendo de los hoteles de lujo, y de los edificios de negocios y oficiales. Una noche cenando, conocí a dos vascos, de Vitoria para más señas。 Estaban en Beijing por motivos de trabajo, vendiendo "máquinas para fundiciones";en palabras de uno de ellos: "aquí se vende todo. Mientras el resto del mundo está parado, China sigue adelante a pasos agigantados"

domingo, 4 de julio de 2010

Por las vías del Shinkansen

Después de Kyoto, una breve visita a Nara, donde la vida gira alrededor del parque, conocido como "parque de los ciervos" por estar los mismos siempre pululando por allí, a la espera de que los turistas compren las "galletas para ciervos" - que te venden en todos los rincones del parque - con el fin de que se acerquen a ti mientras que tu compañero, en mi caso, un extraño, te haga la foto de rigor.

De entre todos los templos y pagodas repartidos por el parque, el más visitado, quizá sea el templo Todaiji, célebre por ser la construcción de madera más grande del mundo.











A tan sólo minutos de tren de Nara, se encuentra Osaka, la tercera ciudad más grande de Japon, una próspera ciudad, un gran centro industrial y comercial. Animadas calles atestadas de neones, tiendas y restaurantes dan vida a esta ciudad, que como casi todas las ciudades japonesas parecen tener más vida de noche que de día. Allí conocí a David, amigo y companero de mi gran amiga Paca, con el que, a pesar de que casi no paró de llover en todo el tiempo, recorrí parte de la ciudad.


La primera noche fuimos a cenar uno de los platos tipicos de Osaka, "Okonomiyaki" que es una especie de pancake de estilo japonés, relleno de verdura y pescado o marisco, y que nos supieron a gloria. La segunda noche apostamos por un restaurante tradicional, en el que le dimos un repaso a la tempura, sushi, y a una sepia magistralmente preparada que David tuvo la brillante idea de pedir, y que casi hizo que se nos saltaran las lágrimas.

 
Desde Osaka di un buen salto en el mapa, hasta la región de Chugoku, donde se encuentra Hiroshima, reconstruida sobre las cenizas que dejó la bomba atómica aquel 6 de agosto de 1949, continúa en su imparable tarea de recordar al mundo el horror que suponen las armas nucleares, y la necesidad de que cueste lo que cueste, deberían desaparecer para siempre.

Uno de los monumentos más importantes es "The A-bomb dome" (la cúpula de la bomba atómica) que pudo permanecer de pie después del terrible estallido, gracias a que explotó 600m antes de alcanzar el suelo, y a que lo hizo además a 160m al sureste del edificio, aunque todos los que se hallaban dentro murieron al instante. Después de la guerra, el esqueleto del hall pasó a ser conocido como "The A-bomb dome". Después de años de deliberación entre demolir los restos del edificio, ya que evocaba terribles y dolorosos recuerdos, o mantenerla en memoria al bombardeo, en 1966 el ayuntamiento de Hiroshima emitió una resolución que estipulaba que la cúpula sería preservada a perpetuidad. A partir de aquí, y gracias a las donaciones de japoneses y extranjeros, el primer proyecto de conservación fue implementado en 1967.

 
En diciembre de 1996, la cúpula fue registrada en la lista de Patrimonio de la Humanidad como testigo histórico de la tragedia de la primera bomba atómica en la historia de la humanidad, y como monumento universal a la paz, apelando a la abolición de armas nucleares, y a la consecución de la paz mundial.

 
Dentro del "Parque memorial de la paz" hay tambien un cenotafio que recuerda a las víctimas, al lado del cual arde "La llama de la Paz" que seguirá encendida hasta que desaparezcan las armas nucleares".

 
Hay otras construcciones por la paz mundial, como la catedral que se construyó con ayuda de la iglesia católica y de la que cuentan, que los ladrillos con los que se construyó, contienen cenizas del bombardeo, y tiene tantos como víctimas cayeron en la explosión.

 
El castillo de Hiroshima también destruido en la explosión, fue restaurado en 1958 para conmemorar el 400 aniversario de su construcción.

Hiroshima tiene además una gran zona comercial, como el resto de ciudades japonesas, cafés a lo largo de la ribera del rio Kyobashi, y otros templos, santuarios y museos.


A tan solo 10 minutos en ferry de Hiroshima, se encuentra la isla de Miyajima, de hecho desde el puerto de Hiroshima, se divisa el símbolo de esta isla, la puerta de Otorii. Allí se yergue el magnífico santuario "Itsukushima", construído hace unos 1.400 años, y que se ha ganado su lugar en la lista de patrimonio cultural de la humanidad. La pequeña isla esta además repleta de lugares para visitar, una pagoda de cinco niveles que alcanza 27 m de altura, el templo Daishoin, el parque Momijidani, y un montón de cosas más con las que no os pienso aburrir.



Otro gran salto y nuevo destino: Kanazawa, donde encontré un ryokan más barato que de costumbre, (tienden a ser más caros que los hostales) por aquello de no irme de Japón sin alojarme en un hotel tradicional. En realidad muchos de los hostales ofrecen las mismas habitaciones que un ryokan, grandes estancias sin tabiques, con el suelo recubierto del tradicional "tatami" de paja de arroz, un futón en el suelo por cama, y las tradicionales puertas correderas de papel de arroz o "shoji". Te agasajan con el típico té japones, te hacen vestir un "yukata" un kimono de algodón informal, y te hacen todo tipo de reverencias, y al igual que en muchos hosteles hay que caminar descalzo. Para quienes lo quieran, tienen zapatillas de uso común. Para mi sorpresa, este ryokan resultó tener su propio baño, que era otra de las cosas que no pensaba dejar de hacer en Japón, así que maté dos pajaros de un tiro.


Al final, volví a Tokyo un día antes de lo planeado, y el hotel en el que tenía reserva para los dos últimos días resultó estar lleno, así que decidí hacer algo que, que yo sepa, sólo se puede hacer en Japón, alojarme en un hotel cápsula, y allí, metida en mi nicho, en el que hay hasta television, pasé una plácida noche.


A tan solo un par de dias de partir hacia China, doy un último paseo por esas calles con dibujos en el suelo que te recuerdan que no se puede fumar en la calle, y me despido de Tokyo. Aquí queda Japón, en este blog de viaje, como un país a visitar altamente recomendado, con un transporte de primera, con mucha historia y tradiciones que aprender y descubrir, hermosas construcciones, sublimes jardines, ciudades ultramodernas y una comida deliciosa, por no hablar de la hospitalidad nipona; un país en el que viajar seguro, en el que si uno se olvida la cartera o un paraguas, no tienta a nadie, y las posibilidades de que cuando vuelvas a por ello, siga en el mismo sitio en que lo dejaste, son casi del 100%. El país que me espera ahora, estoy segura de que va a ser igualmente interesante, pero quizá no tan limpio ni hospitalario. Ya os lo contaré.

lunes, 28 de junio de 2010

Kyoto, el sillón del emperador


El shinkansen o tren bala que enlaza Tokyo con Kyoto en 2 horas 40 minutos fue mi método de transporte entre ambas ciudades. Aquí se escucha algo más de español, las relucientes alianzas de algunas parejas que pasean por las calles de Kyoto, revelan esta ciudad como un destino popular de luna de miel. Voy a aprovechar este comienzo para deciros, que si alguien tiene pensado visitar Japón, es imprescindible comprar el "Japan Railway Pass" que sólo puede ser adquirido FUERA de Japón y activado a su llegada al país. Los hay de 7, 14 y 21 días, y una vez activados son válidos en días consecutivos. Merece la pena si se va a recorrer gran parte del país, si sólo se visitan Tokyo y Kyoto, como mucha gente hace, entonces habría que mirar otras alternativas. Yo tengo el de 14 días que cuesta unos 400 euros, y te permite viajar por todo el país, e incluye el uso del shinkansen. Aunque pueda parecer caro, voy a romper una lanza a favor de Japón y romper el mito de lo carísimo que es. Efectivamente, uno se puede gastar tanto como quiera aquí, pero para los que tienen poco presupuesto, se puede comer por 700¥1000¥ (entre 6 y 9 euros) y se puede dormir por 2.500¥(unos 20 euros).


Kyoto es el alma de la cultura tradicional japonesa. Durante más de mil años la capital del imperio del sol naciente, donde las tradicionales artes escénicas, el arte del ikebana (el exquisito arte japonés del arreglo floral) o la ceremonia del té, se transmiten de generación en generación, de padres a hijos, y de hijos a  nietos...

Durante los años en que Kyoto fue capital del imperio, todo se centraba en todo lo que tuviese que ver con la corte imperial, atrayendo a los mejores artesanos y profesionales de todas las artes, y por suerte para todos nosotros, hoy conserva la esencia, refinamiento y distinción del japón más tradicional. Aunque milagrosamente, Kyoto se libró de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, no lo hizo de guerras civiles, incendios y terremotos, tras los que tuvo que ser reconstruída. Los bosques de bambú, gheisas, samurais y templos dorados que componen esta urbe tradicional, hermosa, relajante, nostálgica, histórica y cultural, han conseguido ser refugio e inspiración de poetas a lo largo de miles de años.

1.500 templos budistas y 200 santuarios shinto, la antigua religión indígena centrada en el culto a los ancestros y la armonía con la naturaleza, surgen en los lugares más inesperados, en un país en el que el 86% de sus habitantes practican ambas religiones. Ellos entienden el sintoísmo como la religión de esta vida, y el budismo se encarga de las cuestiones del alma y del mas allá, algo incomprensible para los occidentales, por lo general fieles a fes monoteístas . Muchos de estos templos guardan en su interior jardines japoneses, entre ellos jardines zen (utilizados como lugar de meditación), únicos en su habilidad para reproducir la belleza de la naturaleza en un espacio tan reducido como una caja de cerillas. Sentarse a contemplar un jardín japonés y saborear la exquisita lentitud que cobra el tiempo esta al alcance de todos los que visitamos este extraordinario país. En los templos cientos de turistas, muchos de ellos japoneses, pero sobre todo cientos de estudiantes uniformados a cargo de sus profesores, guías o tutores descubren su propia historia.



Por la noche, cuando uno ya se ha saturado de templos, hay que ir a la calle Pontocho, en el barrio de Gion. Es seguramente la calle más bonita de Kyoto, un día protagonista del barrio rojo de la ciudad, y hoy día una calle de restaurantes y locales no aptos para bolsillos con bajo presupuesto. Las tradicionales casas de té, guardan tras sus muros y sus puertas de papel de arroz, secretos que nunca seran desvelados. En su interior, las versadas y cultas gheisas y maikos (aprendiz de geisha), a las que es imposible ver en plena sesión de trabajo, entretienen a clientes millonarios, aunque entre cita y cita, si uno tiene suerte, puede verlas brevemente pasar.

También en este barrio se levantan algunos de los mejores teatros de la ciudad, en los que ver las dos variedades de teatro más famosas de Japón, el  Noh y el kabuki;el primero refleja la estética minimalista del zen, mientras el segundo es más conocido por ser más dramático y por los elaboradísimos maquillajes de los actores.

Pero estos tesoros incalculables, y unas tradiciones a las que nunca se les ha opuesto resistencia, no lo son todo en Kyoto, de hecho nada más bajar del tren uno se encuentra en una modernísima y espectacular estación de tren. La industria tambien ha llegado hasta aquí, aunque industrias milenarias como la ricicultura o cultivo del arroz, que se introdujo en Japón hace mas de 2000 años, sigue ocupando un lugar esencial.

domingo, 20 de junio de 2010

理知ともに利ん波地措置すちとしいろからのに El Tokyo de las mil y una caras.

Japón, un país fascinante desde que Marco Polo lo mostrase al mundo como Cipango -el país de los techos de oro- en el S. XIII.



Su capital, Tokio, es una ciudad extraordinaria y desconcertante en todos los aspectos, un claro ejemplo de cómo el pasado abre sus  puertas al futuro; un lugar donde los elementos tradicionales coexisten con el modelo de vida urbano y ultramoderno del Japón contemporáneo.
Me llama tremendamente la atención el silencio. 13 millones de almas recorren a diario la ciudad, perfectamente ordenados y  coordinados, sin invadir el espacio vital de sus conciudadanos (excepto en el metro en hora punta, en el que empleados de guante blanco empujan a los usuarios, que regresan a casa tras agotadoras jornadas laborales, para que quepan en el vagón) y miles de coches esperan el verde del semáforo para poder avanzar. Todo en un silencio, que a mí se me antoja escalofriante.


Barrios perfectamente definidos, cada uno ejerciendo su función y  jugando su papel, sin que ninguno le quite protagonismo al siguiente:  Asakusa alberga el templo budista más antiguo de Tokio (Senso-Ji) y conserva el espíritu más tradicional del Japón que todos imaginamos;  en Ginza, el barrio de dueños de perros con pedigrí, los escaparates de Gucci, Armani y Chanel iluminan las aceras; Akihabara es un mundo digital de pixeles, bits y chips en el que los nipones juran amor eterno a todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; en Shibuya se muestra el Japón cosmopolita y ultramoderno; y Shinjuku exhibe neones y rascacielos. Los parques, tan necesarios en una ciudad de dimensiones como las de Tokio, son una visita imprescindible;  especialmente, el Yoyogi o los jardines que rodean al palacio de la familia imperial que, atrincherada en su interior, vive una rígida vida palaciega ajena al bullicio del parque.


Y por supuesto todos los barrios son arquitectónicamente tremendamente  arriesgados y creativos y, tanto atrevimiento, los hace cualquier cosa menos aburridos. En todos también hay restaurantes para todos los bolsillos, en los que disfrutar de una de las mejores cosas de Japón, su gastronomía. El famoso sushi (las tradicionales bolitas de arroz con pescado o marisco crudo encima), el tofu que los vegetarianos usan como fuente de  proteínas y que está hecho de leche de soja, la tradicional sopa de miso, la deliciosa tempura (marisco y verduras con un ligero empanado y luego frito) , el sashimi (marisco crudo magistralmente preparado) y muchas otras delicias que no reconozco y que termino pidiendo señalando el plato de otros comensales, cuando el lugar en el que como no tiene ni menú en inglés ni nadie que hable el idioma, algo frecuente que no ha impedido que hasta ahora me haya ido de maravilla..


Los carteles son un lenguaje de símbolos que sólo ellos comprenden y que hace a los visitantes trabajar intensamente en el proceso de comunicación. El inglés, igual que en España, a pesar de estudiarse en  los colegios desde los primeros años de escolarización, no les sirve de mucho. Aprenden un inglés nada práctico para comunicarse. Además tienen el agravante de que el japonés es una de las lenguas que menos sonidos contiene, lo que dificulta la pronunciación de otros idiomas y que, unido a su gran timidez y perfeccionismo, hace que muy pocos japoneses se atrevan a hablar inglés. Aun así, no puedo dejar de deciros lo amabilísimos que son con el turista; intentan por todos los medios entender qué les preguntas y, si no tienen la respuesta, en lugar de seguir su camino, acuden a otros transeuntes hasta que consiguen ayudarte, aunque a veces el proceso es lento y desesperante.


Hay una armonía social (al menos aparentemente) a la que los  occidentales no estamos acostumbrados. Los debates, discusiones u opiniones personales que puedan ser motivo de conflicto, simplemente se evitan. Pero esto no tiene nada que ver con el estereotipo de los japoneses como seres herméticos, conformistas trajeados que actúan casi como robots, autómatas que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Es cierto que son muy trabajadores y ha sido precisamente eso, lo trabajadores, concienzudos, meticulosos y habilidosos que son, lo que ha hecho a Japón pasar de ser una nación en ruinas a la segunda mayor potencia económica mundial, en relativamente poco tiempo. La crisis económica mundial se ha dejado notar, pero ha sido, sobre todo, gracias a los derrochadores consumidores estadounidenses que en gran medida mantenían sus fábricas en funcionamiento. Otra tradición aquí son los onsen, baños de aguas termales cuyo uso se ha convertido en todo un ritual. Hay más de 3000 en todo Japón. Una buena forma de experimentar parte del Japón tradicional son los onsen-ryokan, que son hostales japoneses tradicionales con baño termal propio.

No quiero olvidar contaros lo importante que es la cultura del comic en este país, tan grande que es frecuente ver a hombres y mujeres por igual, imitando la estética de sus héroes y heroínas, y parecen realmente estar sacados de un comic y puestos en plena calle. Algunos datos curiosos sobre la presumida mujer japonesa son que un porcentaje bastante elevado utiliza pestañas postizas, absolutamente todas se maquillan los ojos -desde pintarse sólo la raya a los maquillajes más sofisticados- y raramente se pintan los labios. Casi sin excepción, el binomio espejo-móvil, imprescindible en todo bolso de una mujer japonesa se deja ver nada mas subir al vagon de metro.

Y para terminar, lo más curioso. Es imposible venir a Japón y no  hablar en algún momento de los baños públicos. Con panel de control incluido, suelen estar relucientes -nada extraño en un país que prácticamente demanda limpieza. Como si de quirófanos se tratase, con sólo pulsar un botón, el asiento se ajusta a la altura del usuario. Un segundo botón emite sonidos de camuflaje por si son necesarios, mientras que al mismo tiempo, una especie de aspiradora en funcionamiento permanente absorbe cualquier emisión o gas nocivo, y un regulador controla la temperatura del asiento. Aun hay otros botones para el ciclo de aclarado: uno exclusivamente para mujeres, otro ofrece un suave enguaje en la parte de atrás y un tercero expulsa un spray. Cuando se pulsa uno de estos botones, una especie de grifo, tubo, válvula o espita, no sé bien cómo llamarlo, sale de las profundidades y larga un chorro de agua cuya temperatura por supuesto se puede regular. Aunque yo no los he visto, dicen que hay otros modelos más sofisticados que tienen función de masaje y secado para cerrar el ciclo. Mañana me marcho a Kyoto, el otro Japón más tradicional. Estoy deseando llegar y contaros.

miércoles, 9 de junio de 2010

De canguros, koalas y didgeridoos

En un país como este, con infraestructuras modernas y un clima político estable, uno no se preocupa por la seguridad porque no se detecta su falta; los únicos problemas con los que te encuentras en Australia son básicamente cómo llegar a cubrir las interminables distancias en poco tiempo -sobre todo si no tienes mucho-, en aprender a tocar el didgeridoo -un instrumento aborigen de viento hecho de eucalipto-, o en cómo ganarle el pulso a los australianos en la ingesta de cerveza.


Siempre me ha fascinado lo muchísimo que viajan los australianos y sus primos los kiwis, pero cómo no van a viajar!!! Sin animo de ofender, solo hace falta tener un poquito de curiosidad para querer salir de aquí. No hay mucho que contar, excepto por la historia de los aborígenes: Resumiendo, fue sepultada por los europeos que, al llegar a Australia y no encontrar ninguna estructura política que se lo impidiese, se deshicieron de muchos de los aborígenes -bien matándolos o contagiándoles enfermedades contra las que no estaban inmunizados-, destruyeron su hábitat introduciendo animales domésticos y, cómo quien no quiere la cosa, se quedaron con sus tierras. Después de la segunda guerra mundial, el objetivo del gobierno era la integración de los aborígenes y qué deciden hacer? retirarles todos sus derechos, en un intento en vano de "europeizarlos". En los años 60, la legislación fue revisada y el gobierno les concedió la ciudadanía, pero no fue hasta no hace tanto, en 1972, cuando se les concedieron derechos limitados sobre su tierra. Con esto la situación mejoró para ellos pero aun queda mucho por hacer.


Por otro lado, la mayoría de australianos ha decidido asentarse cerca de la costa, así que no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser el centro del país, un desierto inmenso con una tierra y un clima inhabitables. Imaginaos, 20 millones de personas en un espacio más grande que toda Europa y tan mal repartidos.

En mi empeño por saber algo más de esta parte del planeta, me dedico a preguntar en los dos países sobre las relaciones entre ellos, y la conclusión es que existe una pequeña batalla entre los aussies y los kiwis (unos dicen que se desprecian, otros que se tienen afecto) y que aunque se identifican culturalmente hablando, los australianos consideran a los kiwis un tanto provincianos y éstos a su vez consideran a los aussies un tanto yankees y poco refinados. Estas diferencias sólo ellos las ven con facilidad.
Después de Sydney, empecé a subir la costa, y casi un mes después puedo decir, que mis expectativas -quizás excesivas por las muchísimas ganas que tenía de visitar Australia- por desgracia no se han cumplido. Que nadie me malinterprete, me alegro de haber venido. Además era una visita casi obligatoria -¿qué es una vuelta al mundo si no se visita este país? En general, la costa este son pueblecitos minúsculos con una calle principal llena de restaurantes y tiendas, a cual más caro (hago un pequeño inciso aquí: y a cuál más hortera, porque madre mía con los australianos y sobre todo las australianas; un paseíto por Cibeles, Gaudí o la semana de la moda en París para coger ideas no les vendría nada mal), es todo lo que hay en absolutamente todos los pueblos de la costa. Miles de mochileros de entre 18 y 23 años, sobre todo alemanes e ingleses, en su año sabático antes de empezar la Universidad o en mitad de la misma, llenan las playas y calles de la costa. Al parecer algunos países europeos tienen un acuerdo con Australia, por el que los menores de 30 pueden solicitar un visado de trabajo durante un año, y se vienen a recoger fruta o a trabajar en granjas, con lo que se costean la estancia para poder conocer el país. No les resulta nada fácil por lo ridículamente caro que es todo, desde comprar una coca cola, hasta el uso de los cafés internet, pasando por los productos básicos como champú, carne o leche. Para que os hagáis una idea: una botella de agua de 600ml cuesta entre 3.50 y 4.00 dólares, el uso de internet 4.00 dólares la hora en el sitio más barato y, ojo al dato, para los fumadores un paquete de cigarrillos cuesta entre 18 y 20 dólares. Es ridículo, y además no hay razón aparente para que todo cueste tanto, dicen las malas lenguas que es porque los sueldos aquí son tremendamente altos también.


En fin, a lo que iba, mochileros de mi edad recorriendo el país, NI UNO, pero al parecer me he convertido en la inspiración de más de uno para cuando lleguen a mi edad, poder seguir viajando. Deben de pensar que al llegar a los 40 las articulaciones ya no funcionan y nos volvemos idiotas o algo parecido, o simplemente no se imaginan a sus madres de mochileras por el mundo.


La primera parada después de Sydney fue Byron Bay, el punto de encuentro más demandado del Pacífico por los surfistas. Lleno de gente joven, muy joven, que vienen básicamente: a) los que saben, a practicar surf y b) los que no, a irse de fiesta, es decir, a hacer botellón en la otra punta del planeta. Y a no ser que uno tenga uno de estos dos objetivos, no hay muchas más razones para venir.


Brisbane, que originalmente fue construida por convictos reincidentes enviados a este remoto lugar, es la capital de Queensland. Aunque en principio no me atraía mucho el lugar, era necesaria una parada de varios días, ya que es el último punto antes de llegar a Asia en el que podía solicitar el visado para China. La ciudad no está mal aunque le falta la playa, que está a bastante distancia -al menos una hora en coche, claro que aquí eso no es distancia. El centro es bastante pequeño, y es donde se cuece todo lo que ocurre en la ciudad, así que en sólo dos calles estás en pleno hervidero de lo que ocurre. Todas las calles que tienen nombres de miembros femeninos de la familia real británica (Adelaide, Alice, Ann, Charlotte, Elizabeth, Margaret y Mary) discurren paralelas, mientras que las perpendiculares a éstas tienen nombres masculinos (Albert, Edward, George y William); la calle principal es Queen Street que, junto con su zona peatonal y comercial Queen Street Mall, fueron nombradas en honor a la Reina Victoria, de quien como en casi todas las ciudades australianas hay estatuas repartidas por la ciudad.


Hay por supuesto, otras zonas como el South Bank donde se concentra gran parte de la vida cultural, y que está al otro lado del río. Han construido una especie de pasarela a lo largo de la ribera del río Brisbane (que dio su nombre a la ciudad y no al revés) que hace de zona de paseo, con varios puntos de embarque donde los pasajeros suben y bajan del "city cat", un ferry público que te pasea a lo largo y ancho del río, que divide las zonas norte y sur de la ciudad y sobre el que se alzan varios puentes a lo largo de su recorrido por ella. Y tiene un bonito santuario de Koalas, en el que pude coger a uno, previo pago, echar un rato con los canguros que comen plácidamente de tu mano, y confraternizar con otras criaturitas residentes en el país, como demonios de tasmania o wombats.


A partir de aquí, las paradas fueron Noosa, donde fui tres días a un campamento a remar en canoa, y que resultó ser el sitio mas caro de toda Australia -algunas celebrities de Hollywood tienen casas aquí.


Después de Noosa, Hervey Bay, mejor puerta de acceso a uno de los mayores atractivos de la costa este, Fraser island, la isla de arena más grande del mundo.


Los aborígenes de la región la llaman K’Gari (paraiso). Caminos de arena, el único lugar en el mundo en el que la selva tropical crece en la misma arena, lagos de aguas cristalinas y una interminable playa de 120km por la que conducir, mientras las olas del Pacífico rompen contra las ruedas del 4x4 –ésta es una de esas cosas que deberíais anotar en la lista de cosas por hacer antes de morir, yo ya he puesto el tick en esa casilla.


Dunas gigantes que hacen de tobogán por el que deslizarse hasta las aguas del lago te hacen volver a los 15, aunque algunos de mi grupo tenían pocos más.


El único problema de Fraser Island es que sus aguas están llenas de tiburones. Tampoco faltan los dingos, que aunque más parecido a un perro, es en realidad un lobo, autóctono de Australia. Los más puros se encuentran aquí -en otras partes de Australia han terminado cruzándose con perros-, pero aunque te aconsejan ir siempre acompañado y cómo reaccionar ante la presencia de un dingo, en realidad los que nosotros vimos parecían ser muy pacíficos y no tener ningún miedo de los humanos.

 
A algo más de 12 de horas de autobús de Hervey Bay, se encuentra Airlie Beach, a donde la gente viene a embarcarse 2-3 días para visitar las Whitsunday Islands. Ya en la Gran Barrera de Coral -un archipiélago de 74 islas, de las cuales sólo siete tienen algún tipo de construcción- paraísos desiertos, cuya playa más famosa, “Whitehaven”, es de una belleza sensacional.

 
Con el "inconveniente" del tipo de turismo que ronda por estos lares y de lo aburridas que terminan siendo las actividades que este tipo de turismo demanda, Australia tiene verdaderas maravillas de la naturaleza. Y por supuesto, solo aquí se puede hacer otra cosa única, bucear en la imbatible Gran Barrera de Coral.

Antes de que me lluevan los emails preguntando que de qué me quejo, clarifico que esto no es una queja, es simplemente un hecho que yo expongo.
Unas horas antes de publicar esta entrada, lo que he hecho precisamente ha sido bucear en Cairns, la mejor localizacion en la Gran Barrera, y he tenido el privilegio de codearme con tortugas, rayas y tiburones, ademas de con miles de peces y corales de todos los colores y tamaños, incluyendo a Wally, un enorme pez loro que todo el mundo conoce, porque sube a saludar a los barcos que llegan adonde el se encuentra, y que curiosamente se deja acariciar por los submarinistas. Cuando una vive experiencias como estas, es cuando se le olvidan los mochileros casi quinceañeros que invaden la costa, y los ratos largos en los que no se encuentra que hacer sin que te cueste la mitad del presupuesto.
En unos dias, parto hacia Japón, menudo cambio. De Australia no he escrito mucho, pero estoy segura de que en mi nuevo destino se me va a acumular el trabajo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Sydney, la reina del Pacífico

Si en nueva Zelanda la poblacion era de 4 millones de personas y 40 de ovejas, en Australia es de 20 millones de personas y 22 de canguros, de los que yo, todavía no he visto ninguno. El impacto inicial de Sydney hizo que empezase este artículo diciendo que ahora sí tengo un lugar favorito en el mundo, pero si hago repaso de los algo más de cuatro meses que llevo viajando, es difícil hacer semejante aseveración, pero sin lugar a dudas, es una de mis ciudades favoritas del mundo. 

Yo creo que igual que conectamos con las personas, conectamos con los lugares, y yo he conectado con esta ciudad, me han cautivado, magnetizado, sus calles, la luz, la gente, esa bahía, alma, pulmón y corazón de la ciudad, la Opera House, el océano Pacífico, The Rocks, Circular Quay, la fabulosa catedral de St. Mary, el jardín botánico, las vistas, los parques, el aire, la noche, las playas, el puente de la bahía considerado en su día, un hito de la ingeniería. Dicen que una visita al Pacífico nunca está completa si no se visita Sydney, y yo lo confirmo. Desafiando a las reinas del cosmopolitismo, Nueva York y Londres, una pasea por sus calles y se impregna de los barrios en los que se alternan casas de la epoca victoriana, locales de striptease, casas de cambio, cafés, hostales para mochileros, restaurantes, tiendas de souvenirs, bares de moda, terrazas, sex shops, museos, centros comerciales, negocios, músicos, malabaristas, teatros, centros aborígenes, están en guardia permanente para todos los que venimos a visitar esta ciudad, y para los que residen en ella. Sydney es una metrópolis mundial, que está viva, llena, vibra, palpita, tiene color, energía, fuerza, y para colmo un clima de infarto prácticamente todo el año. Para moverte por ella, buses, ferries, monorail, trenes, metro, taxis (por tierra y por agua). Centros de información repartidos por la ciudad, con todos los planos y planes que se puedan necesitar. En ese aspecto no le envidia nada a Nueva Zelanda, también aquí se pueden practicar todos los deportes de riesgo, cabalgatas, y tours por tierra, mar y aire disponibles en el planeta. Gran oferta gastronómica, sobre todo asiática, que digo yo que las islas del Pacífico deben de estar medio vacías, porque aquí están todos los que no cabían en Auckland, o al revés, y si no me creéis, daos una vueltecita por el barrio ese que no falta en ninguna ciudad,
"Chinatown", al que yo llegué caminado desde Darling Harbour y que me dejó con ganas de más. El barrio en el que yo me alojo es Kings Cross, bastante cerca de las zonas de más interés, y en mi primer recorrido me encontré sin esperarlo tan pronto con la Opera House, estrella indiscutible de la ciudad, gracias a su archiconocida y osada arquitectura, diseñada por el arquitecto finlandes, Jorn Utzon. Al lado de la Opera House está Circular Quay (Muelle circular) construido alrededor de la ensenada de Sydney. Aquí confluyen todos los medios de transporte de la ciudad, el monoraíl, los ferries, autobuses a todos los puntos de la ciudad, trenes, además de ser también una zona recreativa, aquí también están el Museo de Arte Contemporáneo, Sydney Wildlife World y el impresionante acuario, con un túnel de cristal en el que tiburones, mantas, tortugas gigantes y gran parte de la vida marina de Australia se pasean sobre nuestras cabezas, y que en quien más pensé viendo todo aquello fue en mi sobrino Juan.
Al fondo el puente de la bahía, que conecta el centro financiero con el norte de la ciudad y que tiene una de las mejores vistas de la bahía. Hoy día una de las atracciones de Sydney es precisamente "escalar" el puente por el módico precio de 200 dólares australianos. Muy cerca de Circular Quay está también el barrio "The Rocks", centro histórico de la ciudad, en el que se asentaron los primeros colonos británicos allá por 1788, y que hoy día se ha convertido en una zona turística en la que admirar sus edificios coloniales y fachadas históricas. También hay un Hyde Park, no tan grande ni espectacular como el londinense, pero con unas magníficas vistas de la catedral de St. Mary, y al otro lado de la calle, el formidable jardín botánico. Uno de los accesos al jardín botánico es desde Macquire Street, donde se encuentran el Parlamento, el hospital de Sydney, el Mint Building, o la biblioteca pública.Y de qué no os he hablado todavía? de las playas, las dos más famosas: Bondi y Manly. Y lo mejor de las mismas? los surfistas! desafiando a las casi garantizadas olas del Pacífico, haga sol, llueva, diluvie o truene. Llenas de tiendas de accesorios de surf y ropa playera, son las dos playas más frecuentadas por turistas y locales. Ambas con recorridos panorámicos de varios kilometros y vistas espectaculares. La mejor forma de ir a Manly Beach es por mar, la mayoría lo hacemos en un ferry que sale cada media hora desde Circular Quay y que tiene un bonito recorrido en el que admirar la Opera House desde el agua. Qué no me gusta? demasiadas prohibiciones, carteles de "No fumar" "no alcohol" "no juegos de pelota" "no pescar" "no nadar entre tal y tal" "no perros" "no bicicletas" ya solo falta que cuelguen uno de "no pisar la arena":-)
Por cierto que en toda Australia hay miles de piscinas, muchas de ellas arañadas al mar, o simplemente una zona amplia con una red para evitar los ataques de tiburones.
Es cierto que este país no tiene la enjundia de otros países sudamericanos o asiáticos como los que me toca visitar en algo más de un mes,  llenos de historia, cultura y costumbres ancestrales y milenarias, pero este primer mundo contemporáneo y vanguardista es así, y no por ello hay que dejar de visitarlo. Una excursion que se puede hacer en un día es a las "Blue Mountains",  sagradas para los aborigenes, es una región montañosa a unos 50 km de Sydney, y que bien se merecen una visita.

Dejo Sydney y empiezo a subir la costa este, sé que las playas y algunas de las islas que voy a visitar son únicas en el mundo, intentaré captar toda esa belleza con mi cámara, aunque nunca será lo mismo.